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¿En qué ha quedado la primavera árabe?

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Las revueltas populares en los países árabes no han alumbrado, tal y como se esperaba en Occidente, democracias estables respetuosas con los derechos humanos. Ninguno de los tres dictadores derrocados ha sido sustituido todavía por un cargo electo. La primavera árabe quizá no haya sido tan primaveral como nos gustaría, la crisis persiste y, de telón de fondo, la inquietante amenaza islamista que se sitúa ahora a un paso de Europa.

Hay una constante con las revoluciones callejeras, siempre se sabe como empiezan pero nunca como terminan. La Revolución Francesa, por ejemplo, cuyos paladines aspiraban a abolir el absolutismo monárquico, desembocó en una tiranía mucho peor, la del Terror jacobino. Algo parecido sucedió con la Revolución Rusa, plagada de excesos que acabaron dejando en muy buen lugar el despotismo zarista. Es algo tan previsible que, a estas alturas de la Historia, no debería sorprender a nadie.

Si revolución es igual a involución, las revueltas populares que se han producido en los países árabes durante este año que termina deberían estar obrando justo lo contrario de lo que se proponían sus inspiradores. Y así está siendo. En ninguno de los países que han sufrido la convulsión revolucionaria la democracia campa por sus respetos, se sigue esperando a la sociedad abierta y, en el mejor de los casos, todo lo más que han conseguido es cambiar de amo. No es demasiado botín para tanto jaleo.

La llamada “primavera árabe” estalló pocos días antes de comenzar el invierno de 2010. El 17 de diciembre Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante tunecino, se quemó a lo bonzo en protesta por el trato que le había dado la policía días antes obligándole a levantar su tenderete callejero. Bouazizi moriría dos semanas después en el hospital a causa de las quemaduras. Para entonces la revuelta tunecina se encontraba en plena efervescencia. La masa se lanzó a la calle y la emprendió contra las fuerzas del orden, que se emplearon a fondo en reprimir la algarada. Diez días después de la muerte del joven vendedor ambulante, el presidente de Túnez, Zine El Abidine Ben Alí, que llevaba casi 25 años en el cargo, dimitió y tomó un avión para Arabia Saudita, donde continúa bajo la protección del rey Abdalá.

De Túnez se hizo cargo un Gobierno interino de concentración nacional liderado por Mohamed Ghannoucci, antiguo primer ministro de Ben Alí. El Gobierno de Ghannoucci fue extremadamente breve, duró sólo un día, al cabo del cual tomó posesión otro alto cargo del régimen anterior, Fuad Mebazaa, ex ministro y presidente del parlamento. Anunciaron entonces elecciones legislativas y presidenciales para el mes de junio. Las legislativas no se celebraron hasta finales de octubre. El ganador fue el partido islamista moderado Nahda (renacimiento), que triplicó en escaños al liberal CPR, gran esperanza de los demócratas prooccidentales del país. Las presidenciales no se han celebrado aún y carecen aún de fecha.

La primavera tunecina, la más civilizada de todas con gran diferencia, todo lo que ha conseguido es cambiar de presidente y elegir un nuevo parlamento en el que, por primera vez, se ha colado el islamismo de corte turco. Poco más ha cambiado en Túnez a pesar de que las revueltas del mes de enero costaron la friolera de 233 muertos. El país sigue siendo lo que era, los tunecinos siguen sin encontrar empleo y el presidente no es un cargo electo. Como con Ben Alí pero sin Ben Alí.

Lo de Túnez, sin embargo, ha sido una bendición al lado de la llamada revolución egipcia, que arrancó una semana después de la salida de Ben Alí de Túnez. Después de varios días de protestas diarias en la plaza cairota de Tahrir, el Gobierno de Hosni Mubarak se derrumbó como un castillo de naipes. La revuelta egipcia fue mucho más violenta que la tunecina. Cerca de mil muertos, varios miles de heridos y un sinnúmero de detenidos fue el balance de bajas que tuvieron que asumir los revolucionarios.

A cambio recibieron que las Fuerzas Armadas tomasen formalmente el poder (informalmente ya lo tenían tomado, Mubarak era militar), que se disolviese el parlamento, se derogase la Constitución y desapareciese el partido del Gobierno que, curiosamente, pertenecía a la Internacional Socialista. La caída del Gobierno se produjo el 11 de febrero y a día de hoy la junta militar sigue gobernando el país. No hay, además, planes de que deje de hacerlo. En el horizonte tienen la obligación de convocar elecciones, pero no se sabe si por miedo a lo que salga o por miedo a dejar de seguir mandando, no hay fecha para los comicios.

La de Egipto, que se grabó en el imaginario occidental como la revuelta árabe con mayúsculas, con sus jóvenes agarrados a sus Blackberry actualizando el Twitter desde su campamento en la plaza Tahrir, no ha cambiado demasiado las cosas, pero sí lo suficiente para preocuparse. Pocos días después de que el nuevo Gobierno tomase posesión, el canal de Suez fue abierto al tráfico de navíos iraníes, con el riesgo que ello conlleva para Israel. Sería sólo un preludio de lo que habría de venir. Desde el verano el sentimiento antijudío y antioccidental no ha hecho más que crecer en la sociedad egipcia. En el colmo del disparate, en septiembre, una turbamulta de islamistas cercó la embajada israelí en El Cairo con un muro. La protesta culminó con el asalto a la legación, lo que ocasionó tres muertos y más de mil heridos.

