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Lenin o Stalin: ¿quién fue peor?

Me recriminan algunos lectores por correo electrónico haber elegido durante una entrevista a Lenin como el peor de los tiranos del siglo XX. Argumentan, no sin parte de razón, que Stalin, Hitler o Pol Pot mataron a más gente. Uno incluso me acusa de no haber incluido a Franco en la tripleta: según el individuo en cuestión, es el tirano que nos toca más de cerca y “el peor de la Historia de España”. En fin, hay gente para todo.

La razón por la que elegí a Lenin sin dudarlo un segundo no se debe tanto al número de víctimas que su Gobierno se cobró –que fueron unas cuantas– como al régimen infame y criminal que diseñó e implantó por la fuerza, sin escatimar crueldades. Un sistema que pervivió setenta años y condenó a la esclavitud a varias generaciones de seres humanos; primero, rusos, luego de todas partes del mundo. Me refiero, naturalmente, al comunismo soviético, la mayor máquina de picar carne que ha conocido la especie humana en toda su historia.

Los izquierdistas, sabedores de que demasiadas cosas fallaron en aquel experimento sangriento, reducen el error al cuarto de siglo que gobernó Iósif Stalin, de ahí que se refieran con tanta pasión condenatoria al estalinismo, dejando el término leninismo –no digamos ya comunismo– para denominar a una noble ideología que aspiraba a emancipar a la clase trabajadora. El comunismo llegó, efectivamente, a su máxima expresión práctica durante los años de Stalin. Fue entonces cuando todo el marxismo teórico se pudo aplicar sin cortapisas en el mayor país de la Tierra, tomando a sus habitantes como cobayas. Pero Stalin, la gallina, no hubiese podido reinar sin Lenin, el huevo.

Aquí es donde empieza un fértil debate historiográfico que dura ya más de medio siglo. ¿Fue Stalin la evolución lógica del régimen instituido por Lenin, o un imprevisto accidente que arruinó la Revolución de Octubre? Aunque la visión que predomina es la primera, creo que es al contrario. Me explico.

Empecemos por el encumbramiento del ogro. Aunque Lenin se sabía mortalmente enfermo, dispuso de tiempo suficiente para nombrar sucesor. Pudo haber elegido a cualquiera, y candidatos no le faltaban. Al terminar la Guerra Civil, León Trotski o Nikolai Bujarin estaban mejor situados para ser los continuadores de la obra del padre fundador. Trotski tenía a su favor la forja del Ejército Rojo y una impecable formación revolucionaria. A pesar de las diferencias teóricas con el líder, era de la absoluta confianza de éste, y sólo las intrigas de la camarilla de Stalin consiguieron alejarle de Moscú. Bujarin, por su parte, era un teórico de primera fila muy popular dentro del Partido, hasta el extremo de que su labor había sido reconocida por Lenin en varias ocasiones. “No sólo es el teórico más valioso y destacado del Partido, sino que además es considerado, merecidamente, el preferido de todo el Partido”, llegó a decir de él en su testamento.

Pero Lenin escogió a Stalin. Lo hizo libremente y sin presiones. No hubo por medio golpe de estado alguno, ni excesivas intrigas palaciegas –que, por lo demás, poca mella hacían en la inquebrantable voluntad de Lenin–. De hecho, tanto Trotski como Bujarin mantuvieron más o menos intactas sus esferas de poder al morir Lenin. Pronto caerían en desgracia. Años después, ambos fueron liquidados por órdenes directas del georgiano; Trotski, en su exilio mexicano, y Bujarin durante la Gran Purga.

Que Lenin eligiese a Stalin y no a otros, en principio, nada significa. Pudo haberse equivocado o haber creído ver en su pupilo cualidades que luego resultó no tener. Hay incluso quien asegura que Lenin, moribundo, pidió que se apartase a Stalin del poder porque era muy brusco. Posible pero improbable. Esa brusquedad es la que le había hecho ascender hasta la cúpula del poder soviético, controlada férreamente por Lenin. En definitiva, el Líder apreciaba a Trotski, a Bujarin y a otros miembros del Comité Central, pero su favorito para regir los destinos de la Revolución era Stalin, porque de otro modo le hubiese sacado de la carrera sucesoria mucho antes.

Pero, poniéndonos en la tesis oficial, aun en el caso de que Lenin se hubiese equivocado o hubiera prevenido al Partido de la zafia ambición de Stalin, la herencia que dejó ya venía envenenada. No había otra opción que perpetuar la tiranía bolchevique. Al morir Lenin, la URSS era una autocracia mucho peor que la de los zares. Los poderes que asumió Stalin eran propios de un déspota oriental. Disponía a placer de la vida de todos y cada uno de los habitantes de la Unión Soviética. Y eso se lo debía exclusivamente a su padre político.

El terror, por ejemplo, que fue el santo y seña del stalinismo, fue cosa de Lenin, que lo aplicó sin remilgos en vida. Las frases “Debemos derribar cualquier resistencia con tal brutalidad que no se olvide durante décadas” y “Cuantos más representantes del clero y la burguesía reaccionaria ejecutemos, mejor” no fueron pronunciadas por Stalin, sino por Lenin, cuyo Gobierno –de sólo siete años– sumó tantos muertos como pudo, y de la manera más brutal posible.

El Gulag, la expresión más refinada del espíritu liberticida soviético, fue creación de Lenin. Su sucesor no hizo más que perfeccionarlo y expandirlo a todos los confines de la URSS mediante una extensa red de campos de trabajo esclavo perfectamente coordinada, a la que se dotó de una función económica.

Stalin patentó el término: Gulag; Lenin, la idea.

Dentro del Partido, arrasado por Stalin durante las purgas de los años 30, la omnipotencia del líder era también legado leniniano, que, no obstante, evitó en todo momento ostentar más cargos que el de presidente del Consejo de los Comisarios del Pueblo. Así, la posibilidad de ilegalizar facciones dentro del Partido fue aprobada a instancias de Lenin, decisión que permitió a Stalin moldear el PCUS a su antojo, eliminando a todos los que podían hacerle sombra. No es casual que la primera purga del Partido fuese llevada a cabo por Lenin tan pronto como en 1921.

En definitiva: Lenin instauró una dictadura personal sin la cual el stalinismo nunca hubiese sido posible. De lo que careció es de tiempo para ejercerla, porque murió prematuramente, con sólo 53 años. Cuenta Richard Pipes que, siendo Molotov ya muy mayor, le preguntaron quién de los dos –Lenin o Stalin– había sido más duro. El viejo político, que había servido a ambos, contestó sin dudarlo: Lenin, por supuesto. Recuerdo cómo reprendía a Stalin por ser demasiado blando y liberal.

No seré yo quien le lleve la contraria.

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