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Chávez o el ocaso de Venezuela

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La prolongada e inexplicada estancia de Hugo Chávez en un hospital de La Habana ha levantado una polvareda mediática de considerables dimensiones. Todo indica que el presidente de Venezuela padece una grave pero desconocida enfermedad de la que está siendo tratado en Cuba. Debido al mutismo gubernamental, muy propio, por otra parte, de las dictaduras comunistas, nadie sabe el alcance de la dolencia ni si Chávez podrá salir de ella.

Todo lo que ha trascendido a los medios es un sucinto y misterioso parte que este fin de semana hizo público el canciller Nicolás Maduro. El comunicado hablaba de una “gran batalla por su salud” la que estaría librando el presidente venezolano en tierras cubanas y poco más. Del resto se ha encargado el propio Chávez a través de su cuenta de Twitter, red social a la que el autócrata es adicto y en la que tiene más de un millón y medio de seguidores repartidos por todo el mundo

Hay muchas preguntas y casi ninguna respuesta. ¿Qué enfermedad padece Chávez?, ¿es terminal?, ¿por qué ha viajado hasta Cuba para tratársela?, ¿acaso no hay buenos hospitales en Caracas?, ¿es él quien envía personalmente esos mensajes a través de Twitter?, ¿por qué todo un jefe de Estado ha elegido ese medio y no los canales habituales de los que dispone?

Ante tantos interrogantes sólo cabe poner en cuarentena toda la información que llega de La Habana y abrir un hipotético escenario sin Chávez. Si realmente la enfermedad es tan grave –terminal dicen algunas fuentes–, Venezuela debería ir preparando la sucesión de un líder que, aparte de nefasto, es irrepetible por su peculiar biografía y las circunstancias históricas de su país, lo que ha terminado cuajando en una personalidad megalomaníaca, excéntrica y amiga de los excesos, tanto verbales como políticos.

Y no sólo Venezuela. La sombra de Chávez es extraordinariamente alargada. Actualmente en Hispanoamérica hay cuatro Gobiernos abiertamente chavistas, los de Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Perú. Los tentáculos del venezolano se extienden, además, por partidos opositores de toda la región –el caso del mexicano Cuauhtémoc Cárdenas es bastante ilustrativo– y por otros Gobiernos que, aunque no siguen estrictamente las líneas marcadas por Chávez, simpatizan con su causa. Así ha sucedido con los Kirchner en Argentina, el Brasil de Lula o los Gobiernos del Frente Amplio en Uruguay.

Hoy por hoy, y aunque duela a los amigos de la libertad, Chávez es el principal y más activo jugador internacional dentro de la América hispana. El resultado ha sido una vuelta a lo peor del populismo latinoamericano que Chávez hace años se apresuró en rebautizar como “socialismo del siglo XXI”. Lo cierto es que esta variedad presuntamente moderna de socialismo no difiere en lo esencial del que ya conocemos y que se basa en la coacción, el politiqueo y la destrucción sistemática y concienzuda de la libertad individual, lo que redunda inevitablemente en la ruina económica.

No es casual que el padrino y alma máter de Hugo Chávez sea Fidel Castro, último superviviente de la pesadilla del socialismo real que castigó a Occidente durante la segunda mitad del siglo XX. La diferencia entre uno y otro no han sido, por tanto, las ideas, sino la disponibilidad de grandes reservas de petróleo. La Venezuela de Chávez se ha beneficiado del espectacular alza en el precio del crudo que se ha registrado en la última década. Miles de millones de dólares que han servido para lubricar hasta el último engranaje de su “revolución bolivariana” al tiempo que ésta se exportaba al resto del continente, con especial predilección por países ricos en materias primas como Bolivia o Ecuador.

Doce años después de su llegada al Gobierno, Venezuela es un país mucho más pobre e infinitamente menos libre. La dependencia del oro negro es absoluta pero, curiosamente, los rendimientos de la industria petrolera –completamente nacionalizada– son decrecientes. El país necesita importar prácticamente todo para poder funcionar. El precio del crudo pende como una espada de Damocles sobre los presupuestos nacionales, extremadamente sensibles a la más mínima fluctuación tal y como sucedió durante el año 2009.

Existe, obviamente, una alternativa al chavismo piafante que amenaza con apoderarse de toda Hispanoamérica para esclavizarla en nombre del socialismo. Lo representa Chile y su ya consolidada democracia liberal que apuesta por la tripleta mágica de libertad individual, imperio de la Ley y libre mercado. A día de hoy Venezuela no resiste una sola comparación con Chile en ninguno de los rubros. Donde uno se hunde, el otro prospera sin necesidad de petróleo ni de que el Estado confisque la riqueza que la sociedad genera mediante inversión y trabajo. Donde uno busca desesperadamente enemigos y se rearma, el otro se reafirma como país avanzado y pacífico en el concierto de las naciones.

Los dos modelos están uno frente al otro midiéndose en igualdad de condiciones. Si Chávez no sale de esta sería una oportunidad de oro para que los venezolanos reenfoquen el inmerecido destino de su maltratada república.

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