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Jan Karski, el correo de Polonia

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El Holocausto podría haberse evitado. Jan Karski, un diplomático polaco que se infiltró en el gueto de Varsovia y en el campo de exterminio de Belzec, advirtió a británicos y norteamericanos del crimen que estaba cometiéndose en Polonia. Lo hizo tan pronto como 1942. Nadie quiso creerle y cuando los aliados, años después, sobrevolaron los campos, ya era tarde para actuar. La matanza de seis millones de judíos se había consumado con el silencio cómplice y la inacción de los aliados occidentales. Karski nunca desfalleció en la denuncia y vivió la suficiente para ver como se hacía justicia con una incómoda causa que todos quisieron olvidar.

En noviembre de 1939 Polonia llevaba dos meses invadida. Su parte oriental por la Unión Soviética, la occidental por la Alemania nazi. Había sido una invasión rápida, de mutuo acuerdo por parte de las dos tiranías, cuyo objetivo era hacer desaparecer de una vez por todas a Polonia del mapa. Los planes de Berlín consistían en ensanchar el Reich por el este y dar así a los alemanes un nuevo y muy fértil lebensraum (espacio vital) en el que sus campesinos pudiesen asentarse.

Los polacos, ese pueblo que había tenido que aguantar durante siglos todo tipo de humillaciones, estorbaban. Los rusos pretendían subsumir su porción a modo de república soviética debidamente rusificada. Los alemanes constituyeron el llamado Gobierno General, un territorio que se uniría a Alemania tan pronto fuese limpiado de judíos y la población local reducida a la servidumbre. Los polacos desconocían los propósitos últimos de sus invasores, pero presentían que estaban asistiendo al final de Polonia como realidad histórica, humana, cultural y hasta religiosa.

Jan Kozielewski, un joven oficial de Lodz que había escapado de la matanza de Katyn haciéndose pasar por un soldado raso, aprovechó un descuido de sus guardianes nazis mientras le trasladaban a un campo de prisioneros de guerra y se escapó. Consiguió llegar hasta Varsovia y allí, lejos de confundirse entre la gente y evitar problemas, se alistó al movimiento de resistencia, un ejército en la sombra que, con el apoyo de las potencias occidentales, peleaba contra los invasores en la medida de sus modestísimas fuerzas.

Kozielewski adoptó el nombre de guerra de Jan Karski, con el que ya se quedaría el resto de su vida. Como era joven, valiente y sabía idiomas –había estudiado la carrera diplomática– le encargaron labores de correo entre Polonia, Francia y Gran Bretaña. En uno de estos viajes, cuando se encontraba atravesando Eslovaquia, fue detenido por la Gestapo y posteriormente torturado. Pero los nazis volvieron a perderlo de vista. Karski, conocedor del terreno y tremendamente escurridizo, logró fugarse de nuevo y volver a Varsovia.

Los líderes de la Resistencia quisieron aprovechar esta especial habilidad que poseía Karski encargándole un trabajo casi suicida. Habría de introducirse en el gueto de Varsovia y luego, disfrazándose de guardia, tendría que viajar hasta uno de los campos de exterminio que estaban construyéndose en Polonia a instancias del siniestro Reinhard Heydrich, mano derecha de Himmler y director de la Oficina de Seguridad del Reich. Haciendo gala de una extraordinaria audacia, Karski cumplimentó ambos encargos. Entró y salió clandestinamente en el gueto, se hizo luego pasar por guardia ucraniano y visitó el campo de Belzec.

Hecho esto, viajó hasta el Reino Unido con documentación suficiente para que el Gobierno polaco en el exilio y los aliados conociesen de primera mano las atrocidades que los nazis estaban perpetrando en Polonia. Estaban ya en 1942 y la solución final acababa de aprobarse en la conferencia de Wannsee. El exterminio planificado y sistemático, llevado a cabo con una macabra precisión relojera, dejaba de este modo de ser un secreto en Occidente, que, a partir de ese momento, tendría que escoger entre hacer lo posible por impedirlo o seguir el curso de la guerra tal y como estaba previsto.

Estando en Londres Karski recibió órdenes para viajar a Estados Unidos. En julio de 1943 fue recibido en persona por el presidente Roosevelt. El polaco hizo una relación detallada de los crímenes que había visto con sus propios ojos con intención de conmover al que ya era entonces líder del mundo libre. Roosevelt, sin embargo, no se conmovió demasiado. Llegado un punto de la narración interrumpió a su interlocutor y le preguntó por el estado del ganado caballar en la Polonia ocupada. Lo cierto es que, en aquel momento, una de las últimas prioridades de EEUU era Polonia, invadida por Alemania sí, pero también por el aliado soviético, por quien Eleanor Roosevelt tenía auténtica debilidad.

