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Deutschland mon amour

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Los alemanes tienen fama de ser unos cabezas cuadradas, gente poco razonable, antipática y dada a los excesos. No es cierto. Como todos los estereotipos, tiene algo de verdad y el resto es puro adorno puesto generalmente por sus enemigos, que en el caso de los alemanes son los franceses. No digo más. Cuando se dice lo de cabeza cuadrada tiende a olvidarse que quizá el pueblo más terco y cabezón del mundo sea el nuestro. Los españoles, todos, los de la península y los del otro lado del Atlántico, somos dados a no rectificar jamás, a no rendirnos por muy recomendable que sea hacerlo y a ser más papistas que el Papa. Eso sí, una vez cambiamos de opinión lo hacemos sin miramientos y se nos olvidan pronto los juramentos antiguos. Así se entiende, por ejemplo, que pasásemos del franquismo falangistoide al zerolato zapateril con toda la naturalidad del mundo.

Los alemanes, por el contrario, han demostrado gobernarse con tino a lo largo de la mayor parte de su historia. La Alemania previa a la unificación, la del Sacro Imperio y su rosario de reinos, principados, ducados, margraviatos y ciudades imperiales, es la base de la Europa libre, próspera y diversa que merece la pena, la formada a espaldas de la perversa idea del Estado-nación que tanto daño nos ha hecho y nos sigue haciendo. Cabría responder que desgraciaron mil años de sensatez con dos guerras mundiales. Tampoco es del todo cierto. Alemania fue pasto de la barbarie nacional-socialista como lo fueron tantos países de aquella malhadada época. La diferencia estribó en que Alemania estaba en el centro del mundo y sus dueños tenían de donde tirar para arrasarlo sin piedad. Y así sucedió. Por lo demás, la nación alemana ha sido lo suficientemente generosa con la humanidad como para compensar a sus hijos más infames con algunas de las mentes más sublimes que jamás han existido… Bach, Mozart, Goethe, Durero, Hölderlin, Einstein, Planck, Von Mises, Daimler, Humboldt… en fin, empiezan a faltarme dedos con los que contar.

Tras el trauma de la guerra, la culpa compartida y el sentimiento de derrota sin paliativos, Alemania no sólo se reconstruyó de una forma modélica, sino que supo aprender de los errores del pasado para no volver a caer en ellos. ¿Cuántos países pueden decir lo mismo?, ¿cuántos pueblos han reconocido lo más vergonzoso de su historia, se la han echado al hombro y han seguido adelante? Un país de cabezas cuadradas, de gente poco razonable, no hace esas cosas, se degrada hasta el final a cualquier coste con tal de quedar por encima. No es el caso de los alemanes ni de su creación más excelsa: la dulce Alemania, tierra de música exquisita, regada de buen vino y mejor cerveza, colmada de todas las cosas buenas de la vida y enamorada del trabajo bien hecho, el sentido común, la palabra dada y los acuerdos con un apretón de manos. A Alemania no se la puede odiar, de Alemania tenemos que aprender. Aparquemos la terquedad hispánica por un día y gritemos al unísono “Ja wohl, wir können!”.

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