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Centroamérica deja de ser católica

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El catolicismo llegó a Centroamérica con Colón, hace ya más de 500 años, pero hoy cede terreno a toda velocidad ante las diferentes iglesias protestantes, que cuentan ya con millones de fieles en la región. Todo ha sido, además, muy rápido. Algo está fallando. Es hora de reconocer el problema y tomar cartas en el asunto.

Los censos hablan por sí mismos. Centroamérica está dejando de ser católica, y lo está haciendo, además, a pasos agigantados. En Guatemala el 40% de la población ya se declara protestante, en Honduras en torno al 30%, en El Salvador y Nicaragua aproximadamente el 25% y creciendo gran velocidad, especialmente entre la población rural. Costa Rica y Panamá, los dos países más desarrollados económicamente de la región, también avanzan en ese sentido aunque a un ritmo algo menor. En el primero el protestantismo lo profesa el 13% de la población, en el segundo algo más del 10%.

En números absolutos donde la situación es más preocupante es en Guatemala que es, con diferencia, el país más poblado de todo el istmo. Casi siete millones de guatemaltecos integran ya alguna de las muchas iglesias evangélicas que proliferan por todo el país. Las hay de todos los tipos. Desde pequeñas comunidades rurales que se reúnen bajo el techo de una cabaña hasta templos de grandes dimensiones localizados en el centro de las principales ciudades. El hecho es que la iglesia católica, que hasta hace no muchos años disfrutaba de una indiscutible hegemonía religiosa, va cediendo espacio paulatina y silenciosamente ante la sorpresa de muchos centroamericanos católicos, pasmados por la inacción de la jerarquía eclesiástica.

“A estas alturas ya deberían empezar a preocuparse y competir, porque los evangélicos saben muy bien lo que quieren y adónde van”, cuenta Rafael, un profesor universitario que nació católico y se convirtió al protestantismo en la niñez, cuando sus padres buscaban respuestas que el catolicismo no sabía darles. La historia de Rafael, hoy un hombre maduro y descreído que frisa la cincuentena, es la de muchos guatemaltecos. Nació y echó los dientes en un país en guerra. “Aquí la guerrilla duró 36 interminables años”, confiesa apesadumbrado, “los comunistas se echaron al monte y tuvieron en jaque al Gobierno, que, aunque derrotó militarmente a los guerrilleros, luego llegó con ellos a una paz vergonzosa hasta tal punto que hoy la primera dama, Sandra Torres, es una ex guerrillera”.

El drama de Guatemala es calcado al que padecieron hondureños, salvadoreños y nicaragüenses. Los años de hierro, las décadas de los sesenta, setenta y ochenta, partieron aquellos países en dos. El terrorismo revolucionario, financiado y armado desde La Habana, quebró la convivencia, sembró el campo de cadáveres y empobreció aún más a unos países que ya figuraban entre los más pobres de América. “Sin guerrilla y todo lo que provocó no se puede entender el fenómeno del protestantismo aquí”, apunta Álvaro, periodista de Ciudad de Guatemala y católico no practicante.

Efectivamente, fue a partir de entonces cuando las iglesias evangélicas empezaron a llenarse de fieles, “casi todos pobres”, como recuerda Liliana, guatemalteca, secretaria en una oficina y católica, en sus propias palabras, “de milagro”, porque sus padres sí se convirtieron aunque ella permaneció fiel al Vaticano. Todos saben cuándo sucedió, lo que no tienen tan claro es por qué. Hay tres enigmas por resolver. Por un lado un cambio tan masivo de religión en países que, hasta ayer, eran tan fervorosamente católicos. Por otro la velocidad en la que se ha producido ha sido asombrosa. Por último, ¿de dónde ha venido la marea y cuál es la energía que la alimenta?

Para Rafael la conversión es la consecuencia lógica de un combinado letal entre pobreza y guerra. “Cuando la guerrilla muchos campesinos empezaron a desconfiar de los curas católicos, a quienes veían emboscados metralleta al hombro con los guerrilleros en el bosque”, afirma rotundo, “esos mismos campesinos eran pobres de solemnidad y la guerra lo único que les trajo fue más miseria y dolor… y allí estaba el pastor evangélico esperando con su Biblia. Yo he visto comunidades indígenas enteras convertidas en pocos días por un solo pastor que se encaramaba a la sierra con buenas palabras y se integraba en la comunidad”.

