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Vuelta a la corazonada

En este país no aprendemos así nos maten. Con cinco millones de parados, la deuda por las nubes y el Estado al borde de la bancarrota, al ayuntamiento de la capital no se le ocurre mejor idea que resucitar lo de las Olimpiadas, una obsesión recurrente, un aciago recuerdo de la larga noche del Cejas. Esta vez la banda de la Botella quiere celebrar los juegos del año 2020, que como pilla lejos, creen que para entonces ya se habrá acabado la crisis y las administraciones volverán a nadar en la abundancia.

Pero no, 2020 está a la vuelta de la esquina, a sólo siete años y tonelada y media de bonos del Estado al 6% de interés. Dicen que van a costar poco, mil insignificantes milloncejos que pueden arañarse de aquí y allá entre multas, tasas y basurazos varios. Total, pagan otros así que si el IBI no da más de sí pues se sube y asunto resuelto. Será por dinero. Además, el 80% de las sedes olímpicas ya están construidas. Sólo haría falta terminar el estadio de La Peineta, que hoy es lo más parecido a una escombrera, y algunas cosillas menores cuyo remate saldrá por cuatro perras gordas.

Tan convencidos están de su propia trola que han escogido como lema para la candidatura una frasecita breve, así, como muy rajoyina: “vuelta a lo fundamental”. Y volver vuelve, pero no lo fundamental, sino la burra al trigo. Se ve que los sonados fracasos de 2012 y 2016 les supieron a nada y quieren recibir el tercer bofetón. Luego ya se meterán con las de 2024, más tarde las de 2028 y, llegado el momento, las de 2032. A lo peor suena la flauta y se las dan. O no se las dan y las siguen pidiendo hasta el día del juicio final previo pago de su importe. Claro, que si Madrid termina siendo maldecida con el festejo, se habrá acabado durante varias generaciones la línea de crédito ilimitada que nuestros políticos tienen abierta a cuenta de la parida olímpica.

Por de pronto llevan gastados casi 10.000 millones, los mismos que costaron los juegos de Londres. Una minucia, obviamente, si lo comparamos con la deuda municipal. 7.500 millones que nos legó el Cejas a mayor gloria de sus corazonadas, y que bien podríamos utilizar como unidad de cuenta en todo lo referente al gasto municipal en Madrid. Así, si las Olimpiadas de, pongamos, el año 2036 nos terminan saliendo por 30.000 millones hablaríamos de un coste de 4 gallardones. El gallardón sería a la contabilidad estatal lo que el año luz es a la longitud. Medidas extraordinarias, la primera aplicable al espacio-tiempo absoluto einsteniano, la segunda al absoluto despilfarro gallardoniano.

Los años luz carecen de símbolo propio porque los físicos no han debido ponerse de acuerdo en elegir uno. Para evitar que algo similar suceda con los gallardones propongo algo sencillo: un botellín y una ceja debidamente simplificados para que puedan incorporarse a los teclados de los ordenadores como el símbolo del euro o el de dólar. España por fin habría aportado algo a la historia de la contabilidad.

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