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Indignados y antiglobalización: mismo perro, distintos collares

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Hace aproximadamente diez años la izquierda radical de todo el mundo había resurgido de los escombros del muro de Berlín adoptando una nueva causa: la de la antiglobalización. Las revueltas empezaron en Seattle en noviembre de 1999 durante la celebración de la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en esta ciudad. En un principio los analistas estaban desconcertados. ¿Quiénes eran aquellos jóvenes que protestaban contra algo tan beneficioso para todos como es la libertad de comercio y el levantamiento general de aranceles?

Muchos, los bienintencionados de siempre, quisieron ver un renacimiento de cierta conciencia cívica adormecida tras el colapso del bloque del este. En esta visión buenista, los antiglobalización perseguían un mundo mejor –“Otro mundo es posible” rezaban las pancartas– regido por normas más justas de intercambio entre los países del tercer y el primer mundo. Otros, los comunistas reacios a reciclarse y a aceptar el triunfo de la democracia liberal sobre las autocracias de partido único, aplaudieron a dos manos. Entre ellos se encontraba Fidel Castro y un tal Hugo Chávez, que acababa de auparse a la presidencia de Venezuela por la vía de las urnas.

Por último, los más realistas, los habituales aguafiestas, advirtieron del peligro de aquellas hordas que se apoderaban de las ciudades donde se celebraban cumbres internacionales y sembraban el pánico en ellas. Era costumbre que, en estas grandes citas, se apedreasen sucursales bancarias o se asaltasen restaurantes de comida rápida. Los manifestantes, no muchos por lo general, iban perfectamente pertrechados para enfrentarse contra la policía. Al grupo más radical se le conocía como el “black block” o bloque negro, por el color de su atuendo. Los miembros del bloque negro eran los encargados de que la algarada abriese los telediarios y pasase al día siguiente a las primeras planas de los periódicos.

Y así sucedía. En la memoria de muchos están los tristes sucesos de Génova durante el verano de 2001, donde un joven de 23 años murió de un disparo cuando éste se disponía a arrojar un extintor sobre un policía que se encontraba tirado en el suelo. Las grandes manifestaciones antiglobalización, jaleadas por los medios de izquierda y extrema izquierda durante varios años, se transmutaron en 2003 en las célebres movilizaciones contra la guerra de Irak. Consumido el cartucho de la globalización, muy desprestigiado por culpa de la violencia en las manifestaciones, los activistas radicales fueron reconducidos hacia ese nuevo objetivo que contaba con multitud de simpatizantes en todo Occidente.

Así, escamoteando la desacreditada simbología comunista y trabajándose a fondo la calle, la izquierda transitó de la inesperada implosión del imperio soviético a nuestros días. No predicaban la revolución directamente, ni pasar a cuchillo a los burgueses, ni nada que recordase a los tiempos de la URSS. La reinvención de la izquierda ha pasado por la descentralización y la apuesta por lo que ellos llaman “movimientos sociales”, y que no es más que las viejas células de activistas y agitadores que difunden consignas al por mayor en torno a un número muy bien definido de asuntos que ellos denominan “luchas”. Éstas disfrazan el ideario nuclear y son, resumiendo, el ecologismo, el pacifismo, el pacifismo, la ideología de género, el laicismo o el movimiento okupa. No existe ahora lealtad de partido, básicamente porque los jugosos subsidios de Moscú se han evaporado y no hay con qué financiarla. Vender la idea comunista es, además, algo relativamente complicado entre las nuevas generaciones de occidentales, que no son precisamente proletarias y difícilmente albergan odio de clase. Por esa razón son minoritarios.

Cuando el pasado mes de mayo la multitud tomó la Puerta del Sol y otras plazas del resto del país, los mismos que protestaban contra la globalización, los mismos que organizaban las manifestaciones de Nunca Mais o que se movilizaron contra la guerra de Irak, se pusieron en marcha para tratar de capitalizar el descontento juvenil cooptando el movimiento 15-M. Pasada la primera semana lo consiguieron. Como tienen tiempo y conocen al dedillo los mecanismos de agitación callejera no les costó demasiado. De ahí que, para los legos en la materia, el 15-M desprenda ese tufo a extrema izquierda tan característico. Sus lemas, sus programas, sus manifiestos y hasta el modo en el que se manifiestan es idéntico al de los partidos y colectivos de la izquierda más extrema.

Las decisiones se toman en asambleas y son aprobadas por unanimidad. Eso es, para ellos, una democracia real. Ocultan, obviamente, que las asambleas son eternas, que sólo unos pocos están dispuestos a asistir a todas y que, a fin de cuentas, las asambleas son fácilmente manipulables por quienes las organizan, convocan y dictan la orden de las mismas. Las conclusiones de estas asambleas, han sido, además, extraordinariamente coincidentes en toda España. El 15-M es, casi desde sus inicios, un movimiento antimercado, antioccidental, antiliberal, anticristiano y, por descontado, antiglobalización.

Pero no sólo se definen en negativo, que es lo que ellos tratan por todos los medios de hacer ver, sino en positivo. Las distintas asambleas del 15-M apuestan por la estatalización de la banca y las empresas, por la democracia asamblearia y por un extremado laicismo que ofreció su más funesta cara durante la celebración de las Jornadas Mundiales de la Juventud en Madrid hace dos meses. Si le damos la vuelta a sus demandas nos sale un movimiento reaccionario que pide socialismo a pleno pulmón, entronización de la política y un programa rupturista que nos pondría a la altura de la Venezuela de Chávez.

Lo único que le faltaba a los jóvenes indignados del 15-M es que su “revolución” se extendiese por el mundo como lo hizo la causa antiglobalización de hace una década. Esto ha ido produciendo a lo largo de los últimos meses. Ya hay acampadas en varias ciudades de Europa y Norteamérica que emulan a las de Madrid y Barcelona. Empezaron como pequeños campamentos de expatriados españoles no demasiado bien avenidos con la policía local. Hoy han crecido –aunque tampoco mucho– y son el germen de las protestas del 15 de octubre que han acabado como el rosario de la aurora en lugares como Roma.

No ofrecen nada nuevo, nada que no conozcamos. Son los enemigos de la sociedad abierta de los que hablaba Popper con nuevos ropajes, los mismos perrros con distinto collar. Muchos cayeron víctimas del embrujo de las primeras jornadas heroicas en la Puerta del Sol. Luego vino el desencanto. Inevitable. “No es esto, no es esto”, clamaba Ortega y Gasset meses después del advenimiento de la República cuando ya había comenzado las quema de iglesias. El 15-M tampoco es esto, tampoco es la democracia real que, hace ahora cinco meses, pedían la gente de buena voluntad desde las calles de España.

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