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Deconstructing de Prada (I)

Nunca he leído una novela de Juan Manuel de Prada. Sé que escribió una titulada “Coños”, que le dieron el premio Planeta por otra y que, hace un porrón de años, José Luis Garci se lo llevaba a la tele para hablar de cine cuando era un mozalbete. Aparte de eso he leído algunas de sus columnas en ABC y he visto en un par de ocasiones “Lágrimas en la lluvia”, el programa que dirige en Intereconomía Televisión sobre cine clásico.

De lo que he leído (las columnas), no estoy por regla general de acuerdo con él. Vale, el hombre tiene días y muy de vez en cuando coincidimos, pero solo muy de vez en cuando. Es lógico y previsible. Dentro de la derecha, que es muy amplia, mis ideas y mi manera de ver el mundo se encuentran en el punto opuesto a las de Prada. Yo soy liberal tirando a anarquista y él es conservador tirando a carcamal. Es casi imposible que nos pongamos de acuerdo en algo.

Le conocí en persona hace diez años, cuando trabajaba en Telecinco. Vino de invitado al programa en el que yo era redactor y me quedé hablando con él un rato a la entrada del plató. Discutimos, naturalmente. A pesar de que es sólo tres años mayor que yo, Prada ha envejecido fatal. Ya en aquella ocasión, en la que él debía tener unos 33 años, parecía bien metidito en la cuarentena. Ahora con 43 parece que tiene cincuenta…y muchos.

Ahora le veo más a menudo aunque nunca más he vuelto a intercambiar una sola palabra con él. En parte porque no me apetece, y en parte porque es un vanidoso de esos que no sólo paran a hablar con gente de su categoría. Tampoco es de los que gusta que les lleven la contraria, así que conmigo, que se la voy a llevar seguro, poco tiene que hablar y mucho que desesperarse porque yo, como es bien sabido por quienes me conocen, no doy cuartel ni lo espero.

El otro día le hicieron una entrevista en ABC, supongo que a raíz de “Me hallará la muerte“, el libro que acaba de sacar al mercado; sí, al mercado, ya sé que a él esto de sacar algo al mercado le tiene que joder a muerte, pero es donde lo ha sacado, que le vamos a hacer. Por puro morbo la entrevista me la he leído enterita. No he podido evitar morderme el labio inferior a ratos por los disparates que va soltando uno tras otro con toda la tranquilidad del mundo. Al principio pensé dejarlo pasar, total, no es la primera vez que le veo desbarrar alegremente sobre cosas que desconoce. Luego lo pensé más detenidamente y me dije: “mira, ya es hora de que a este alguien le haga un fisking“. Pues bien, caballeros, aquí lo tienen:

¿Cuando habla de una supervivencia de la niñez se refiere a recuperar aquella emoción de cuando leía las novelas por primera vez, de contarlas y contárselas? 

No. Se dice que la novela es un género de madurez, y esto es verdad, porque solamente cuando eres maduro puedes…

Resumen: la novela es un género de madurez pero él empezó a publicarlas bien jovencito. Luego, conforme maduraba (¿o este ya nació maduro?) iba escribiendo cada vez menos. La penúltima es de 2007 y la anterior de 2003. Muy productivo no es, desde luego.


¿Podría entonces ser prescindible (la novela)? 

Yo creo que la novela, tal como ha evolucionado, es decir, la novela de puro entretenimiento tal como se concibe hoy, para un público que ya no busca en las novelas ni una interpretación del mundo, ni una satisfacción de índole estética, sino trepidación y entretenimiento en el sentido, entre comillas, más plebeyo, yo creo que sí, que la novela es perfectamente sustituible, y creo que está siendo sustituida.

Ya sabe, si busca “trepidación y entretenimiento” es usted un pedazo de plebeyo de esos que ven vídeos de YouTube y tararean el “Ola ke ase”. Debe saber también que esa novela está siendo sustituida. No importa que plebeyeces como “50 sombras de Grey” se vendan como rosquillas y el mujerío se las lleve puestas en el Kindle. Están siendo sustituidas. Por plebeyas. Punto.

Yo creo que soy un poco anticuado escribiendo, en el sentido bueno de la palabra (a lo mejor también en el malo). Pero sí, sigo pensando que la novela es un instrumento para elucidar o para descifrar o para interpretar el mundo, y es un instrumento para conocer el alma humana, ¿no? Yo la novela la concibo así, y cada vez más. Y de esa voluntad estética de la que habla en mi juventud era mucho más marcada. Hoy en día mi preocupación no es excesiva. Un amigo que me corrigió la novela en galeradas me señaló muchas repeticiones de palabras que en otra época me hubieran puesto de los nervios y ahora mismo no pasa nada. Más que voluntad estética lo que sí creo es que el escritor es un médium de la palabra: coge palabras que en sí mismo son inertes y les tiene que dar vida, que trasfundir su propia sangre, y para eso el escritor tiene que estar presente en esas palabras, tiene que dejarse su alma distintiva, intransferible, en lo que escribe, de ahí que más que una voluntad estética creo que hay una voluntad de que las palabras que broten de mí sean unas palabras mías, en el sentido de darles un tono, una respiración especial. Pero no es una cosa buscada de forma artificiosa ni fruto de un rebuscamiento o impostación, es algo natural.

