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La dama que cambió la cara a Inglaterra

Cuando, el 13 de octubre de 1925, Margaret Roberts nació en la pequeña ciudad provinciana de Grantham, nada ni nadie hubiera podido imaginar que aquella niña, hija de un simple tendero, llegaría, con el correr del siglo, a convertirse en la primera mujer en llegar al 10 de Downing Street… y no precisamente como primera dama. La Inglaterra de los años 20, recién salida de la Gran Guerra y con el imperio colonial intacto, era aún austera, machista y victoriana. El sino de las niñas inglesas, y más de las niñas de clase media, era encontrar un buen partido con el que casarse y criar hijos.

Tomó posesión de su escaño el 8 de octubre de 1959, no lo devolvería hasta 1992, tres décadas más tarde. En todo ese tiempo había sido, aparte de diputada, secretaria de Educación durante cuatro años, líder de la Oposición y Primer Ministro de 1979 a 1990. Pero no adelantemos acontecimientos. En el 59, cuando entró en el bello edificio londinense a orillas del Támesis que alberga el Parlamento, ya no se llamaba Roberts, su nombre de soltera, sino Thatcher, apellido que había tomado de su marido Denis, con quien se había casado en 1951. Denis era diez años mayor que ella, venía de otro matrimonio fracasado y, lo más importante, era un exitoso empresario.

Margaret tenía la voluntad, Denis el apellido y el dinero para financiar la carrera de su esposa. Él fue quien pagó la formación de Margaret como barrister (un tipo de abogado del sistema anglosajón) que abrió a la candidata las puertas del derecho y de la fiscalidad, materia en la que se especializó. Mientras se preparaba para el ejercicio de la abogacía y planificaba su carrera política, quedó embarazada de mellizos, Carol y Mark, que nacieron en 1953.

Al comenzar los años sesenta Margaret Thatcher transitaba por la mitad de la treintena y ya lo tenía todo hecho: marido, niños y un trabajo agradable y bien pagado. Pero ella no pensaba así. Voluntariosa en grado sumo, trabajó incansablemente desde el escaño, lo que le valió que, cuando los conservadores recuperaron el poder en 1970, Edward Heath la hizo secretaria de Educación.

Nada más hacerse con la cartera decretó un ambicioso programa de recorte de gastos y reorientó la educación pública hacia fines puramente académicos. Así nació su primer escándalo. Existía en Gran Bretaña desde el siglo XIX la costumbre de que se diese a los escolares un vaso de leche al llegar al colegio. Thatcher lo eliminó de un plumazo. Los niños ingleses de los setenta no pasaban hambre ni tenían carencias nutricionales, pero, por el efecto multiplicador de la economía, ese vaso de leche costaba una pequeña fortuna a las arcas públicas. La oposición se cebó con ella inventándose un pareado que se hizo muy célebre: “Margaret Thatcher, milk snatcher” (Margaret Thatcher, ladrona de leche).

En el 74 el Gobierno Heath sucumbió en las elecciones. Los conservadores, cuyo programa era, esencialmente, socialista, no habían podido contrarrestar la crisis del petróleo y el país se encontraba en caída libre. Los británicos entregaron de nuevo el poder al laborismo, que, con viejas recetas keynesianas, terminó de hundir al país en el marasmo. Thatcher, entretanto, se postuló como recambio para Heath. Pero sólo político, ya que ideológicamente la diputada por Finchley había evolucionado hacia el liberalismo de corte clásico que enseñaba el economista Friedrich von Hayek en la London School of Economics. Thatcher trabó contacto con el austriaco y construyó un programa realmente alternativo que la aupó al liderazgo de los tories.

El renovado cuerpo de ideas liberal-conservadoras que abanderaba Thatcher, y la profunda crisis económica que rompió en el llamado “invierno del descontento” de 1979, catapultaron a la candidata tory hasta Downing Street. Tan pronto como llegó se puso a Gobernar. Se fijó tres frentes, dos interiores y uno exterior. En casa aplicó un riguroso plan de ajuste económico, un verdadero programa de shock, que relanzó la economía británica haciéndola crecer muy por encima de la media europea durante toda la década de los ochenta. El Reino Unido volvió a confiar, medio siglo después, en el laissez-faire, los bajos impuestos y el libre comercio. Gracias a ello recuperó el pulso y se puso a la cabeza de Europa haciendo desaparecer del mapa el desempleo, la inflación galopante y los problemas de endeudamiento que el Gobierno arrastraba de los desastrosos años anteriores.

Su segundo frente fue mucho más bronco y combativo. Por primera vez en el siglo XX un primer ministro plantó cara a los sindicatos, los poderosos trade union, y salió vencedor. Thatcher acabó con el Estado elefantiásico que había recibido en herencia. Cercenó los privilegios de los sindicalistas a la vez que liberalizaba un mercado laboral que se había demostrado incapaz de crear un solo puesto de trabajo en 15 años. Privatizó un buen número de empresas públicas ineficientes como British Rail o British Steel y desreguló varios sectores, entre ellos el financiero, lo que sirvió de trampolín a la Bolsa londinense para reposicionarse como uno de los principales parqués bursátiles del mundo. Sus detractores la acusaron de practicar un “capitalismo de casino”, pero lo cierto es que la población, el inglés medio, se palpaba los bolsillos y, al ver que estaban llenos de una libra fuerte y saludable, aprobaba sin pestañear las reformas.

El último de sus frentes lo libró en la Europa de la Guerra Fría. Thatcher nunca supo definir si era liberal o conservadora, lo que sí profesaba era un anticomunismo visceral. Aborrecía de la Unión Soviética y no escatimaba ocasión para criticar el sistema alienante y servil que la inspiraba. El comunismo soviético feneció durante sus años de Gobierno, y ella tuvo mucho que ver en ello. Gracias al éxito de la guerra de las Malvinas (que se la encontró sin buscarla), se ganó una buena merecida fama internacional de gobernante inflexible en cuestión de principios. Al otro lado del Atlántico el gran hombre del momento, Ronald Reagan, supo verse reflejado en ella y, junto al Papa Juan Pablo II, capitaneó un tridente que terminó por dar la puntilla al ogro soviético.

Tanto atrevimiento le costó una formidable campaña de descrédito promovida por la izquierda nacional e internacional. La Thatcher no caía simpática en Moscú, pero tampoco en Bruselas. Desconfiaba del así llamado proyecto de construcción europea que por entonces apadrinaba François Miterrand. Fue, por decirlo de algún modo, la madre del euroescepticismo, una disidencia que, con el tiempo, no ha hecho más que ganar adeptos a lo largo y ancho del continente.

Los años de Gobierno de Thatcher terminaron abruptamente en 1990 después de una intriga palaciega y varias traiciones que no estaba dispuesta a tolerar. Se retiró de la escena en silencio, como una auténtica dama. Sin Thatcher el Reino Unido tuvo que escoger entre continuar su obra o volver a los tiempos del descontento. Tomó el primero de los caminos y así nació el llamado thatcherismo, una difusa doctrina política basada en el libre mercado y los valores cristianos que han seguido tanto conservadores como laboristas. Gracias al thatcherismo Gran Bretaña sigue liderando Europa en casi todos los indicadores, incluidos, naturalmente, los económicos.

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