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De ferrallas, garabatos y otros timos

Una de las peores cosas de hacerse viejo es que se pierde la capacidad de espanto. De joven cualquier cosa impresiona y deja un profundo surco en el alma. Luego todo se vuelve previsible y aquellas primeras sensaciones de horror se tornan en indiferencia. Eso es, sin ir más lejos, lo que me ha pasado con ARCO, un feriastro de arte trincomporáneo que se celebra en febrero desde que el mundo es mundo. Recuerdo la primera vez que lo pisé. Fue hace ya muchos años. Lo hice porque me agencié una invitación, y me agencié esa invitación porque el diario El Mundo, periódico con el que nos criamos los de mi generación, estaba muy pesado con la feria de las narices dedicándole especiales y más especiales, en los que se hablaba del evento como la más grande ocasión que vieron los siglos pasados y verán los venideros.

Nada más entrar sobrevino el grito. Un grito interior, claro, el arte trincomporáneo no admite otro. Los artistas son muy sensibles y, hasta hace no mucho, cachondearse de las trincomporaneidades estaba muy mal visto y te pasaportaba directo al averno de los analfabetos. Lo primero que me pregunté es por qué se hablaba tanto de algo tan terrorífico, por qué aquella pasarela del adefesio, aquel grotesco desfile de cuatro en carga, aquella cabalgata de felpa y papagayo se merecía tanta tinta y tanto parabién. Recorrí los puestos uno a uno con parsimonia de novato y no acerté a encontrar una cosa decente: las había regulares, feas, feísimas y delicuescentes, pero no en la acepción que toca a la química, sino en la que lo hace con el código penal.

Aquella barahúnda de ferrallas, garabatos y cartonajes a medio pintar me hizo constatar dos cosas. Una, que el mundo está lleno de tontos que se creen listos. Y dos, que los listos tienen que hacerse el tonto para limpiarles la cartera. En esta simple ecuación se resumen los procesos de mercado que, año tras año, se dan en ARCO. El artista, convengamos en llamarle de esta manera, crea la obra, se la coloca a un tratante, el tratante a una galería y la galería a un memo. Y no pongo lo de memo en mayúsculas porque el libro de estilo me lo impide. El último eslabón de esta cadena de valor, el memo, suelta una pasta gansa por hacerse con la preciada obra del que convinimos en llamar artista. ¿Y cuánto dinero es eso? Mucho, de medio millón para arriba se pagaba el kilo de acero cortén oxidado según pude comprobar en mi primera visita.

Desde entonces nada ha cambiado salvo yo, que ya soy inmune a los horrores artísticos y, en el camino, he perdido la vergüenza de chotearme de estos aprovechados del esnobismo idiota que se enseñorea de estos tiempos nuestros de perpetua bobería. Al final ha resultado que lo irreverente no son ellos, sino nosotros, las personas normales. Tomar el nombre de ARCO en vano me ha costado alguna bronca e infinidad de miradas desdeñosas. “Es que no lo entiendes” me decía hace un par de ediciones un así llamado artista conceptual cuya obra magna, su Novena, su David, su nacimiento de Venus era un vídeo de un perrito metido dentro de una caja. Efectivamente, no lo entendía, básicamente porque no hay nada que entender en una majadería semejante. Si a Mozart le hubiese dado por componer Don Giovanni con solo tres notas, sus coetáneos tampoco lo hubiesen entendido y hoy del genio de Salzburgo nadie se acordaría. Del necio del perrito tampoco se acordarán dentro de tres siglos. Eso me alivia, y no precisamente la cartera.

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