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Fanatismo a calzón quitado

La Revolución Francesa, como todas las que vinieron después, nunca hubiera sido posible sin una legión de desharrapados lo suficientemente fanatizada y resuelta para imponerse en la calle. Y es que, a diferencia de la independencia de Estados Unidos, una revolución de propietarios, granjeros y comerciantes de misa diaria hartos de pagar impuestos, la francesa fue muy callejera, muy sanguinaria y muy cainita.

Los grandes episodios heroicos que la jalonaron tuvieron como trasfondo la célebre calle parisina. Desde la calle se asaltó la Bastilla, por la calle iban y venían los revolucionarios con sus delirantes soflamas y en la calle se guillotinaron los unos a los otros durante seis interminables años. Si la revolución se radicalizó fue precisamente por eso. Los partidos sabían que dominando la calle se dominaba la revolución, y a ello se dedicaron con todas sus fuerzas, generando una espiral violenta que desembocó en la tiranía de Napoleón Bonaparte.

Los dueños de la calle eran los sans-culottes, milicianos extraídos de las clases bajas debidamente politizados y con el cerebro sorbido por las teorías revolucionarias que salían a borbotones de los salones de la nobleza. Se les llamaba así porque iban, literalmente, sin calzones (culottes)… Los calzones, en el siglo XVIII, eran unos pantaloncitos bombachos, generalmente de seda, que solían llevar las clases pudientes… Los pobres se conformaban con bastos pantalones largos de color oscuro, que duraban media vida.

Los ricos decían aquello de “sans-culotte” despectivamente, pero pronto los destinatarios del insulto lo adoptaron con orgullo, del mismo modo que los obreros de la Argentina peronista estaban encantados con el término descamisados. En revoluciones callejeras como la francesa, hacer méritos externos en lo relativo a la indumentaria es muy importante. Por eso Lenin, un señorito burgués, se vestía de obrero fabril, y ciertos líderes milicianos de nuestra Guerra Civil se disfrazaban de campesino, con boina y todo.

Los sans-culottes pronto se constituyeron en un ejército popular e informal. Servían a distintas facciones, todas radicales; ejercían el matonismo político para adueñarse de la calle, lo cual, como ya he dejado dicho más arriba, era de capital importancia para sobrevivir en la marejada revolucionaria. Apenas tenían ideas políticas, o, mejor dicho, éstas se reducían a un izquierdismo primario basado en la igualdad a machamartillo, las asambleas populares y el aborrecimiento de la propiedad.

Se agrupaban en dos grandes familias. Los primeros en aparecer fueron los enragés (enloquecidos). Los pastoreaba Jacques Roux, un cura católico obsesionado con la igualdad hasta el punto de que animaba a sus matones a ejecutar a aristócratas y burgueses para apropiarse de sus riquezas y repartirlas entre el pueblo. Roux conformaba su ejército en los barrios populares de París. Gracias a una retórica incendiaria y muy persuasiva, su causa fue ganando adeptos y los enloquecidos, llamados así por razones obvias, pronto se hicieron célebres en la ciudad.

Todo lo que los milicianos tenían que saber era que la riqueza estaba ahí para ser tomada sin dilación, y con toda la violencia que fuese necesaria. Luego, Roux y los suyos ya se encargarían de aplicarle teoría política a los asaltos. El programa enloquecido constaba de tres puntos oficiales: control de precios, progresividad fiscal y asignados como único dinero de curso legal; y uno no oficial: perseguir con saña a los que se opusiesen a lo anterior. De lo primero se encargaba Roux, por las buenas, en la Convención Nacional; de lo segundo, y por las malas, su tropa revolucionaria en la calle.

La furia de los enragés se hizo célebre en todas las cortes europeas a raíz de su participación en la Matanza de Septiembre, uno de los episodios más negros de la Revolución Francesa.

El 2 de septiembre de 1792, el duque de Brunswick, al frente del ejército prusiano, capturó la plaza de Verdún, a menos de 300 kilómetros de París. Los revolucionarios reclutaron a toda prisa un ejército popular, al que los sans-culottes se apuntaron entusiasmados. La intención era frenar el avance prusiano, pero, como sucedería dos siglos después en el Madrid sitiado de la Guerra Civil, los revolucionarios tenían otros planes más caseros. Aprovechando el ánimo encendido de los parisinos, asaltaron las prisiones y pasaron a cuchillo a sus inquilinos, por aquel entonces aristócratas, guardias reales y sacerdotes católicos. Unos 1.500 fueron ejecutados en dos jornadas de locura homicida. La princesa de Lamballe, amiga personal de María Antonieta, fue asesinada a golpes, mutilada y decapitada. Su cabeza sirvió luego de trofeo, que los sans-culottes pasearon por toda la ciudad. En la carnicería perdieron la vida tres obispos –entre ellos el arzobispo de Arlés– y centenares de sacerdotes.

El ocaso de los enragés coincidió con la caída en desgracia de su mentor, Jacques Roux, arrestado por orden de Robespierre. El iluminado cura era radical hasta para el desmadrado Comité de Salud Pública. Roux se suicidaría poco después en la cárcel. Muchos de sus seguidores se pasaron entonces a la segunda de las familias sans-culottes, la de los hebertistas, llamados así porque obedecían a Jacques Hébert, periodista de Normandía ferozmente anticristiano y enemigo a muerte de los girondinos: dirigía un libelo llamado Le Père Duchesne, desde el que señalaba a sus enemigos, que, naturalmente, eran los mismos que los de la Revolución.

Los hebertistas recogían el desquiciado programa de sus predecesores enragés, aunque haciendo hincapié en un recalcitrante ateísmo que buscaba descristianizar Francia a cualquier coste. Las turbas hebertistas asaltaban iglesias y conventos para apropiarse de ellos en nombre de la Revolución. Arrasaban las sacristías y metían fuego a tallas e imágenes de madera. Las piezas de oro las reservaban para su posterior venta. Dependiendo del humor en que se encontrase la turba en cuestión, mataban in situ a los religiosos o les daban la opción de abjurar de sus creencias en el acto. Una de sus especialidades era atrapar curas y monjas y casarlos.

Decían hacerlo todo en nombre de la diosa Razón, a la que llegaron a consagrar la catedral de Notre Dame, en una extraviada ceremonia que tuvo lugar el 10 de noviembre de 1793.

Hébert había encontrado el arma perfecta para prosperar en política. Eliminados los girondinos, puso su diana sobre Danton y Robespierre. Y hasta ahí le llegó la cuerda. Fue detenido, juzgado y condenado a morir en la guillotina en marzo de 1794.

Al reino de terror que chusma como Roux o Hébert habían promocionado desde la calle le quedaban los días contados. Francia estaba agotada, ahíta de tanta revolución y tanto asesinato en nombre de la Idea. Las masas se fueron serenando y los sans-culottes acabaron desapareciendo de las calles. Volverían a ellas en las algaradas de 1830 y, especialmente, en los días de la Comuna de París de 1870, pero esa ya es otra historia.

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