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Día de los muertos vivientes

Primer lunes de mes, cifras de desempleo. Angustia, caras largas, suspiros en los bares con el café de la mañana, lectura lacónica de teletipos en la radio y mala leche, mucha mala leche. El paro sube siempre desde hace tanto tiempo que ya casi ni nos acordamos de cuando bajaba. De hecho, en aquellos tiempos felices de concejal rechoncho y ministrajo sonriente, ni nos preocupábamos por el paro. Jugábamos en la Champion’s League de la economía mundial y ya se sabe que en los partidos de Champion’s hasta estar en el banquillo es un regalo caído del cielo. Hoy todos se acuerdan del primer lunes. Todos contienen la respiración. Los de un lado cruzando los dedos, los del otro esperando que el palo sea más duro que el mes anterior. Para el resto de españoles pagantes y sufrientes es un día de difuntos con periodicidad mensual.

Este mes de abril, sin embargo, ha principiado con una bajada del paro, cierto que ridícula, microscópica, tan inapreciable como el sentido del humor de Soraya, pero suficiente para que el Gobierno sacase un poco de pecho. Este abril podemos afirmar que no hemos tenido día de difuntos, sino de muertos vivientes. Digo muertos vivientes porque el descenso del paro no es más que hartazgo de los que saben que nunca encontrarán un empleo. Los jóvenes, ese menguante sector de la población española con el que los políticos llevan experimentando desde hace años, ya ni siquiera se apunta en la oficina del INEM, esto, perdón, en la del SEPE, que es así como se llama desde que a Zetapé le dio por espolvorear la palabra estatal por todos los organismos oficiales.

El paro juvenil es tan astronómico que cuando los de fuera reparan en él arquean las cejas como si hubiesen visto al diablo en persona colándose de noche en la alcoba. Entre los que quieren trabajar la mitad no encuentran donde hacerlo. Del resto nada se puede decir porque estadísticamente no existen, pero la realidad es que vivir viven y a muchos de ellos no les importaría tener un trabajo con el que salir de casa de sus padres. Históricamente el paro juvenil ha sido siempre minúsculo. Tiene lógica, a los 20 años uno puede hacer casi cualquier cosa y carece de cargas. El joven lo tenía fácil para trabajar por su nula especialización, sus bajos costes laborales y su absoluta flexibilidad. Por eso hace un siglo trabajaban todos los veinteañeros de España, que eran unos cuantos, proporcionalmente muchos más que ahora.

Pero, ay, en estas llegó el llamado Estado Social, que, por sus frutos, ha demostrado ser el más asocial de los Estados. En España los jóvenes no pueden trabajar, son, a efectos laborales, muertos vivientes. A efectos prácticos son vivos bebientes que abarrotan los parques de las ciudades con vasos de plástico en la mano. Algo muy distinto a los cincuentones que en mala hora pierden su empleo. A esos se les puede tratar como difuntos, al menos para el mercado de trabajo. Un mercado que chulean políticos y sindicalistas a su antojo. Sí, he dicho bien, políticos y sindicalistas, los mismos que no han trabajado en su vida y que viven como sanguijuelas amarrados a la carótida del que aún trabaja. ¿Le extraña que haya tanto paro en España o empieza a entenderlo?

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