La cuestión de la pobreza es peliaguda en países extremadamente depauperados, como lo eran Guatemala, El Salvador, Honduras o Nicaragua a mediados de los noventa. “Aquí hay muchos pobres”, me interpela Álvaro, “y los pastores han sabido tocarles la fibra sensible, les venden lo que ellos llaman el ‘evangelio de la prosperidad’, algo muy calvinista, es decir, que Dios bendice la riqueza y castiga con la pobreza, así que, para complacerle, hay que salir de ese estado. Nada que ver con los curas católicos, que predican exactamente lo contrario pidiendo resignación a los pobres porque serán los primeros en entrar en el reino de los Cielos y demás”.

De esta manera muchos campesinos han seguido al pie de la letra los dictados de virtud que marcan los pastores, especialistas en transformar la liturgia hasta adaptarla a las costumbres locales. “Para muchos ha sido bueno”, remarca Rafael, “les ha sacado de la calle, de la cantina y de delinquir, ha cortado un círculo vicioso que perpetuaba la pobreza”. Y así es, las comunidades evangélicas son virtuosas, pero cualquier cosa menos homogéneas, las hay para todos los gustos. Sirven, además, de centros comunitarios donde se realizan multitud de actividades. Algunos de sus templos son gigantescos. En la carretera panamericana, a la salida de Ciudad de Guatemala, un predicador evangélico llamado Cash Luna atiende su ministerio en un pabellón con capacidad para 3.500 fieles. “Y está construyendo otro mucho mayor, para unos 7.000”, dice Rafael, que conoce esa comunidad a la perfección porque formó parte de ella.

Es la cara oculta del evangelismo, “se han hecho grandes fortunas con él” asegura Liliana. Los fieles sostienen al pastor y los gastos del templo, que son cuantiosos en el caso de las grandes comunidades que ofrecen muchos servicios. “En la de Cash Luna hay hasta palcos VIP en el graderío que se pagan más caros, tienen merchandising y se paga por todo”, añade Rafael. La religión puede ser un excelente negocio, así lo atestigua la afluencia económica de comunidades como la de Luna, desde cuya “Casa de Dios” retransmite en directo por televisión prédicas religiosas cuidadosamente realizadas a caballo entre el espectáculo musical y el programa de testimonios.

Para Álvaro “todo esto es muy gringo, mucho show, mucho llanto, algo que les parece poco serio a ustedes, que no están acostumbrados a ello”. La naturaleza y estructura de las iglesias protestantes en Centroamérica no es de raigambre luterano-germánica, sino estadounidense. Las teleprédicas típicamente yanquis han encontrado su eco en Centroamérica gracias a la cantidad creciente de dinero que manejan ciertos ministros. Si lo que prometen es riqueza y bienestar a cambio de seguir punto por punto el evangelio, es del todo lógico que las comunidades que pueden permitírselo ostenten hasta un punto que a los católicos les produciría cierto rubor. Rafael no tiene dudas: “esto lo financian y promueven desde Estados Unidos para ver si dominan de una vez a nuestros países, porque todo les ha salido mal en el último siglo, quizá a través de la religión lo consigan”.

Observado el fenómeno, la cuestión es ahora saber si al catolicismo, que es todavía la religión mayoritaria de la población desde hace siglos, le queda alguna oportunidad de resistir o sus fieles tienen que ir preparándose ya para ser una minoría religiosa.

En opinión de Álvaro la iglesia católica tiene, para empezar, que dejarse de “teologías de la liberación y huevadas por el estilo que lo único que han conseguido es vaciar las iglesias y dejar los seminarios desiertos”, luego, una vez vueltas las aguas a su cauce normal, para el periodista guatemalteco, “el catolicismo tiene algo que ningún evangélico puede igualar: las tradiciones, este país estalla en Semana Santa, tenemos una tradición riquísima de pasos procesionales y de mil tradiciones religiosas que nos trajeron ustedes, hay muchos que, cuando consideran convertirse, se echan para atrás porque tendrían que dejar sacar a la calle a esta virgen o a aquel santo… y eso ya no les gusta tanto”.

La tradición podría convertirse, de este modo, en el arma milagro que el catolicismo romano necesita como agua de mayo en las tierras centroamericanas. Para eso, claro, hay que creer en ella y saber ponerla al servicio de la gente. “No es tan difícil conectar con la gente”, dice Liliana, “el mensaje de católicos y evangélicos es muy similar y aquí no sucede como en Europa, cuando la gente atraviesa una crisis de fe no se hace atea o agnóstica, sigue buscando respuestas”. Algo es algo, más de uno en los arzobispados de Centroamérica debería ir tomando nota.

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