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El penúltimo rey de Calibán

Al inventor del socialismo panarabista le ha llegado su San Martín. Ha gobernado con mano de hierro durante más de cuarenta años. Odiado fuera y temido dentro, la de Gadafi es la historia del más longevo de todos los reyes de Calibán. Ha ocasionado guerras, ha financiado y entrenado terroristas, se ha enfrentado con todos, especialmente con sus súbditos, y ha sido la cabeza visible del tercermundismo antioccidental. Todo lo que ha hecho ha sido malo. Con su final Libia se libra de un espantoso tirano y el mundo de un desestabilizador entregado en cuerpo y alma a las causas más abyectas.

Sólo Fidel Castro, Chiang Kai-shek y Kim il-Sung le han superado en longevidad al frente del poder. En lo que a mandar se refiere, Muamar el Gadafi ha pasado dos tercios de su vida en la poltrona. Llegó a la cima muy joven, con sólo 27 años, gracias a un golpe de Estado, y se ha retirado a la fuerza y tras una corta pero cruenta guerra civil a solo unos meses de cumplir los setenta. Es, de todos los reyes de Calibán, el que más y durante más tiempo ha marcado el destino de su país y de sus desdichados habitantes.

Cuando el joven coronel Gadafi depuso al rey Idris en el verano de 1969 el mundo era un lugar muy diferente. Resonaban aún los ecos de Bandung y los líderes del Tercer Mundo se creían llamados a una misión histórica, la de liberar a los pueblos africanos y asiáticos del yugo colonial al tiempo que se inventaban un mundo nuevo, revolucionario y necesariamente mejor que el orden establecido por las potencias europeas desde el siglo XIX que, por la carambola de la Guerra Mundial, había heredado intacto Estados Unidos. Naturalmente nada de eso era cierto, pero a los prototiranos tipo Gadafi sentirse ungidos les producía un extraño placer, y les daba carta blanca para cometer todo tipo de atrocidades en el nombre de una nueva África.

Gadafi fue de los últimos en llegar al olimpo de los reyes de Caliban, quizá por eso fue tan rápido y decidido en todo. Quería reinventarse Libia y hacerlo, además, a toda velocidad. Al poco de acceder al poder cerró las bases norteamericanas y británicas en suelo libio, expulsó a los colonos italianos, apretó con fuerza el dogal sobre los pocos opositores que tenía dentro del país y se acercó a los soviéticos. En apenas un par de años la insignificante Libia se había convertido en un dolor de cabeza para Occidente. Pronto se supo que, no contento con apoyar el terrorismo internacional, lo financiaba y entrenaba en campos especialmente diseñados para ese fin. Eran las consecuencias inmediatas de la Jamahiriya o “estado de las masas”, versión árabe de las repúblicas populares que se habían enseñoreado de media Europa.

Como cualquier déspota africano de su época, Gadafi siempre combinó un antioccidentalismo enfermizo con una inquebrantable voluntad imperialista en África. Declaró varias guerras y todas las perdió. No existe líder africano que se haya metido en tantos líos fronterizos. Aspiraba a crear un gran estado árabe que fuese del Atlántico al mar Rojo y del Mediterráneo al Sahel. Propuso unirse con Egipto, con Sudán y con Túnez. Por descontado, en todos los casos él sería quien mandase haciéndose dueño del ejército mientras dejaba la presidencia honorífica a los Bourguiba o los Sadat de turno. Lo de Egipto terminó en guerra y en el odio literalmente cartaginés que Gadafi le cogió a Sadat, tanto que se alegró públicamente de su asesinato en 1981.

Con el Chad no buscó el anschluss panarabista, sino la invasión directa. Disgustado por la presencia de cristianos en el Chad y con la idea de anexionar una improductiva e inhabitada franja de desierto, Gadafi se metió en una ratonera de la que salió escaldado. En esa misma época, y por culpa de sus flirteos con el terrorismo internacional, que promocionaba activamente ante los ojos del mundo, se las tuvo que ver personalmente con el ejército de Estados Unidos. En abril de 1986 Ronald Reagan ordenó bombardear su cuartel general de Trípoli en una operación de castigo que supuso la enésima humillación del líder libio. A esas alturas ni la URSS ni ninguno de los países árabes le prestaban ya la más mínima atención. Era un apestado, y él lo sabía. Gadafi se replegó sobre sí mismo sustituyendo paulatinamente el socialismo panárabe por un tercermundismo de opereta.

Esa es la última imagen que ha ofrecido Gadafi, la de caudillo africanista, ridículo y extravagante, defensor de una ideología extraña y difícilmente comprensible en Occidente. Se presentaba en las cumbres africanas vestido de príncipe de Zamunda apelando a la unión del continente para hacer frente a las malvadas potencias occidentales. Era todo fachada. Por detrás buscaba acuerdos con los políticos europeos para que lo sacasen de la lista negra de indeseables. De su gloriosa Jamahiriya sólo habían quedado pozos de petróleo e interminables oleoductos a través del desierto. Un petróleo cercano y muy apetitoso desde que su precio empezó a subir como la espuma hace una década. Todos estaban dispuestos a perdonarle los pecados del pasado a cambio de un suministro fiable.

Mientras tanto, en el interior, nada ha cambiado en cuarenta años. La de Gadafi ha sido una de las dictaduras más feroces de África y de todo el mundo subdesarrollado. Oponerse al Gobierno se ha pagado con la vida. Desde 1973 funcionaban en Libia comités revolucionarios creados a imagen y semejanza de los de la Cuba castrista. Dos de cada diez libios trabajaban para ellos en calidad de informantes. Los presos políticos siempre se contaron por miles y las ejecuciones de los disidentes eran espectáculos públicos de gran fervor revolucionario a los que, a veces, asistía el propio Gadafi en compañía de sus familiares.

La combinación de socialismo, nacionalismo árabe y charlatanería de Bandung no podía dar otro resultado. A falta de Mugabe, gran aliado, por cierto, del déspota libio, el violento final de Gadafi marca el fin de una época en África que, ciñéndose a los hechos, ha sido peor que mala.

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