Puede parecer una travesura sin importancia en una región ya de por sí muy convulsa, pero una de las claves de la paz en Oriente Medio es la buena relación entre Egipto e Israel, los dos actores centrales en las guerras de 1948, 1967 y 1973. Sadat y Mubarak lo sabían, el primero buscó incansablemente la paz con sus vecinos, el segundo la mantuvo contra viento y marea. La junta militar presidida por Hussein Tantaui juega con fuego avivando los prejuicios contra un vecino con el que llevan viviendo en paz desde hace más de treinta años. Si la revolución de Tahrir fue para esto, bien podrían habérsela ahorrado.

Con todo, los judíos no han sido ni de lejos las víctimas predilectas del nuevo Egipto revolucionario. Al calor del renacer islámico propiciado por la caída de Mubarak, la comunidad cristiana copta sufre un ataque tras otro sin que el Gobierno haga nada por evitarlo. Los asaltos a las iglesias coptas siempre se han producido en Egipto, son ciudadanos de segunda y ellos lo saben, pero desde la revolución partidos como el de los Hermanos Musulmanes, bastante numeroso en el país, han abierto la veda sin que la policía haga nada en la mayoría de las ocasiones. La angustiosa situación de los coptos se silencia arteramente en los medios occidentales, los mismos que apoyaron sin ambages la asonada callejera, para alejar un inoportuno fantasma que obligaría a los lectores a hacerse muchas preguntas incómodas.

Lo que si han conseguido los revolucionarios egipcios es una reforma constitucional que fue aprobada masivamente en un referéndum que se celebró en marzo. La reforma agradó a los islamistas, que recomendaron desde las mezquitas votar sí, no tanto a los coptos y a los demócratas de Mohamed El Baradei, que pidieron expresamente rechazarla en las urnas. A El Baradei su oposición a la reforma le costó que un grupo muy bien organizado de salafistas le apedrease cuando se dirigía a votar. La reforma constitucional no ha conseguido instaurar una democracia en Egipto, que vive en una tensa espera a que se celebren elecciones que formen el parlamento.

La primavera egipcia ha sido, con todos sus problemas, un juego de niños al lado de la revolución libia, que empezó en la calle y ha terminado en una cruenta guerra civil que ha ocasionado 30.000 muertos, 4.000 desaparecidos, decenas de miles de heridos y una devastación material como no se recordaba en Libia desde la segunda guerra mundial, cuando el Afrika Korps de Rommel y el ejército de Montgomery se batieron en los arenales de Tobruk.

Las protestas en Libia comenzaron en el mes de febrero, sólo unos días después de la caída del Gobierno de Mubarak. Al principio se pensó que el asunto iba a terminar como en Túnez o Egipto, con Gadafi renunciando de buen grado y marchándose del país cargado de millones. Eso daría pie a una transición ordenada que la Francia de Sarkozy se apresuró a apadrinar reconociendo antes que nadie a los rebeldes. Pero nada de eso sucedió. En Libia todo se torció haciendo naufragar el pensamiento buenista en el que los europeos se rebozaban satisfechos desde el estallido revolucionario de Túnez.

Gadafi no era ni Ben Alí ni Mubarak. Reprimió con dureza inhumana las manifestaciones que se convocaron contra su Gobierno en el este del país, envió a la fuerza aérea a bombardear a los manifestantes y movilizó a todo el ejército. La disidencia se pagaba con la vida. En Libia las Blackberry que tanto gustan a los analistas occidentales desaparecieron pronto dejando su lugar a los tanques en un lado y las milicias armadas hasta los dientes en el otro.

En marzo la ONU intervino dictando a instancias de Francia una resolución, la 1973, que pedía un alto el fuego inmediato. La resolución fijaba una zona de exclusión aérea de la que la OTAN se encargaría de velar. A finales de marzo una fuerza internacional a la que la España de Zapatero se apuntó entusiasta aportando una fragata, un submarino y aviones de combate, se situó frente a las costas de Libia para hacer cumplir la resolución. La revolución libia se había transformado en poco más de un mes en una guerra en toda regla, con dos bandos bien diferenciados y la presencia de unidades militares extranjeras apoyando a uno de ellos.

Tras varios meses de combates que se centraron en la Tripolitania el 23 de agosto el Gobierno de Gadafi cayó, pero no el propio Gadafi, que se escondió en Sirte, su ciudad natal, desde donde pudo resistir dos meses más hasta que fue capturado y ejecutado por los rebeldes de un modo sumario el 20 de octubre. Sobre las ruinas del gadafismo aún no se ha levantado nada. El país lo gobierna un consejo de transición que, para abrir boca, ya ha anunciado que en Libia volverá a regir la ley islámica. El resto es todo una incógnita. El 1 de noviembre Trípoli despidió a las fuerzas de la OTAN con enfrentamientos entre milicias de distinto signo político. La tarea que el Consejo Nacional de Transición tiene entre manos es titánica en un país que nunca ha conocido la democracia y que quizás no quiera conocerla.

Mucho ruido y pocas nueces

La primavera árabe no se reduce a Túnez, Egipto y Libia. 17 países del norte de África y Oriente Medio se han visto sacudidos por las protestas callejeras que, en todos los casos, han sido sofocadas violentamente por los Gobiernos. En algunos países no pasaron de la fase embrionaria, un par de manifestaciones y poco más. En otros los motines han ido mucho más lejos. En Siria se calcula que han muerto ya más de 4.000 personas en refriegas con la policía y el ejército. En Yemen la cifra de muertos alcanza los 2.000 manifestantes. Y todavía no ha terminado. En países como Jordania o Bahréin la “primavera” no ha hecho más que comenzar. La marea se ha detenido, curiosamente, en las puertas de Arabia Saudí, un estado teocrático donde no cabe reforma alguna.

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