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De ayer a hoy… malditos mercados

He encontrado en Business Insider una galería de fotos fabulosa sobre los cacharritos de los que se han valido esos seres incomprendidos que son los agentes de Bolsa en el último siglo. El mercado financiero es algo realmente complejo, mucho más de lo que imaginamos los profanos y, no digamos ya, los indocumentados tipo Nachojcolar, que es de los que creen que la Bolsa es algo así como un casino en el que la suerte lo es todo. Como no es un casino, como es tanta la información y tantas las decisiones que hay que tomar en poco tiempo, el negocio bursátil siempre ha estado a la vanguardia de la técnica.

La primera de las imágenes es de 1911. En aquel entonces (hace cuatro días como aquel que dice) el parqué todavía era parqué, aunque las decisiones no se tomaban necesariamente en el edificio de la Bolsa. Los agentes trabajaban como este de abajo, con un ticker, un periódico y, si podían permitírselo, un teléfono. Si no disponían de teléfono iban personalmente hasta la Bolsa para dar instrucciones.

Este grabado está tomado de la revista Life. Muestra a un agente de Bolsa sentado tranquilamente con su ticker en la mano mientras consulta los cierres del día anterior. No necesitaba mucho más. El grabado tiene título: “The winner and the loosers” (el ganador y los perdedores). El primero está a la vista, los segundos, vestidos de mendigos, se pueden ver sobreimpresionados en la pared acusando con el dedo. La animadversión hacia las finanzas no es, como se puede ver, cosa de ahora.

En los años 20 Wall Street había crecido mucho. A finales de aquella década se dio un piñazo considerable por razones que no vienen al caso. El hecho es que, para entonces, el trabajo de agente, especialmente si se era uno exitoso, estaba muy bien remunerado. La prueba la tenemos en este despacho digno de película.

Su dueño no tenía un ticker, sino tres, dispuestos a la izquierda de la mesa junto a un racimo de genuinos teléfonos de pie como aquellos con los que Clark Gable hablaba en las películas. A su derecha las cotizaciones en un mural de pared. Lo demás todo impoluto, perfecto, propio de un decorado cinematográfico. Es innegable que los Gordon Gekko de la época tenían un gusto exquisito.

Las maquinitas esas de ticker pervivieron hasta la década de los 70. Fueron mejorando sus prestaciones pero, en lo esencial, no cambiaron. Estaban formadas por un rollo de papel muy estrecho, una diminuta impresora y un cubo donde iba cayendo el papel a lo largo del día. Analizar un día de cotización debía ser un trabajo de chinos.

A partir de los 70 los ordenadores se adueñan de los parqués y de los despachos de los agentes de Bolsa. Hubo, con todo, un periodo de transición en el que convivieron las dos tecnologías.

A esta buena y minifaldera mujer se la ve ahí, trabajando afanosamente entre un ticker clásico, un teletipo y unas pantallas donde iban saliendo las cotizaciones en tiempo real. El trabajo en Bolsa tenía un componente físico importante. Había que mover algo más que el dedo índice para comprar, vender y enterarse de lo que los demás vendían y compraban.

Hoy ya solo es necesario ese dedo. Lo que faltan son ojos. No hay más que darse una vuelta por una plataforma de trading y ponerse a contar monitores. La mesa de este tiene doce apilados en pares, a los que hay que sumar las tres televisiones colgadas en la pared. Para que luego venga el niñatojcolar y diga todo campanudo que los de la Bolsa son peores que los tahúres.

 

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