Estados Unidos miró hacia otro lado. Bastante tenían con la guerra del Pacífico, donde conquistar cada islote les estaba costando un triunfo, con defender a Inglaterra y con la campaña italiana, que acababan de comenzar ese mismo mes desembarcando tropas en Sicilia. En resumen, Polonia debía esperar y masticar a solas su drama humano hasta que los aliados consiguiesen vencer al Reich. Sólo entonces la cuestión polaca volvería a estar sobre el tapete, aunque esta vez tendría que resolverse llegando a un acuerdo satisfactorio con uno de los invasores, el soviético, que tampoco escatimaba crueldad en la parte del país que había ocupado.

A pesar de la frialdad presidencial Karski no se dio por vencido. Recorrió el país de este a oeste. Contó su historia a periodistas, jueces, escritores, directores de cine y académicos. Felix Frankfurter, juez de la Corte Suprema, hijo de judíos vieneses que había emigrado de niño a Estados Unidos, un hombre que, de haberse quedado en Austria, habría sucumbido a la barbarie nazi, le dijo que no podía creer lo que contaba. Como él fueron muchos. Mientras las cámaras de gas y los hornos de Auschwitz pulverizaban literalmente a la judería europea en la primavera de 1944, Jan Karski se desgañitaba advirtiendo del innombrable crimen contra la humanidad que estaba en marcha en su tierra natal. Era una suerte de Casandra contemporánea. Conocía el futuro pero nada podía hacer por evitarlo

Karski, tenaz como sólo puede serlo un polaco convencido de una causa sagrada, no se detuvo. Consiguió editor y escribió en perfecto inglés un libro al que tituló “Correo de Polonia, historia de un estado secreto”. El libro se transformó en un superventas y otorgó cierta fama a su autor. Para entonces los pilotos de los vuelos aliados de reconocimiento vieron desde el aire el alcance de la masacre que, en tierra, había anticipado Karski. La guerra se acercaba a su fin y ya nada podía hacerse para impedir el Holocausto. La profecía, esta vez sí, se había cumplido hasta extremos que ni el propio Karski podía imaginar.

Los aliados se excusaron asegurando que no había estado en su mano liberar los campos, y tal vez tenían razón. El imperio nazi, que se derrumbó como un roble carcomido por los gusanos en abril del 45, era una impenetrable fortaleza sólo tres años antes. Para lo que no tenían coartada era para la traición a Polonia que Estados Unidos y, especialmente, Gran Bretaña –garante de su independencia–, perpetraron sin sonrojarse durante la conferencia de Potsdam. La invasión soviética del 39 fue legitimada en la mesa de los vencedores. Jan Karski no podría volver a su país, que había cambiado el yugo nazi por el bolchevique. Pidió la nacionalidad norteamericana y se quedó como profesor de asuntos europeos en la Universidad de Georgetown, donde llegó a ser uno de sus profesores más reputados.

El reconocimiento le llegó con mucho retraso, cuando ya era un venerable anciano. En los años ochenta Israel le concedió la ciudadanía honoraria y el título de Justo entre las Naciones. En 1989 pudo ver como caía el odioso régimen comunista que los ocupantes rusos habían instaurado en su país. Fue entonces cuando empezó, con más de ochenta años, a coleccionar honores. Las universidades europeas y norteamericanas se lo rifaban para concederle doctorados honoris causa, los periodistas le buscaban para entrevistarle, los líderes políticos le regalaban los oídos. Todo lo que le había sido negado lo recibió en la última década de su vida.

En julio del año 2000, casi sesenta años después de su reunión con Roosevelt, murió en Washington DC. Desde su nacimiento en 1914 el mundo había ido cambiando y dando bandazos de un extremo a otro. Jan Karski no. En el momento de su muerte seguía siendo el mismo que, en los albores de la guerra mundial, se escapó de un tren de prisioneros de guerra. Perseveraba en su fe católica y en los mismos ideales de justicia que le llevaron a jugarse la vida en el gueto de Varsovia y en el campo de Belzec.

Bombardear o no bombardear

Los testimonios de algunos prisioneros que consiguieron escapar de Auschwitz como Witold Pilecki, capitán del ejército polaco, unido a una serie de fotografías de reconocimiento que tomó la aviación británica en abril del 44, pusieron a los aliados ante la disyuntiva de intervenir para detener la masacre. El asunto se debatió durante meses al más alto nivel. No podía liberarse el campo desde tierra, pero sí bombardear sus instalaciones o las vías férreas que cada día llevaban hasta el miles de prisioneros directos a la cámara de gas, o a morir de agotamiento en los campos de trabajo esclavo. Tras largas deliberaciones, se decidió no intervenir militarmente antes de que las tropas soviéticas que avanzaban desde el este liberasen el campo. Winston Churchill arguyó más tarde que un bombardeo al uso hubiese liquidado a los prisioneros, y esa no era la idea de liberación que tenía su Gobierno. La intervención quirúrgica actuando sobre las vías férreas se descartó al ser técnicamente imposible con la tecnología de la época. El debate, no obstante, sigue abierto entre los especialistas.

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