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La fiesta de la liquidez, ricos a la calle y el Mortadelo del desierto

Fiesta mayor a cuatro columnas en el diario de Liberty: “Los bancos centrales socorren a Europa”. Quien se quede sólo en el titular, que son muchos más de los que creemos, se habrá imaginado a Trichet y a Bernanke vestidos de ATS del Samur aplicando una transfusión de sangre urgente a la víctima de un aparatoso accidente de tráfico. Bien, eso es, aproximadamente lo que ha sucedido. Aunque con matices. La banca central, principal responsable, dicho sea de paso, de todo lo que nos ha sucedido, no es precisamente una ambulancia del Samur, sino un garito canalla de esos donde ponen cubatas de garrafón y la happy hour dura toda la noche.

El País, sin embargo, lo ve de otro modo. En su editorial principal habla de “éxito fulgurante”, de “elemento clave” y de “perentoria necesidad de la medida”. Dicho esto, acariciado el lomo de los banqueros centrales, el editorialista se regodea con la venganza asegurando que “la intervención supone además una bofetada a los halcones del BCE”. Un halcón, como es bien sabido, es la figura que la izquierda utiliza para todo aquel que les lleva la contraria en el extranjero, en España serían fachas sin más, cuando no franquistas o el siempre socorrido ultra. Hay halcones del Pentágono, del Likud, de la cancillería y halcones peregrinos, aunque éstos entran ya en el terreno de la fauna protegida y, en consecuencia, son buenos.

El halcón financiero de nuestros días es el alemán Jürgen Stark, y así lo hace constar El País anticipando a sus lectores que la “barra de liquidez en euros renovada desde Fráncfort” supone “un buen epitafio político para su ex economista jefe”. Parecen no haberse enterado de que Stark no es un político, sino un experto en finanzas públicas, muy reputado, por cierto, que no busca tanto ganar las elecciones como mantener el valor de la moneda.

El entusiasmo por la defenestración de los halcones y el epitafio de Herr Stark se contagia a toda la prensa zurda. Público titula: “Los bancos centrales rescatan a Europa” mientras que El Periódico de Cataluña subtitula: “Una acción coordinada desata una jornada de euforia en las Bolsas”. El antetitular de Público les delata: “Crisis financiera”, dicen. ¿Pero no era económica?, no, eso sí que no, todavía no, luego, a partir del 21-N ya veremos. Con o sin crisis, la euforia se condensó, en el parqué madrileño, en un repunte de algo más del 3% después de varios meses de desplome. Una de dos, o es que había poco alcohol o es que los invitados a la fiesta estaban ya demasiado borrachos.

Los impuestos, una bendición
Quien no se anda con medias tintas es Manolo Saco, columnista de alta graduación no muy amigo de morderse la lengua. Ayer, para variar, la tomó con Esperanza Aguirre (“¡me cuesta tanto pensar que es una esperanza!”). Después de pontificar sobre los villanos habituales; a saber, los liberales –“derecha ultraliberal” para más señas–, el Tea Party y la propia Aguirre, denuncia que los anteriormente citados “están tomando al asalto nuestro sistema sanitario y de enseñanza”. Ahí es nada. Lo de la sanidad le fastidia porque se resiente “la calidad de la asistencia”, pero con lo de la educación no puede, ya que “es su fábrica de hacer adeptos”. Al señor Saco le traiciona el subconsciente, no existe peor asistencia que la de la sanidad estatalizada, y la LOGSE se ha revelado como un programa magistral de adoctrinamiento intensivo de mentes infantiles en los dogmas progresistas.

El director del diario, Jesús Maraña, vuelve la vista atrás para aplaudir con manos y pies la reinstauración del impuesto de Patrimonio. Al hombre le han hecho falta dos días para parir un billetito plagado de lugares comunes. Lo titula: “Tardío pero necesario”, aunque bien podría haberlo encabezado con algo más explícito como “elogio de los impuestos” o “las tasas redentoras”. Para Maraña “fue un error por parte de Zapatero eliminar en 2008 el impuesto” y “no se sostiene la actual oposición de Rajoy”, porque “rechazar que los grandes patrimonios paguen unos mil millones de euros a la caja común es indecente”.

Los ricos a la calle
Tan indecente que Isaac Rosa, el de “trabajar cansa”, pide que los ricos salgan a la calle en manifestación, “aunque sea en plan paripé”. ¿Está pidiendo el joven gafapasta que su editor en jefe se calce la chaqueta de pana y se eche a la calle como si fuera una víctima del terrorismo? En fin, él sabrá lo que hace, pero preguntas retóricas como “¿ni siquiera les da un poco de gustito, por el rencor que todos sentimos hacia los ricos?” no le hacen ningún favor en un momento en el que de la redacción del diario van a salir cerca de cuarenta personas, algunas, según cuentan las malas lenguas, con permiso por maternidad. Dicho esto, nota para Rosa: los ricos no se manifiestan, los ricos cogen su dinero y se van.

Para atemperar el ambiente Juan Carlos Escudier se pone internacional regalándonos un análisis sosegado sobre la visita de Cameron y Sarkozy a Trípoli. Las causas perdidas del ancho mundo siempre han unido mucho a la izquierda. El problema es que, con lo de Libia, se trataba de elegir entre Guatemala y Guatepeor. Escudier, que es muy de izquierdas, se queda, como no podía ser menos, con Guatepeor. A Gadafi, un asesino infame que llevaba cuarenta años tiranizando a los libios, lo despacha con un ingenioso mote: “Mortadelo del desierto”. Los malos son otros, Sarkozy, Cameron y, sobre todo, las malvadas empresas petroleras franco-italianas. Zapatero se queda en la categoría de malo a media jornada porque, válgame Dios, podría ocurrir que se presentase en Trípoli, pero no para “favorecer los intereses de Repsol frente a los de Total o Eni, sino para trasladar al pueblo libio la inquebrantable fraternidad de los españoles”. ¿Hay alguien que lo entienda?

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