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Tócala de nuevo, Obama

Es imposible no oír de lejos aquello de “¡Tócala de nuevo, Sam!” cuando le cuentan a uno lo que Obama pretende hacer en Siria. El guión es el mismo que en anteriores ocasiones, tan parecido que se me antoja que hay una especie de protocolo escrito hace cincuenta años y que aguarda paciente en algún cajón perdido del Pentágono. La sucesión de los hechos es siempre la misma. En la fase previa los servicios de inteligencia informan de que alguien se está pasando de la raya, en este caso que ese alguien está usando armas químicas con las que mata discrecionalmente a la población civil. Tras los preceptivos informes “de la CIA” debidamente aireados por la prensa internacional llega el capítulo dedicado a la indignación global. Esto en tiempos de la CNN y los talk shows nocturnos funcionaba bien, el personal se indignaba de un modo genuino. Hoy ya no es tan eficaz por culpa del maldito internet y de lo distribuida que está la información y la opinión.

Con el atontolinamiento general se pasa a la siguiente fase: la demostración de fuerza. Las imágenes de la V Flota, la VI o la que toque recorren el mundo a toda velocidad, cazas despegando de los portaviones, submarinos emergiendo en marcha, fragatas surcando el mar azul gráciles como antílopes africanos… en fin, todo el espectáculo de poderío militar que a la gente común le fascina tanto. Cuando vemos lo de las fragatas y el portaviones es que la intervención propiamente dicha es inminente. A estas alturas poco importan las razones, ya sólo cuenta la guerra en sí. De las famosas armas de destrucción masiva pocos se acuerdan, de Bin Laden talibaneando en el pedregal afgano tampoco, y no me voy al incidente del golfo de Tonkín porque tendríamos que remontarnos al paleolítico de la idiotez.

La clave, por lo tanto, no es saber por qué Estados Unidos quiere atacar a Siria, sino por qué ha elegido este momento. Del ataque en sí no creo que haya que preocuparse mucho. Mientras no escale no podremos siquiera considerarlo guerra. Clinton bombardeó Bagdad en 1998 y la cosa no pasó de ahí hasta que, cinco años más tarde, Bush se metió de hoz y coz en el avispero con las consecuencias por todos conocidos. A los cerca de 5.000 muertos propios y los 175.000 ajenos hay que sumar el disparatado coste de la operación. Andan todavía peleándose con las cifras finales, pero se estima que la guerrita en Irak ha costado unos dos billones de dólares al contribuyente norteamericano, a los que habrá que añadir otros cuatro más en el próximo medio siglo en forma de pensiones para los veteranos y los lisiados. Y aún quedan tontos que se felicitan por la intervención y creen –o quieren creer– que aquello fue un éxito y que Irak es un lugar seguro, más próspero y necesariamente mejor que en los tiempos de Saddam. Con Siria puede suceder algo muy parecido. Al Assad es un cretino y un lamentable dictador sí, pero la chusma mostrenca que tiene enfrente no iba a mejorar en nada lo presente.

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