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Más gasto, más impuestos, menos crecimiento

Ni austeridad, ni equilibrio fiscal, ni contención del déficit, ni crecimiento económico, ni creación de empleo, ni reformas estructurales ni nada que se acerque remotamente al fin de la crisis. Así son los presupuestos que el Gobierno ha vendido como los que nos sacarán del atolladero y servirán de antesala a la recuperación económica. En un momento en el que el Estado gasta casi un 10% de lo que ingreso, a las cabezas pensantes que Rajoy tiene en Moncloa, no se les ocurre mejor idea que aumentar el gasto, y no, precisamente en una minucia insignificante. El Gobierno gastará el año próximo 9.000 millones más que en 2012, un ejercicio en el que el déficit sobrepasará con toda seguridad el 7% y es muy posible que se acerque al 9%. No debemos olvidar que el límite que marca el Acta Única es del 3% y que el Ejecutivo pretendía dejarlo este año en poco más del 4%.

De los buenos propósitos del mes de enero no queda nada. Rajoy y los suyos han decidido morir matando. Los presupuestos que presentaron esta semana Soraya Sáenz de Santamaría, Cristóbal Montoro y Luis de Guindos son el mejor modo que ha encontrado el PP de acelerar un colapso que, a estas alturas, ya es inevitable. Los números de Montoro se condensan en lo siguiente. El gasto crece ligeramente porque no queda ya espacio para recortar más –obsérvese que es el mismo mensaje que Rubalcaba envió hace sólo unos días–, el ingreso, entretanto, aumentará considerablemente, aunque en menor cuantía que los gastos previstos.

Desde un punto de vista contable esto es, simplemente, algo suicida porque, si bien el gasto se puede planificar –y, de hecho se ejecuta con rigurosa puntualidad–, no sucede lo mismo con el ingreso. El ministro de Hacienda, y ya va por su segundo presupuesto, lo fía todo a un aumento de ingresos derivado no de una recuperación del mercado laboral que haga afluir más recursos al Estado, sino de nuevos impuestos. Así, los 4.375 millones extraordinarios que aspira a recaudar Montoro provendrán –siempre según el guión del ministro– de un nuevo impuesto sobre las loterías (2.371 millones), de otro sobre la actualización de balances de las empresas y de uno más en el régimen de tributación de las plusvalías (90 millones). Eso en la parte que toca a nuevos impuestos. El Gobierno ha eliminado las deducciones por amortización de las que se beneficiaban las grandes empresas (2.371 millones), la deducción por compra de vivienda habitual (90 millones) y mantiene la prórroga del Impuesto de Patrimonio (700 millones).

Como puede verse, un rejonazo fiscal a la economía productiva más propio de un Gobierno socialista de los de línea dura que de uno que se dice centro reformista con vocación liberal-conservadora. Ante la gravedad de los hechos, sólo cabe preguntarse por qué hace esto Rajoy, un político que todos tenían por moderado. La respuesta es simple, no está dispuesto a sacrificar ni un solo centímetro más de sector público y para ello no le queda otra que castigar al privado de un modo inmisericorde.

Con estos mimbres el Gobierno, formado ya por pitonisos que creen adivinar el futuro, ha realizado una estimación para el año próximo que llamarla fantasiosa sería poco. Montoro apuesta por que la economía sólo decrezca un 0,5%, cuando los expertos, en el mejor de los casos, triplican esa tasa. Cuenta también con que se toque suelo en lo relativo al desempleo a pesar de que no ha parado de aumentar incluso en el pasado mes de agosto. Es todo absurdo, puro wishful thinking que no tiene más destino que un derrumbe generalizado e incontrolable dentro de unos meses. Porque la realidad será muy otra. El Estado va a recaudar cada vez menos por una razón sencilla: la economía está paralizada y la inversión bate mínimos históricos. Los nuevos impuestos y los ya existentes que Rajoy se ha encargado de subir salvajemente conseguirán justo lo contrario de lo que persiguen como ya ha sucedido este mismo año. No sólo son unos irresponsables sino que, además, no aprenden.

Pero lo fundamental, el elefantiásico tamaño de nuestro Estado no cambia y necesita combustible para seguir funcionando. Llegado el momento, con la recaudación hundida, tendrá que hacer acopio de él a través de nuevas y cada vez más caras emisiones de deuda. Eso hasta que el cuerpo aguante, es decir, hasta que la bancarrota o, en su defecto, el rescate sean inevitables. A eso nos dirigimos raudos y ya no hay vuelta atrás. Rajoy tuvo su oportunidad y la ha desperdiciado. Una lástima.

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