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Nachojcolarismo huérfano

En el mundillo progre reina el desconcierto, y conste que lo digo con amargura porque no hay cosa que más me haga disfrutar que ver a los Nachojcolares crecidos y desafiantes sacudiéndose en el pecho como King Kong. La razón a este desbarajuste no hay que buscarla tanto en la falta de noticias veraniegas como en la naturaleza de las mismas. El verano que ya va despidiéndose nos ha dejado tres grandes historias, a saber: el accidente del Alvia, la movida de Gibraltar y las masacres en Egipto y Siria. Más allá de esto todo han sido historietas cortas y sin demasiado cuerpo. Incluyo a Bárcenas en esta categoría porque, inútil sería engañarse, lo suyo de hace un mes fue como lo de los moscones de barbacoa, que dan la tabarra durante tres o cuatro horas y luego, cuando se apaga la luz de la terraza, mueren en silencio ignorados por todos.

Del accidente del Alvia ya se hizo toda la sangre que pudo hacerse de una tragedia semejante –mucha, demasiada a mi juicio–, nada falló salvo un inoportuno despiste del maquinista, un simple ser humano que, como todos, también comete errores. Eliminado el Alvia, amortizado el drama como un Prestige Reloaded, quedaba lo de Gibraltar y lo de Oriente Medio, que siempre da mucho de sí, especialmente en la calle.

Con el asunto de Gibraltar la progretada nachojcolarina suele quedarse sin aire y sin palabras. Caben tres opciones. Una, que España lo anexione –o lo recupere, según gustos–; dos, que Gibraltar se independice y se convierta en algo parecido al Principado de Mónaco; y tres, que todo siga como está, con la Union Jack ondeando gallarda en lo alto del Peñón. Bien, para esta banda las tres son malas. La primera porque eso de “Gibraltar español” suena como muy facha, la segunda porque los mal llamados paraísos fiscales son la divisa de ese constructo idiota de la “dictadura de los mercados” que les es tan caro, y la tercera porque el Reino Unido no deja de ser una potencia colonialista, imperialista, capitalista, librecambista y, para colmo, derechona, cameronífera y cleggiana.

Con lo de Egipto y Siria tres cuartas partes de lo mismo. Los de Mubarak y Al Assad son malos sí, pero es que los integristas islámicos del otro lado son peores. Queda lo de los revolucionarios de Blackberry y Twitter, pero ya no cuela a estas alturas. Una pena, con lo socorrido que es tener un malo oficial, un Bush o un Sharon, una banderita de Estados Unidos que quemar en la manifa o unas buenas pedradas a las ventanas de la embajada de Israel arrojadas con entusiasmo por los palestinos de cuota. Sin dialéctica malos-buenos no funciona la máquina nachojcolarista de explicar el mundo. Luego pasa lo que pasa. Pasa que llevan un verano horroroso porque no entienden nada, y no entienden nada porque no pueden echar la culpa de lo malo que es el mundo a los sospechosos habituales. A ver si entramos en septiembre de una vez y la alegría vuelve a la casa del Nachojco, del padre del Nachojco y de la numerosa camada de nachojcolaritos.

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