En cambio lo otro sí es una búsqueda consciente, y un gran reto que yo me planteé. Cuando era joven me di cuenta de que tenía una cierta facilidad verbal, digámoslo así, y admiraba mucho a los escritores con facilidad verbal. Pero me di cuenta de que normalmente este escritor cuando se deja llevar por esa facilidad lo mata, lo estrangula, termina limitándolo. Generalmente nuestras grandes virtudes terminan siendo nuestros grandes defectos. El artista tiene que estar en perpetua lucha con sus virtudes, con sus facilidades, tiene que tratar de convertir sus facilidades en dificultades. Y eso es lo que yo he tratado de hacer. En un determinado momento me di cuenta de que tenía que resistirme a mi facilidad verbal y esforzarme en una mayor capacidad de introspección, de conocimiento profundo del alma humana, de desarrollo de personajes. Tratar de hacer hincapié en aquello que se me daba peor, como los diálogos. Si tú te lees «Las máscaras del héroe» verás que los diálogos son un poco mecánicos, tipo Cela. Introduces un personaje que es un borrachín y luego trazas una raya de diálogo: «A mí me gusta el vino peleón. Y que no falte nunca». Y luego claro, son diálogos sin intención dramática, digámoslo así. He procurado esforzarme en aquello en lo que era más débil.

Transcribo todo este bla, bla, bla estéril e indigerible para que quede constancia empírica de cómo se puede hablar mucho sin decir nada. Eso sí, no me privo de comentar una frase, la que he marcado en negrita y que repito aquí por si el lector no la encuentra entre tanta letra o, peor aún, se me queda dormido leyendo la respuesta pradina:

El artista tiene que estar en perpetua lucha con sus virtudes, con sus facilidades, tiene que tratar de convertir sus facilidades en dificultades.

A ver si nos entendemos, Juan Manuel, que como no haces más que escucharte a ti mismo no te das cuenta de las idioteces que dices. Hay que convertir la facilidad en dificultad. Es decir, tenemos un atleta que corre como un diablo porque tiene esa “facilidad”. ¿Qué debería hacer? Pues nada, simple, pisar un erizo de mar para no correr tanto y ya está, porque el corredor como el artista “tiene que estar en perpetua lucha con sus virtudes”. Madre mía. Se ha quedado baldado.

Pero era crítica de literatura extranjera (las que Prada hacía en ABC) 

Americana, sí. No, pero… Vamos a ver, yo soy un escritor bastante a la contra de los tiempos. Primero porque tengo una cosmovisión cristiana, lo cual ya te convierte en un escritor a la contra. Pero además es una cosmovisión cristiana, pero desgarrada o tortuosa, no una cosmovisión cristiana luminosa, o buenrollista, que es lo que hoy en día se lleva más. Es una visión jotaemejotera.

Ojito al parche, que tiene una “cosmovisión cristiana” (sic) “desgarrada o tortuosa” (resic) y eso le convierte en un “escritor a la contra de los tiempos” (reresic). De modo que todos los que son desgarradora y tortuosamente cristianos tienen que estar a la contra de los tiempos. Pues bueno, si él lo dice. Lo que no ha quedado claro del todo es si la “visión jotaemejotera” es luminosa/buenrollista o desgarrada/tortuosa.

¿Quiere el autor ser un contemporáneo o a su estilo, que parece venir del siglo XIX, le tiene sin cuidado el aprecio de los lectores? 

«Cuando un autor se mete en su cuarto no piensa en nadie»
Es que creo que quienes hablan del aprecio de los lectores es todo mentira. Es una fantochada para halagar al lector. Yo creo que un escritor, cuando se mete en su habitación y se pone ante el papel en blanco (en mi caso no lo digo además de forma figurada, porque escribo a mano), no piensa en nadie, no piensa en ningún lector.

No hace falta que diga más. Escribe a mano y no piensa en el lector. Pues que no lo publique, lo escribe con el plumín del abuelo, mete las cuartillas en un cajón y a otra cosa. ¿Para qué va a perder el tiempo en tonterías como “halagar” al lector? En serio, ¿es posible poner una pose de divo más resobada que esta?

La cuestión de la identidad y sus máscaras parece ser una constante en su biografía literaria. ¿Cuántos milímetros hay entre la máscara y el verdadero rostro de Juan Manuel de Prada? 

Bueno, es que llega un momento en que pasa como con estas películas de ahora, de superhéroes, en que la máscara se te integra en la propia carne y se forma una especie de aleación extraña. Vamos a ver, todos para protegernos nos ponemos máscaras. Con más razón una persona que tiene una proyección pública. Pero he de confesar que a medida que me voy haciendo viejo voy teniendo menos pose.

¿Pose?, ¿alguien ha dicho pose? La madre que te parió se quedó a gustísimo.

Bueno, ya está bien por hoy. Mañana continuo porque la entrevista es muy larga y yo, a diferencia del tito de Prada, si que tengo aprecio por los lectores. Lo bueno, eso sí, está más adelante.

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