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Kofi Annan, canallada en cuatro actos

Kofi Annan fue durante diez años secretario general de Naciones Unidas, un cargo muy jugoso y deseado. Cualquier burócrata internacional daría lo que fuese por hacerse con él. Aparte del relumbrón y de su indudable influencia política, los secretarios generales cobran un auténtico dineral: cerca de medio millón de dólares anuales libres de impuestos, gastos pagados y recibimiento de jefe de Estado allá donde vaya.

Annan, nacido en Ghana en 1938 cuando aún era una colonia británica, fue el primer secretario general de raza negra. Llegó al cargo gracias a una imprevista carambola. Su predecesor, el egipcio Boutros Galli, recibió el veto por parte del gabinete de Bill Clinton, que propuso a Annan como candidato de repuesto allá por 1996. Annan no era nuevo en la ONU, de hecho llevaba toda la vida trasteando por allí. En 1962, cuando tenía tan sólo 24 y acababa de graduarse en una universidad de Minnesota, entró a trabajar para la OMS. Luego, tras pasar por el Gobierno ghanés como director de turismo, se incorporó a ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. De ahí iría saltando de puesto en puesto hasta llegar a la subsecretaría general en 1994.

Era un hombre de la casa, alguien de fiar, o al menos eso es lo que creyeron en Washington. Ya se encargaría después el afortunado funcionario ghanés de hacerlo tan rematadamente mal como para que la Casa Blanca renegase de su apadrinado. La ópera que Kofi Annan interpretó en la ONU a mayor gloria de todo lo que fuese, pareciese u oliese a anti occidental consta de cuatro vergonzosos actos de los que, curiosamente, nadie habla.

Primer acto, Ruanda.

En 1994 Annan dirigía la operación de UNAMIR, fuerza internacional de mantenimiento de la paz durante la sangrienta guerra civil en aquel país. Se negó a que los cascos azules, capitaneados por el canadiense Roméo Dallaire, incautasen las armas a las milicias hutus a pesar de que ya le habían advertido de que éstas iban a cometer una masacre contra los tutsis desarmados. La matanza se produjo sin que el Consejo General de la ONU hubiese sido siquiera informado. Annan no dio ninguna explicación al respecto y, mucho menos, pidió perdón por lo ocurrido. En sólo 100 días fueron asesinadas cerca de 800.000 personas. Diez años después aceptó su culpa afirmando que “pudo hacer algo y que debería haber hecho algo” para evitar el genocidio. Pero no lo hizo y, por descontado, no dimitió de su cargo, en el que llevaba ya siete años.

Segundo acto, Srebrenica.

En 1995 supervisaba la misión de Naciones Unidas en Bosnia, la UNPROFOR. En julio de aquel año los cascos azules a su cargo declararon zona segura la ciudad de Srebrenica. Pero no era segura en absoluto. Los cascos azules, de nacionalidad holandesa, se retiraron dejando la ciudad indefensa ante los serbios. Una unidad paramilitar serbia al mando de Ratko Mladic penetró en Srebrenica y asesinó en masa a 8.000 personas de etnia bosnia, niños incluidos. Kofi Annan escurrió el bulto y no quiso saber nada del asunto durante años, hasta 1999, cuando ya era secretario general y admitió tímidamente que se podría haber evitado la masacre si él hubiese dado la orden de abrir fuego contra los serbios.

Tercer acto, Darfur.

Lejos de aprender de las lecciones de Ruanda y Bosnia, en 2003, siendo ya secretario general de la organización, ignoró repetidamente los informes que le iban llegando sobre la crisis humanitaria en Darfur, ocasionada por una campaña genocida de milicianos árabes apoyados por el Gobierno sudanés contra los agricultores negros. Las sucesivas masacres en Darfur coincidieron en el tiempo con la guerra de Irak, a la que Annan se opuso activamente involucrándose de un modo muy personal en contra de Estados Unidos y sus aliados. Más tarde se supo que los informes que avisaban de la inminente matanza se traspapelaron porque eran “políticamente inconvenientes”.

En Darfur murieron violentamente medio millón de personas mientras Kofi Annan y la ONU miraban hacia otro lado. La fuerza de paz, que se pidió incansablemente durante años, llegó con muchos años de retraso, cuando ya sólo quedaba el recuerdo de la masacre. Los cascos azules llegaron a Darfur en 2007, pero no los envió Kofi Annan, sino su sucesor, el coreano Ban Ki-Moon. A día de hoy la ONU sigue sin considerar un genocidio lo que ocurrió en Darfur hace ocho años.

Cuarto acto, petróleo por alimentos.

Tras la primera guerra del Golfo la ONU decretó un embargo sobre el régimen de Sadam Hussein. En 1996, a instancias del propio Kofi Annan, se creo el programa “Petróleo por alimentos”, en virtud del cual Irak podría emplear las divisas obtenidas con la exportación de crudo en la compra de alimentos y medicinas. El programa funcionó durante años hasta que se descubrió que el hijo y el hermano de Kofi, Kojo y Kobina Annan respectivamente, se habían lucrado con él mediante una empresa interpuesta. Tanto padre como hijo lo negaron a pesar de las contundentes pruebas que la prensa norteamericana puso sobre la mesa y de la investigación que siguió. Kojo se defendió corriendo un tupido velo sobre el asunto y echando la culpa al Partido Republicano. El honor de los Annan sigue siendo intocable.

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