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Cuando China dominaba el mundo

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Anda medio mundo convulso por la pujanza económica de China. Es, según dicen, algo reciente. Fue morirse Mao y sus sucesores, todos unos Judas, perdieron el respeto al padre fundador haciendo reforma tras reforma… hasta llegar al día de hoy, en el que China se ha puesto a la cabeza del mundo y, no contenta con eso, como los chinos trabajan como lo que son y nadan en dólares, ha empezado a comprar todo lo que se pone a tiro.

Cuentan que China era un país miserable, milenios de atraso y esclavitud, señores feudales, ineficiencia administrativa e infectas casas de té donde los desdichados chinos ahogaban las penas en opio. La narración hasta tiene sentido. Si la historia, como dejó dicho Marx, la rigen leyes inmutables, lo suyo es que los europeos siempre hayamos estado encima y el resto del mundo debajo. Cuando uno es europeo reconforta sentirse en el lado de los que tuvieron suerte, o, al contrario, molesta de tal manera que se convierte en uno de esos odiadores de Occidente que tanto abundan por ahí.

El hecho es que, tanto los unos como los otros, estamos equivocados. La civilización europea lleva la delantera desde hace pocos siglos, lo últimos, más o menos desde que a los marinos portugueses se les metió entre ceja y ceja alcanzar la especiería por el camino más largo. Su insistencia tuvo premio. Luego vinieron los españoles, que se apoderaron de cuarto y mitad del continente americano; los ingleses, que hicieron lo propio con la porción que quedaba, los franceses, que levantaron un formidable imperio africano, y los holandeses, que compensaron la insignificancia de su patria con habilidad e ingenio.

En sólo tres siglos Europa, dividida, regañada y guerrera, se adueñó del mundo. Pero antes de eso este pequeño apéndice de Asia había pintado poco en el devenir de la epopeya humana. Es cierto que tanto Grecia como Roma estaban –y siguen estando– en nuestro continente, pero su gloria no se debió tanto a aportes europeos como afroasiáticos, básicamente mesopotámicos, fenicios y egipcios. Roma, además, construyó un imperio regional, no mundial. Luego se hundió como un castillo de naipes y sus logros se perdieron en la bruma de la Historia.

La antigua Roma nunca llegó a ser la primera potencia mundial de su tiempo. En la cima de su poderío la economía más grande del planeta era… adivínelo, sí, exactamente, la china. Durante cientos, por no decir miles de años, China albergó la civilización preindustrial más poderosa y avanzada del mundo.

Cuando sobre Europa se abatía la penumbra altomedieval, los chinos prosperaban. En el año 750 d. C., la ciudad más populosa del globo era Changan, capital de la dinastía Tang. Tenía más de un millón de habitantes. La ciudad occidental más grande de aquella época –El Cairo– llegaba rabiando al medio millón. Para el cambio de milenio, el chino era ya el mayor y más poblado de todos los imperios. China lo tenía todo para triunfar. Era grande, fértil, fácilmente transitable, y sus gobernantes adoraban el comercio y propiciaban la inventiva.

Fruto de aquella explosión oriental, los chinos se dotaron de tecnologías y conocimientos revolucionarios antes que nadie. En el siglo IX empezaron a utilizar el carbón en la metalurgia. Lo hicieron no tanto por innovar como por necesidad, después de haber deforestado el norte del país. La producción de hierro se disparó: en el año 800 fundieron 13.000 toneladas, tres siglos después eran ya 125.000, una cantidad que los europeos no consiguieron alcanzar… hasta finales del siglo XVIII.

Por esa misma época inventaron la pólvora, la impresión con tipos móviles, el reloj mecánico, el timón, la rueda de paletas para los barcos, el papel y, sobre todo, la brújula, lo que les concedió, por vez primera en la historia de la humanidad, la ventaja de poder adentrarse en el mar perdiendo de vista la costa. La brújula quizá nos parezca una nimiedad, pero es, junto a la rueda y la escritura, el invento más importante de la historia.

Cuando Marco Polo se dejó caer por allí, a mediados del siglo XIII, quedó tan impresionado que, al volver, escribió un libro de viajes, al que tituló Libro de las maravillas del mundo, que estuvo leyéndose durante siglos. Y eso que Marco Polo provenía de Venecia, tal vez la ciudad más moderna y cosmopolita de toda la Europa medieval. Su impresión hubiese sido mucho mayor si, pongamos, hubiera partido de algún villorrio centroeuropeo de la época.

La expedición de Marco Polo abandonó china en 1292, casi en la cúspide de aquella portentosa civilización. Un siglo después la China medieval, un imperio que poseía la ciencia, la tecnología, el excedente agrario, las infraestructuras y los saberes comerciales para dominar el mundo y explotar sus riquezas, alcanzó su cénit. Entre 1405 y 1433 el almirante Zheng He, un eunuco al servicio del emperador Yongle, realizó siete expediciones por el Océano Índico, conocido por los chinos como Mar Occidental.

No lo hizo en frágiles esquifes como esos en los que, por aquellos años, se jugaban el tipo los portugueses, sino a bordo de enormes juncos de 120 metros de eslora por 50 de manga. A modo de comparación, las carabelas colombinas eran minúsculos cascarones de 22 por 6. El emperador ordenó construir más de 1.000 naves para que formasen parte de estas expediciones comerciales, que se denominaron Flotas del Tesoro.

Las flotas recorrieron las costas de Indochina, Java, Ceilán, la India, el Golfo Pérsico, Yemen y el este de África. En uno de los viajes descendieron hasta Mozambique, recorriendo a la inversa la ruta que seguiría Vasco da Gama medio siglo más tarde. Cuando el portugués alcanzó el África oriental, los lugareños se reían de los pequeños e insignificante navíos que comandaba. Recordaban la visita de Zheng He al frente de sus colosales juncos y, claro, no había comparación.

Entonces se produjo lo que nadie había previsto. China se cerró en sí misma. Volvió sobre las enseñanzas de Confucio, que predicaba el culto a la sencilla vida campesina, y desarmó las flotas. China desapareció de la escena mundial por decisión propia. Para entonces China superaba con creces los 130 millones de habitantes –España y Portugal tenían 5 o 6 millones–, y seguiría creciendo gracias a la inercia de tanta sabiduría acumulada.

Europa tomó el relevo. Durante siglos sus navegantes apenas se acercaron a China, una civilización que tenían por antigua y respetable pero decadente. Ahí nació el mito del opio y del atraso que hemos arrastrado hasta nuestros días. La historia, sin embargo, vuelve a dar una nueva oportunidad a un gigante que lleva demasiado tiempo dormido.

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