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Sexo en El Cairo

Cuando hace un par de años se armó parda en Egipto, los vendedores de cancamusa de todo Occidente empezaron con aquello de que la hora de la democracia había llegado a Oriente Medio. Todo se debía, según el guion de esta banda de bobos a sueldo del Instituto de Másteres a millón, al uso intensivo del Twitter, el Facebook y otras redes sociales del interné. Eso y la Blackberry, que no se me olvide la Blackberry. Los más tontos alargaban la mano hasta Sexo en Nueva York. Al parecer, las egipcias estaban enganchadas a esa serie y todas querían ser Carrie Bradshaw y darse buenos revolcones con Mojamé el consultor estratégico en un loft del soho cairota. Eso, a fin de cuentas, era la democracia. ¿O no?

Bien, lamento decepcionarle pero todo era mentira. Si es de los que compró esa mercancía mi obligación es informarle que estaba caducada. Lo que sucedió en Egipto y otros países de la zona en 2011 no fue una revolución de Twítteres y Blackberrys, sino una revuelta del pan con ulemas de por medio. Ya sé que no es nada molón pero se trata de la cruda realidad, y yo estoy aquí para contársela, no para agradar su delicado oído de turista occidental con ganas de expandir las bondades de la democracia zapaterina por el mundo.

Al final ha pasado lo que tenía que pasar, ha pasado lo que unos pocos dijimos que iba a pasar. Entonces nos llamaron de todo. Al que suscribe llegaron a interpelarle a gritos en un debate con un censor “¡calla ya, pedazo de eurocéntrico, que ellos también tienen derecho a la democracia!”. Derecho, lo que se dice derecho, naturalmente que lo tienen, el problema es que no quieren ejercerlo. Gastan Blackberry, eso me lo creo, aunque no todos, ni siquiera una mayoría, que los planes de datos salen caros en Europa así que no quiero ni pensar lo que costarán en Egipto. Algunos, muy pocos, han visto Sexo en Nueva York, pero más para aplacar el rijo que para convertirse en el consultor estratégico del loft. El resto de los que se manifestaban ruidosamente en la plaza Tahrir pasaban de Twitter y de las series norteamericanas.

Querían, siguen queriendo, algo que los progres de este lado del mar no podrán darles nunca: esperanza de futuro, de prosperar individualmente gracias a su propio esfuerzo, de vivir en sociedades abiertas en las que se premie el mérito y el trabajo. Y de hacer todo eso sin regulaciones ni tasas, sin tener que estar sometidos a las ingenierías sociales del tiranuelo de turno y de su vasta clientela. Querían lo que queremos todos y que sólo unos pocos privilegiados han conseguido. Cuando en El Cairo los manifestantes pidan que Egipto sea como Singapur que vengan y me lo cuenten. Entonces a lo mejor voy y me lo creo.

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