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Parados

El otro día me contaron que el número de viajeros en los autobuses urbanos de Madrid había caído a niveles de 1973. No es mal dato. Eso es un ajuste y lo demás son tonterías. Cuarenta años de crecimiento para luego caer de golpe. Algo similar, aunque no tan radical, le ha pasado al Metro, al ferrocarril, al avión y al coche particular. Supongo que habrá aumentado el uso de la bicicleta porque no gasta y, como hay tanta gente en paro, a muchos les sobra el tiempo para darse un pirulo en bici por el parque. En resumidas cuentas, que nos movemos poco porque moverse es caro y antes de desplazarse de un lado a otro está llenar la barriga, ese aborrecible hábito burgués que no terminamos de abandonar.

Un país que se mueve es un país que funciona. Ahí tenemos a China con sus atascos kilómetros y sus trenes al Tíbet. El nuestro, sin embargo, está parado en el sentido estricto de la palabra. No hay más que circular por una autopista entre semana o coger un avión a ciertas horas. El personal, contrito y cariacontecido, ha hecho un drástico recorte en el capítulo de transporte porque no le ha quedado más remedio. Esto nos dice dos cosas. La primera es evidente: estamos en las últimas. La segunda no tanto. El transporte del mundo moderno necesita energía y la energía es cara de narices. El petróleo lo tenemos que importar. Dios nos dio ingenio y nos dejó sin recursos. Lo suyo es que nos valiésemos del primero para obtener lo segundo como hacen los luxemburgueses. Pero no, aquí lo que hemos hecho es exprimir el ingenio para poner prohibitivos los recursos.

Me explico. El petróleo cotiza al alza desde hace años, pero ya no está tan caro como en 2008. ¿Por qué sigue subiendo entonces la gasolina? Básicamente por los impuestos. La mitad del litro de súper se la queda el Gobierno porque sí, porque Montoro lo vale. Luego, en un acto de cinismo sin límites, se queja de que las carreteras están vacías y no se venda un maldito coche. Bastaría con gravar la gasolina sólo con el IVA para que se reactivase el tráfico, la venta de coches y el crecimiento económico en el acto. Ah, pero de eso ni hablar. Lo primero es lo primero, y lo primero son ellos y su tren de gasto. Usted ya tiene la bicicleta para pasear por el parque, ¿qué más quiere so egoísta protodefraudador de Hacienda?
Con la electricidad el crimen es aún mayor. La luz no tenemos que importarla. La generamos aquí, en las Batuecas, de todas las maneras posibles. Pero, ay, el Gobierno ha decidido que lo hagamos del modo más ineficiente posible. No contento con eso, a cada vatio generado le mete un batallón de primas, peajes, tasas, impuestos y moratorias. Resultado: a la factura de la luz la llamamos, con toda la razón del mundo, la “dolorosa”. El dolor es nuestro y el placer suyo. Cada céntimo que pagamos de más va directo de nuestro bolsillo al suyo. Este es el “pacto social” de la socialdemocracia rampante que nos gobierna, unos producen y pagan mientras otros cobran y gastan.
Podría ser distinto, podría ser que sólo existiese un impuesto por cada bien que consumimos. Pero eso sería pedir demasiado. El Estado social necesita de siervos que lo mantengan y que, a ser posible, se quejen lo justo. Sea solidario y no olvide pasarse por la oficina del paro para sellar su cartilla. En bicicleta, claro.

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