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El aspersor

Los periodistas españoles somos francamente afortunados. Cuando el día viene flojo siempre nos queda echar un vistazo al Boletín Oficial del Estado y ya tenemos historia que contar. El BOE es como uno de esos almacenes chinos de todo a un euro. Siempre hay algo que interesa llevarse para contarlo por ahí y escandalizar al personal. ¿Y por qué es tan útil el BOE, se preguntarán intrigados los profanos? Simple, allí, en sus páginas, es donde los políticos confiesan sus fechorías con total y absoluto desparpajo. Lo hacen, eso sí, en un infumable lenguaje administrativo lo que obliga a quien lo prueba a padecer un breve calvario, que luego queda de sobra compensado por la valiosa información que se extrae de él.

En el BOE, por ejemplo, encontramos las subvenciones que el Gobierno distribuye a al gusto entre quienes las piden que, por lo general, suelen ser sus más allegados. Cuando Zapatero los ecologistas, el feministeo y demás gentes del “pesoebre” se hartaban a salir en el BOE en apuntes con muchos ceros a la derecha. El cambio de Gobierno y la crisis llevó a pensar a ingenuos como un servidor que la fiesta o, mejor dicho, el festín a costa del contribuyente, tocaba a su fin. ¡Ay misero de mí, ay infelice! El banquetazo continua como en los mejores tiempos, aunque ahora el aspersor echa algo menos de agua porque el aljibe está ya casi seco y cada vez se rellena más lentamente porque la teta de los paganinis ya no da más de sí.

Eso no quita, claro, para que se siga regando con placer indescriptible a todos los que llegan con la boquita de piñón dispuestos a amorrarse a un presupuesto siempre próvido para quien no produce nada. En mi último viaje por el BOE me encontré con una batería de subvenciones que concedía el Instituto de la Mujer a estudios que versasen sobre “la lucha contra la discriminación” (sic). Los estudios agraciados por la pedrea presupuestaria son todo un monumento a los Monty Python. ¿Qué no se lo cree? Pase y vea.

Hay uno dedicado a investigar la “función social y educativa de los museos arqueológicos en la lucha contra la violencia de género”, otro que indagará sobre “espacios de igualdad y de empoderamiento femenino en democracia” y otro más que se meterá a fondo en “las estrategias para evitar la revictimización de las mujeres en las sucesivas relaciones de pareja”. Vaya sumando porque, de promedio, cada estudio viene acompañado de un manguerazo de unos 25.000 euros.

Pero hay uno que me ha conmovido en lo más profundo del alma: “Gobernar con amor. La actuación política de las condesas catalanas (siglos IX-XII)”. Este último, a cargo de una profesora de Gerona, me ha dejado en KO técnico. Porque, a ver, ¿qué tiene que ver el amor con las condesas catalanas medievales?, ¿acaso eran todas amorosas? Y gobernar, ¿gobernaban?, porque si gobernaban, aunque fuese con mucho amor, se viene abajo aquello de que las mujeres han sido siempre unas mandadas, tan querido por las feministas de todos los tiempos y cimiento sobre el que construyen su edificio dialéctico.

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