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¿Es Cataluña española?

Josep, vecino de Tarragona, lector habitual y persona muy educada, me pregunta lo siguiente:

– ¿Crees que Cataluña es española?

Primero, agradezco la brevedad, que los hay pesadísimos. Segundo, Cataluña no es española, porque España, dicho así, no es ninguna persona física que posea cosas. Cataluña es parte de España, parte fundadora, por cierto. En los mapas antiguos de Francia los cartógrafos consignaban como Hispaniae Pars a la zona más allá de los Pirineos, sin importar el reino en cuestión. En los mapas de España lo que ponían era Galliae Pars (parte de la Galia) y no se hacían más líos.

La forma actual de nuestro país tiene su origen histórico, como todo el mundo sabe, en cinco reinos medievales (Castilla, Aragón, Navarra, Portugal y Granada) que fueron integrándose bajo una misma corona durante los siglos XV y XVI. Uno de los reinos, Portugal, volvió a separarse a mediados del siglo XVII mientras el resto continuaron juntos hasta el día presente.

La formación de España fue muy peculiar. Durante siglos cada uno de los reinos mantuvo sus usos y leyes propias. En el caso de Aragón, que no era un reino propiamente dicho sino una especie de federación unida por arriba, cada reino era de su padre y de su madre. Lo que siempre existió, como en el caso de Alemania, fue la idea de pertenencia a una entidad superior que, en nuestro caso, viene claramente marcada por la geografía y por la guerra de ocho siglos contra los invasores musulmanes. Los límites de España, a diferencia de los de Polonia o Ucrania, son claramente distinguibles en un mapamundi. A efectos prácticos ha sido durante casi toda su historia lo más parecido a una isla. El mar nos rodea por todos los costados a excepción del istmo pirenaico, que aún hoy sigue constituyendo una barrera física formidable, tanto que seguimos atravesándola por los lados, como en tiempos de los romanos.

Luego, a partir del siglo XVIII, coincidiendo con la consolidación del poder real en toda Europa, esa España que había nacido por simple acreción de reinos, se centralizó políticamente bajo el cetro de un rey importado de Francia. A mi juicio aquello fue un drama, aunque tiene lógica histórica que algo así sucediese. Los reyes de la época, como los políticos de hoy, a lo que aspiraban era a mandar y a expandir su poder. Para hacerlo necesitaban primero someter y luego saquear a conciencia a sus súbditos. El modelo foral hispánico no era ni el mejor ni el más práctico para semejante tarea.

Pasar del rosario de condados, behetrías, señoríos, abadengos y concejos que constituían la España medieval al Estado centralizado borbónico no fue ni rápido ni estuvo libre de traumas. El levantamiento de las Comunidades de Castilla en 1520 o la revuelta de Barcelona en 1714 son, en realidad, un mismo fenómeno. Si se produjo más tarde en Cataluña se debió a que los reyes de la dinastía Habsburgo -importada, esta vez, de Austria y nefasta hasta extremos indecibles para los intereses individuales de los españoles-, no terminaron nunca de vaciar del todo los bolsillos de aragoneses, catalanes y valencianos.

La centralización del poder es buena para quien detenta el poder pero mala para el individuo que la padece. Yo ni detento el poder ni pretendo hacerlo nunca, así que me pongo del lado de los individuos, de la gente normal y corriente que se dedica a lo suyo y sufre los desmanes y coacciones del poderoso. Poder centralizado era, por ejemplo, el que disfrutaba el Politburó de la Unión Soviética, un Estado aparentemente federal en el que, sin embargo, se hacía la voluntad de una ínfima minoría de ingenieros sociales. Poder descentralizado es el de los cantones suizos, unidades políticas en miniatura que compiten ferozmente entre ellas para atraerse población e industrias. Entre las dos uniones, la Soviética y la Helvética, me quedo con la segunda.

Visto así, la centralización del poder en España fue, esencialmente, mala. Pero no sólo para los catalanes, sino para todos los españoles. De hecho, quienes antes y con más virulencia hubieron de soportarla fueron los castellanos, cuyo reino, antaño dinámico y próspero, quedó reducido a cenizas tras la aventurilla imperial de Carlos I y sus funestos sucesores. Nótese que hablo de “catalanes”, “castellanos” y “españoles”, no de “Cataluña”, “Castilla” o “España”. La historia no la hacen los territorios dotados de voluntad y destino propios, la historia la hacen las personas.

De este modo, Cataluña, insisto, parte de España (que no, necesariamente, del Estado Español) desde que los fenicios pusieron el nombre a esto, es de quienes la habitan y de nadie más. De ellos, en última instancia, dependerá convertirse en una España decimonónica a escala, maltratada por los politicastros patrioteros de turno, o en un próspero cantón dentro de un país más grande con quien comparte vínculos históricos, culturales y sentimentales que, si quiere pervivir en el tiempo, no le va a quedar otra que volver a ser como Suiza, es decir, volver a ser ella misma.

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