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Al fin la Justicia

La cadena de quiebras de las cajas de ahorros que estremeció España a lo largo de los dos últimos años ha dejado como legado más duradero unas cuentas públicas hechas unos zorros y un monumental cabreo entre los contribuyentes. Nadie adivinaba a entender cómo se podían ir de rositas los mandamases de las cajas después de la que habían armado. De haber sucedido esto en los bancos (no digamos ya en las empresas privadas de otros sectores menos privilegiados), la Justicia se hubiese hecho sentir al minuto. Portadas de empresarios entre rejas hubiéramos coleccionado, como con lo de Díaz Ferrán pero a lo bestia.


En las cajas, sin embargo, parecía que todo el pecado se lavaba con toneladas de dinero público, caras nuevas en los consejos (y no siempre), y buena voluntad. Eso hasta que este jueves un juez de Madrid decidió ordenar que Miguel Blesa, metáfora pensante, andante y cobrante de lo que venían siendo las cajas, ingresase en Soto del Real. De pronto el cielo se nos cayó encima. Se había abierto la veda para la caza mayor. Si Blesa, el todopoderoso Don Michellone, baranda de Cajamadrid que hizo de su capa un sayo durante trece larguísimos años, terminaba en una celda, ¿qué sería de los demás? Que metan a Blesa en prisión no va a sacarnos de la crisis, ni siquiera hará que los de las preferentes recuperen su dinero, pero sí nos devuelve algo mucho más valioso: la confianza en que la Ley impera y es igual para todos, la convicción, en definitiva, de que este es un país serio donde hacerla es pagarla.

Miguel Blesa era una pieza mayor, una de esas vacas sagradas por intocables, de quien se decía que conocía a fondo el qué, el cómo y, sobre todo, el quién de este régimen moribundo. A los sufridos pagadores de impuestos, siervos de la gleba de esta época, sólo nos queda esperar que cunda el ejemplo y vayan, uno a uno, desfilando los responsables del desastre, todos, sin excepción. Después de eso no seremos un país rico, pero habremos dado un paso de gigante para serlo algún día.

Bien se podría empezar por el supervisor del sistema, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, dinasta del PSOE bajo cuyo gobierno del Banco de España cometieron casi todas las tropelías los de las cajas. Luego habría que continuar por la primera de ellas en suspender pagos, ¿sabe a cuál me refiero?, exacto, a CCM, aquel indigno chiringuito político financiero cuya inversión estrella en los años de la burbuja fue el aeropuerto de Ciudad Real. Más tarde tendrían que comparecer los responsables del naufragio de la CAM y los de Caixa Catalunya. Habrá para todos. Del PP, del PSOE, de los sindicatos y hasta de los partidillos nacionalistas tan amigos de las bravatas patrióticas como de abrevar en la caja del ahorro ajeno.

Sería lo más parecido a una causa general contra el sistema cleptocrático y corrupto que nos ha llevado a la tragedia de estos días infaustos. A falta de poder procesar a González, Aznar, Zapatero y Rajoy, cuyos desmanes, por desgracia, no son juzgables, ver como los “cajeros” sudan tinta china delante de un juez sería un buen sustituto. Las cajas de ahorro eran el brazo financiero de una casta dotada de un poder omnímodo y dueña de todos los resortes del país. Sin ellos nada ha vuelto a ser lo mismo. Haremos mal si olvidamos lo que pasó en España durante estos años. La banca pública, es decir, política, era esto. Nunca más.

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