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La soledad del porteador de bolsas

Iba a decir que ahora, con esto de la crisis, las rebajas empiezan antes de tiempo. Pero no, si lo dijese me quedaría corto y mentiría como un bellaco. De hecho, deberíamos empezar a dejar de llamar a esto crisis cuando las penurias cotidianas no son ya excepcionales, sino el pan nuestro de cada día desde hace un lustro. Así que, no es que haya crisis, es que España es así de pobre y con estos descarnados bueyes tenemos que arar.

Pero, volviendo al tema de las rebajas. Antes, en aquellos tiempos de feliz recuerdo, hipotecas al cien por cien y despedidas de soltero en Santo Domingo a todo trapo bailando reggaeton con las negronas en la playa, las rebajas comenzaban el día ocho de enero. Los de la tele se apostaban con sus cámaras a la entrada del Cortinglés de Princesa para capturar el momento de la estampida marujil y luego pasarlo en la sobremesa. “Hay que ver como es la gente, para cuatro duros que se van a ahorrar”, era el comentario unánime de los cabeza de familia tirados en el cheslong minutos antes de la reparadora siesta.

Hoy el cheslong ha quedado para el hijo veinteañero, parado de larga duración, que echa las tardes ahí con la PSP alegando que no encuentra nada “de lo suyo”. El cabeza de familia se desloma en jornadas completas porque ya ni los convenios se respetan. Las rebajas también han desaparecido del mapa. Los comercios están en rebaja perpetua. Eso es bueno para el comprador, regular para el vendedor y malo para una figura ignorada, de reciente aparición, que copa por estas fechas los grandes almacenes. Se trata del porteador de bolsas, un individuo, siempre de sexo masculino, que comprar compra poco pero que acarrea con las compras de la contraria.

Su soledad es oceánica, no muy lejana de la de un astronauta flotando en mitad del vacío. Se limita a soportar su carga y decir “si buana” a intervalos regulares. Así celebra la fiesta de las rebajas, un fiestorro de verdad rematado por un batido de seis euros y la satisfacción del deber cumplido. Nada que ver con la así llamada “fiesta de la democracia” de la que hablan los plumillas cursis de la Transición cuando hay elecciones, y que consiste en regalar el voto a un golfante para que luego nos saquee a modo a cambio de nada.

El comercio es mejor que la política, incluso en rebajas. Siempre da lo que promete. Sobre el primero se construyen amables naciones de dulces costumbres y tratos satisfactorios para ambas partes. Sobre la segunda prosperan los mentirosos, hacen su agosto los ladrones y se erige el imperio del trinque. Casi todos nuestros problemas provienen de ahí, de tener demasiados políticos con su cohorte de funcionarios y pocos, poquísimos, comerciantes con su tropa de porteadores de bolsas.

Éstos, claro, no entran en estas elaboraciones teóricas mientras arrastran su pesada carga por la planta joven. Sólo esperan que el suplicio dure menos de cinco horas para volver cuanto antes al cheslong y rumiar allí su derrota.

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