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La hora del enano

De Valmayor el pantano y de Leganés el enano, reza un dicho muy popular en los madriles de abajo, allá por donde el arroyo Butarque traza su reseca curva de pepino caballón. Debe tratarse de un proverbio reciente, de los años 70, quizá del 77, año ucedeo y hortera en el que se inauguró el embalse de Valmayor. A los pantanos se les puede poner fecha, a los enanos no, porque de ellos la Corte siempre estuvo llena. En la de Felipe IV había tal número y de tanta calidad que el maestro Velázquez fue retratándolos uno por uno a cuchillazo fino.


Don Pablos, por ejemplo, era de Valladolid la rica, la más sonada del mundo por los resfriados que engendra. De los demás sabemos el mote, pero no el origen. Quizá la única excepción sea el Niño de Vallecas, que era de allí mismo. Don Juan Calabazas, apodado Calabacillas, fue retratado en dos ocasiones, lo que le convirtió en el emperador de los enanos. Al parecer Calabacillas llegó a Madrid de la mano del duque de Alba, que lo traía de tierras lejanas adobado en el séquito, quizá de Nápoles, donde había sido virrey durante varios años.

Al retrato sedente de Calabacillas, expuesto en El Prado, se le conocía como “El bobo de Coria”, digo se le conocía porque hace unos años alguien decidió que no era de ahí. Desposeído de la bobería y la coriadumbre, el pobre diablo tuvo que quedarse con la tristeza de llamarse enano Calabazas. Usted verá, pero yo no me conformo. Por eso pregunto, ¿y si Calabacillas fuese el enano leganense del refrán? Poder, podría. Don Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos I, ocultó su bastardía en Leganés bajo el nombre de Jeromín.  Aquella es ciudad de abolengo, cuartel valón y vieja estirpe que si tuvo entre sus vecinos al héroe de Lepanto, por qué no habría de servir de cuna al enano mejor plantado de la historia del arte.

Los enanos de la Corte no eran cualquier cosa. Disponían, a cuenta de Palacio, de carruaje, mula, pensión y una ración de confitura por Navidad. Y quien disfrutaba de todo es justo suponer que también gozaba de noches blancas con mujeres al trote, hembras mortales, recatonas del sexto y ninfas de daca y toma. No lo haría, claro, intramuros de la Villa, que siempre fue lugar de maledicencias y bien merecidos escarmientos, sino en los alrededores, en la imperial Segovia o en la misma Guadalajara, que tan a mano cae de los Butarques y tan bien tapa las travesuras de la niñez.

Desfecho el misterio sólo resta declarar día y hora para que el enano recupere la honra de su verdadero origen. El día puede ser mañana; y la hora, temprana, que lo bueno es menester hacerlo pronto. Si el que lo hace es Don Juan Mucho, montón de carne, engullidor por arrobas, mucho mejor. La gordura, la enanez y la sonsaca que les corre quedarían de este modo vengadas y hasta podríamos ponerlas en cobro. Su hora ha llegado. Ya no será más vulgar Calabazas, sino enano de Leganés. No me lo agradezca, agradézcaselo a él que, habiendo visto la innumerable multitud de concejales que Dios ha enviado a España por castigo de nuestros pecados, nos redime devolviéndonos la risa y las ganas de gritar con energía “¡de Valmayor el pantano y de Leganés el enano!”.

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