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La interminable letanía griega

su-time-jackie-kennedy-onasisEn octubre de 1949 terminó la guerra civil griega. Había sido una lucha sin cuartel, parecida, en cierto modo, a la que había tenido lugar diez años antes en España.

Lucharon, de un lado, los comunistas del KKE, apoyados por la Yugoslavia de Tito, la URSS de Stalin, la Albania de Hoxa y la Bulgaria de Dimitrov, y, del otro, los llamados nacionales, griegos que no se plegaban a la inevitabilidad del socialismo, respaldados por el Reino Unido y, en menor medida, por los Estados Unidos.

Como había sucedido en la guerra mundial, los ilimitados recursos del amigo americano terminaron decidiendo la contienda. Grecia se quedó del lado de los buenos, pero estaba dividida y devastada después de diez años de lucha continua, primero contra los nazis y luego contra los soviéticos. En 1950 era uno de los países más pobres de un continente por aquel entonces asolado y hambriento.

Los americanos temían que la pobreza entregase el país al enemigo por la vía pacífica, de modo que le hicieron llegar sustanciosos préstamos y tutelaron su transición hacia una economía de mercado que generase prosperidad y, sobre todo, una clase media que sirviese de valladar contra las veleidades expansionistas de Moscú. Fue todo un éxito. A partir de 1950, el pequeño reino de los helenos empezó a crecer a una velocidad vertiginosa.

Los Gobiernos de posguerra, dirigidos en su mayor parte por el conservador Konstantinos Karamanlis, aplicaron reformas a la economía con idea de sacarla del atraso en una sola generación. Apostaron por hacer de Grecia un país confiable en el mercado internacional, especializado en productos de bajo coste gracias a una mano de obra barata y abundante. Además, Grecia gozaba de un clima inmejorable y era lugar de tránsito para las mercancías que viajaban de un lado a otro del Mediterráneo y para las que iban y venían del Mar Negro. La tradición comercial propia del país, con su millar de islas, el incipiente turismo y una fuerte devaluación del dracma hicieron el resto.

En apenas diez años Grecia se había enriquecido lo suficiente para alumbrar su propia clase empresarial. Así nacieron los magnates navieros, los Onassis y los Niarchos, eternos rivales que durante los años sesenta coparon la prensa rosa de todo el mundo. Ambas familias amasaron impresionantes fortunas al abrigo de lo que ya se conocía como el milagro griego. El patriarca de los Onassis, Aristóteles, llegó a casarse con la viuda de Kennedy en una fastuosa ceremonia celebrada en la isla de Skorpios, propiedad de la familia.

La Grecia de los sesenta era lo más parecido a uno de los tigres asiáticos de nuestros días. El PIB crecía a un promedio anual del 10%. La gente del campo emigraba a las ciudades en busca de un trabajo mejor. El Gobierno nadaba en la abundancia y abrió a fondo la espita del gasto público. Se invirtieron grandes cantidades de dinero en infraestructuras y en ensanchar las ciudades, que no daban abasto por la riada migratoria. Debidamente alimentados por el incesante flujo de dinero, la corrupción, el clientelismo y la elefantiasis estatal empezaron a enseñorearse del país.

El festival terminó a finales de los 60, cuando un golpe de estado liquidó de un plumazo la frágil e inestable democracia instaurada por los aliados en 1949. Se hizo con las riendas una junta militar que, privada de legitimidad internacional, perseveró en los vicios y derroches de sus antecesores para ganar popularidad de puertas adentro. A los militares les dio por estimular la economía construyendo pantanos, carreteras y viviendas sociales. Tal era su obsesión, que al general Stylianos Pattakos los griegos terminaron motejándole “la primera pala de Grecia”, porque el hombre siempre aparecía sonriendo en los telediarios con una pala de albañil entre las manos inaugurando una obra pública.

Para 1974, año en que la dictadura militar colapsó, la economía se había contraído un 5% y no quedaban demasiados dracmas en el Tesoro para gastar en proyectos faraónicos. Los artífices de la recién proclamada república eran, sin embargo, los mismos políticos que habían mandado durante la monarquía –la endogamia en la clase política griega es una tara que se extiende hasta nuestros días–, y no conocían otro modo de gobernar. El Gobierno de Karamanlis ­–una vez más– buscó a la desesperada el ingreso en la Comunidad Económica Europa; lo consiguió en 1981, aunque más por motivos políticos que económicos.

