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Se avecina una década de petróleo barato

Lejos están ya los tiempos en los que el barril de petróleo Texas se vendía a casi 150 dólares. El 14 de julio de 2008 el barril alcanzó su máximo histórico situando el precio del crudo WTI en unos insoportables 145,1 dólares por barril. A partir de ese momento el precio del crudo empezó a descender, primero tímidamente y, a raíz de la quiebra de Lehman Brothers y el posterior derrumbe bursátil, de un modo radical. Seis meses más tarde, en enero de 2009 el barril había bajado hasta el umbral de los 40 dólares.

El respiro duró poco. El petróleo volvió a subir, aunque no de manera tan pronunciada. Desde hace tres años el precio del barril de referencia en Estados Unidos se sitúa en la franja comprendida entre los 80 y los 100 dólares. Ahora bien, todo indica que, conforme avance la presente década el precio del petróleo irá descendiendo paulatinamente. Una perspectiva que comparten casi todos los especialistas en esta materia prima.

El primero de los indicadores que invitan al optimismo es la producción en Estados Unidos, que no hace sino aumentar desde años. Las nuevas reservas descubiertas y, sobre todo, tecnologías de extracción como la fracturación hidráulica que hace veinte años eran impensables, van a convertir al gigante americano en un país autosuficiente desde un punto de vista energético en cuestión de pocos años.

Los expertos creen que, para 2020, esta autosuficiencia petrolera se habrá alcanzado. No es un trecho demasiado largo el que le separa de este autoabastecimiento. En 2012 Estados Unidos extrajo el 83% del petróleo que consumió, un porcentaje de autosuficiencia petrolera que no se daba desde hace más de 20 años. Si la producción sigue aumentando a este ritmo dentro de sólo siete años Estados Unidos extraerá de la tierra más crudo que Arabia Saudí.

Las implicaciones globales de esto último son de primera magnitud. Si la economía norteamericana no necesita importar petróleo de Oriente Medio el equilibrio de poder en la región se alterará sustancialmente en tanto que el papel de Washington tenderá a disminuir. Eso significa menos intervenciones militares y, por ende, menos gasto. El coste de la guerra de Irak desde 2003 supera ya a los 800.000 millones de dólares, una cantidad que aumenta cada día y pasa a engrosar la billonaria deuda pública americana.

La producción mundial aumenta

El aumento en la producción de crudo de Estados Unidos contribuye al que se registra a nivel mundial cada año. Desde 2010 se extrae más petróleo cada año. En 2011 se extrajeron más de 72 millones de barriles al día frente a los 66 millones y medio que se extrajeron en 2001. Para 2020 se calcula que se extraerán 110 millones de barriles diarios, justo el doble que en 1987.

Que cada vez se extraiga más petróleo no debería ser noticia. La industria petrolera gana en eficiencia cada año y la carestía de la última década ha provocado que se saque más petróleo que nunca. Entre 1991 y 2011 la producción de petróleo mundial aumentó un 21%. Lo que también ha crecido, y mucho, es su consumo en ese mismo periodo, básicamente por la incorporación de China al mercado mundial y el espectacular crecimiento de economías que permanecían estancadas como la de la India.

China ralentiza su economía… y su consumo

Y es aquí donde entra la segunda parte de la ecuación. El gigante asiático ha pasado de consumir unos dos millones de barriles al día en 1990 a consumir más de nueve millones en 2011, un incremento del 350%. ¿Puede mantenerse este incremento indefinidamente? Definitivamente no. Los especialistas creen que China demandará menos materias primas en los próximos diez años.

El FMI, sin ir más lejos, es de la opinión que las sobreinversiones chinas en infraestructuras e inmuebles tocarán a su fin más pronto que tarde. A fin de cuentas no se puede levantar una ciudad nueva todos los años simplemente porque llega un momento en que nadie la demanda. En los últimos diez años las autoridades chinas han potenciado un modelo de crecimiento basado en el desarrollismo a gran escala. El país se ha llenado de autopistas, ferrocarriles, puentes, presas, puertos, centrales eléctricas y un largo etcétera de infraestructuras que, una vez terminadas, no exigen nuevas y costosas inversiones.

La nueva China, por resumirlo de un modo sencillo, estará “concluida” durante esta década. El Gobierno puede seguir alentando la construcción de nuevas infraestructuras y de nuevos barrios residenciales plagados de rascacielos en sus gigantescas ciudades, pero entonces tendrá que sufrir en carne propia la ley de los rendimientos decrecientes. El coste de cada nueva infraestructura tenderá a ser mayor que el beneficio que de ella se obtenga.

China seguirá creciendo, eso es prácticamente seguro, pero de otro modo necesariamente menos intenso en consumo de materias primas. Eso es una buena noticia para todos. Para los chinos porque entrarán en una fase de desarrollo más sofisticada, y para el resto del mundo porque la energía barata es un requisito imprescindible para la alicaída e hiperendeudada economía mundial termine levantando el vuelo tras varios años de incertidumbre.

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