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La fe nacional

Después del 54 y del 68, consumadas las revoluciones que solo alteraban la superficie de las cosas, el ser doméstico, digámoslo así, de nuestra raza, pobre y ociosa, sin trabajo interior ni política internacional, se caracterizaba por la delegación de toda la vitalidad en manos del Estado. El Estado hacía y deshacía la existencia general. La sociedad descansaba en él para el sostenimiento de su existencia orgánica, y el individuo le pedía la nutrición, el hogar y hasta la luz. Las clases más ilustradas reclamaban y obtenían el socorro del sueldo. Había dos noblezas, la de los pergaminos y la de los expedientes, y los puestos más altos de la burocracia se asimilaban a la grandeza de España. Un socialismo bastardo ponía en manos del Estado la distribución de la sopa y los garbanzos del pobre, de los manjares trufados del rico. Al olor de aquella sopa y de los buenos guisos acudía la juventud dorada, la plateada y la de cobre…

Ya saben aquello de que la historia siempre se repite, primero como tragedia y luego como farsa. Obviamente, a estas alturas, estamos ya en la farsa. Este texto que se nos antoja tan actual fue escrito hace casi 110 años, en noviembre de 1903, por Benito Pérez Galdós en un artículo que publicó en el número 1 de la revista Alma Española. No hay que buscarlo en hemeroteca alguna. La editorial Rey Lear acaba de lanzar un refrito de artículos de Galdós bajo el título “La fe nacional”. Un librito breve, de sólo 70 páginas, que se lee de una sentada. Ha llegado a mis manos gracias a Pepe Ballester, un sabio despistado que tenemos en La Gaceta y que, a veces, parece extraído directamente de los tiempos de Galdós.

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