Alemanes, franceses y británicos sabían que Grecia, su economía y sus políticos eran un completo desastre, pero se trataba de un país diminuto perfectamente asimilable, un pequeño homenaje que la floreciente Europa de los 80 podía permitirse. Además, con la integración europea, los causantes de la ruina tendrían que ceder parcelas de soberanía, especialmente económica, lo que disminuiría el destrozo. Cayó entonces el país en manos de un socialista, Andreas Papandreu, hijo, cómo no, de un antiguo primer ministro. Fue el Felipe González griego y, como él, quería crear empleo a toda prisa. Al final, todo lo que creó fueron funcionarios, que llenaron las cada vez más numerosas covachuelas de una administración inmensa, quizá la mayor y menos eficiente de la Europa comunitaria.

Papandreu murió en el cargo, a los 77 años, rejuvenecido en alma –que no en cuerpo– por su tercera esposa, Dimitra Liani, una ambiciosa y muy bien dotada azafata de Olympic Airways, a la que hizo jefa de gabinete. Para entonces (1996) Grecia llevaba veinte años de encefalograma plano. El país se había demostrado incapaz de crear riqueza. Vivía de las divisas del turismo, de lo que quedaba de los años buenos y de los siempre bienvenidos fondos de cohesión comunitarios.
Entonces sucedió lo que nadie, ni el más fantasioso de los políticos griegos, había podido soñar jamás: la moneda única europea. Eso significaba que, de entrar en ella, el crédito internacional fluiría sin límite, y el Gobierno podría aumentar significativamente el gasto y el tamaño del Estado. A la primera no pudo ser, porque Atenas no cumplía con los requisitos para incorporarse en el euro. Los del Ministerio de Finanzas no se hicieron demasiados líos, falsificaron las cifras y, esta vez sí, pasaron la criba dos años después.

Esto sucedió el mismo año del cambio de siglo. Arrancó entonces la mayor fiesta de gasto público que esta vieja nación ha conocido en toda su historia. Con la excusa de los Juegos Olímpicos de 2004, que se celebraron en Atenas, los bancos y el Gobierno helenos pidieron prestado como si no hubiera mañana. Todo el país se embarcó alegremente en una borrachera de crédito que, a pesar de todo, no consiguió que el PIB creciera más allá del 4% en los años previos a las Olimpiadas. Terminadas éstas, el país era mucho más pobre. Había pedido prestado mucho dinero que no tenía cómo devolver, simplemente porque Grecia aún no había encontrado el modo de generar riqueza. Pagaron entonces lo que debían con nuevos préstamos, y así entraron en una espiral diabólica que les ha llevado hasta la situación actual.

Entre 1980 y 2010, el número de empleados públicos se ha multiplicado por tres. Hay un millón de funcionarios en un país de 11 millones de habitantes; el sector privado sólo cuenta con unos tres millones y medio de trabajadores. Todo el país vive de ellos. El sector privado vive a su vez –en gran parte– de contratos estatales y favores políticos, que dulcifican la asfixiante regulación creada por la hipertrofiada administración pública. Un círculo vicioso muy difícil de romper.

El Gobierno de Giorgios Papandreu –hijo y nieto de primeros ministros–, además, no puede seguir mintiendo ni ocultando a sus socios comunitarios la tragedia financiera creada por su propia irresponsabilidad. Los griegos, para colmo, no quieren saber la verdad ni están dispuestos a admitirla. El opositor y ex primer ministro Kostas Karamanlis –sobrino de Konstantinos– no quiere saber nada de cambios porque Grecia no sabe ya vivir si no es por encima de sus posibilidades.

La guerra civil queda lejos y casi nadie se acuerda de ella, pero hace unos meses unos activistas del KKE –ilegalizado entre 1949 y 1974– colgaron dos grandes pancartas en la Acrópolis ateniense. La foto dio la vuelta al mundo a la velocidad del rayo y Stalin sonrió complacido en su tumba. La historia tiene, de vez en cuando, estos detalles de mal gusto que nos demuestran que, efectivamente, los seres humanos no tenemos arreglo.

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