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El Estado, todo por el Estado

Un Gobierno presidido por un registrador y formado por catedráticos de universidad estatal, abogados del Estado y economistas del ídem sólo podía conducirnos a la ruina, y eso es, exactamente, lo que está sucediendo. Bruselas acaba de revisar las cifras de déficit de 2012 y ha pasado lo que nos temíamos: Rajoy mentía, el déficit es mayor de lo que, ufano e inflado como un balón de playa, reveló en el debate sobre el Estado de la Nación. Claro que mentir en España sale gratis, al menos a los políticos. Un lujo que los ciudadanos de a pie no pueden permitirse. Pruebe usted a mentirle al de Hacienda y ya verá donde termina. ¿Qué no se lo cree? Inténtelo y vaya preparando el hatillo, no necesitará mucho más porque el traslado hasta el penal del Dueso se lo paga Montoro con el dinero de los que no mienten.
En el último año los españoles hemos padecido el peor zapatillazo fiscal de nuestra larga historia. El Gobierno ha subido todos los impuestos posibles y se han inventado otros tantos. Y todo, ¿sabe para qué? Exacto, para poner coto al déficit público que el orate Zetapé dejó desmadrado antes de enchufarse en el Consejo de Estado. ¿Lo ve?, hay Estado por todas partes. Montoro, sin ir más lejos, es catedrático de Hacienda Pública, es decir, del Estado. Rajoy es registrador de la propiedad, un privilegio que el Estado entrega a los que aprueban una oposición la mar de complicada. Soraya es abogada del Estado y sus pupilos, los sorayos, son técnicos comerciales de lo mismo. ¿Capitalismo?, ¿méritos?, ¿sociedad abierta? Por favor, esto es España y aquí el Estado lo es todo.


Y cuando el Estado lo es todo el individuo, léase usted mismo, es nada. La izquierda española siempre ha tenido debilidad por los indocumentados, la derecha por los altos funcionarios de la administración. Tiene cierta lógica. El indocumentado, el parias, es la contestación de clase a los opositócratas que siempre abundaron en esa derechona que se creyó propietaria exclusiva de la maquinaria estatal por los siglos de los siglos. En el franquismo para dedicarse a la política se llevaba sacarse unas oposiciones de cierta enjundia. El régimen estaba lleno de notarios y abogados de los cuerpos jurídicos del Ejército. La cuestión era asegurarse un mediano pasar en la covacha administrativa por si la lucecita de El Pardo no les era propicia.

El español medio, un tirado que llegaba a duras penas a final de mes, veía todo aquello con auténtica veneración. Los que mandaban se sabían los códigos legales, y de memoria nada menos. La memoria, esa inteligencia de los torpes que siempre ha sido tan valorada entre nosotros. Luego vino la democracia, y con ella los corcueras, las pajines y los albertosgarzón. Pasamos del gañán del código al gañán de la pancarta, cada uno con su fiel clientela. Adolfo Suárez mediaba entre ambos mundos con su ignorancia oceánica y su porte de señorito abulense.

Es dramático, lo sé. España nunca llegará a ser un país serio como Australia o Canadá. Nos pierde la pasión, y no precisamente la de Semana Santa, sino la pasión por estar a bien con el Leviatán estatal. Andorranos y gibraltareños, españoles de nación pero no de ministerio, lo vieron venir y disfrutan a gusto del espectáculo. Merecido nos lo tenemos. Nosotros y ellos.

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