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Horacio

horacio-vazquez-rialHoracio llegó a la redacción hace seis o siete años. Era ya un escritor consagrado que vivía en Barcelona, ganaba premios y publicaba novelas en las grandes editoriales, de esas que se vendían a puñados en las librerías. Nosotros, los aperreados liberales de la capital, no estábamos acostumbrados a esos lujos. Lo nuestro eran los outsiders, los malditos, los ignorados por la cultura del régimen que en España representa desde hace cuarenta años Babelia, el suplemento semanal de El País que, en buena hora, alguien ingenioso motejó como Bobelia.

Mario Noya, que siempre ha sido muy exagerado con los autores, lo presentó como el fichaje del siglo, el galáctico definitivo que, sólo con su nombre, esmaltaría de oro fino la recién creada revista de Ideas. Aquello, si mal no recuerdo, fue en el invierno de 2005 y así Horacio entró en nuestro club de libertarios digitales, que es como nos llamaba Amando de Miguel. Lo cierto es que Mario se quedó corto. Horacio era mucho mejor de que pregonaba la publicidad. Aunque su estilo literario era inconfundible, sedoso y elegante como solo puede serlo un porteño, no hacía una sola concesión en el campo de las ideas, donde demostraba una fuerza y una coherencia poco habitual entre los novelistas. Quizá porque su paso desde el lado oscuro era algo reciente, o quizá porque detrás de toda esa cortesía versallesca con la que nos hipnotizaba había un guerrero. Nunca lo sabremos, el secreto se lo ha llevado a la tumba, y es bueno que sea así.

En poco tiempo, unas dos o tres semanas, leer sus artículos se convirtió en una grata obligación. Horacio le daba a todos los palos, era el escritor total. Hacía novela sí, pero también ensayos, poesía y artículos de prensa atados a la actualidad. Esa es la razón por la que produjo tanto en tan poco tiempo. Horacio era joven, demasiado joven para irse al otro barrio. Había nacido a finales de los cuarenta en la que entonces era una de las capitales del mundo, la prodigiosa Buenos Aires de la posguerra, un Nueva York austral cuya gloria ya pocos recuerdan.

Horacio era uno de ellos. Ajustó cuentas, llegado el momento, con Perón, el infame personaje que arruinó su Argentina, su Buenos Aires natal que le había regalado ese aire aristocrático tan borgesiano. La biografía de Perón fue lo primero que leí de él. Y me atrapó. A partir de ahí comencé a no perderme nada de lo que salía de su prolija pluma, labor bastante complicada porque Horacio era una máquina de producir material literario, así que, probablemente, me he quedado a medias.

Como un escritor nunca muere del todo, su obra sigue y seguirá ahí, silenciosa, esperando que continúe con ella. Su partida, que no por esperada es menos dolorosa, me impele a hacerlo tan pronto como termine de hacer este obituario de urgencia. Entonces volverá a la vida, con su sempiterno pitillo en la boca, el mismo que ha terminado por matarle, su prosa florida, su conversación interminable a bajo volumen, su deje levemente porteño, sus formas pausadas de marqués dieciochesco. Su columna se llamaba “las guerras de toda la vida”, podría decirse que la última de todas la ha perdido, pero no, esa, la del olvido, es la que ha terminado ganando.

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