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De papólogos, chavólogos y otras discusiones

Las grandes noticias globales, los noticiones, tienen un curioso efecto en la opinión pública. De tanto oír hablar de un monotema durante días y días, todos nos creemos especialistas en el asunto y vamos dando por ahí conferencias improvisadas. Este mes de marzo nos ha regalado dos de esas historias tan faltas de padres como sobradas de hijos. La primera fue la muerte, esperadísima, por cierto, de Hugo Chávez. En un abrir y cerrar de ojos España se llenó de venezuelólogos, chavólogos, madurólogos y hasta peritos en conservación y embalsamamiento de cadáveres.

Aunque en Madrid hacía un frío de mil demonios, la Corte se transformó de la noche a la mañana en una barriada boreal y tiritona de Caracas. Todos sabíamos más de Venezuela que nadie. Todos teníamos un colega, cuando no un tío, un abuelo o un vecino que emigró a Maracaibo y se hizo rico allí con el petróleo. Y, claro, donde hay expertos hay discusión. Creo que en pocos lugares del orbe hispano se ha discutido tanto y tan apasionadamente sobre Chávez y el chavismo como en la vieja España. Al final va a resultar que, después de dos siglos, no sé cuantas repúblicas y un millar de constituciones, los hispanos de ambos hemisferios seguimos siendo el mismo país. Por eso lo de Venezuela nos lo tomamos tan a pecho. Y quien dice Venezuela dice Cuba, Argentina, México o el Perú.

Los chavistas y antichavistas de la madre patria nos hemos hecho cruces, hemos vociferado, hemos meneado los brazos hasta hartarnos y, quevedianos de nacimiento como somos, hasta nos hemos inventado un verbo delicioso: “venezuelizar”, cuyo significado oscila entre lo perfecto y lo abyecto. Unos advierten pesarosos de la venezuelización de España mientras los otros la desean fervientemente.
Algo similar sucedió una semana más tarde con la elección del nuevo Papa. Luego dirán los sociólogos que somos un país laico y descreído, pero lo del cónclave aquí se ha vivido con más emoción que en la plaza de San Pedro. Emoción encontrada como no podía ser menos. Los unos con la rodilla en tierra, los otros con el grito en el cielo. De natural no nos enteramos de lo que pasa en el Vaticano porque pasan pocas cosas, y las que pasan son aburridas. Pero, ay, un Papa nuevo, eso son palabras mayores. El menos enterado se sabía al dedillo la lista de los diez papables con más posibilidades y pontificaba a placer con las amistades. Que si el nuevo Papa tiene que ser joven, que si tiene que ser hispano, que si tiene que hacer una reforma en profundidad de la Curia. Sí, de la Curia. Nadie sabe lo que es la Curia ni para lo que sirve, pero hay que reformarla, y en profundidad, nada menos.
Luego pasó que el colegio cardenalicio hizo lo que tenía que hacer y eligió como Papa a un argentino desconocido con cara de párroco de pueblo. Joven no es, hispano sí y ya veremos si reforma o no la Curia. Entretanto, no haríamos mal en informarnos de que va eso de la Curia y, una vez lo tengamos claro, podemos sugerir la reforma que creamos más adecuada. Eso sí, a través de conducto habilitado a tal efecto, que no es otro que la Nunciatura Apostólica de la Santa Sede, sita en Madrid. A lo mejor hasta nos escuchan, que los curas son gente habituada a aguantar todo tipo de impertinencias.  

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