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Gastón el de los cromos

Bucólica estampa de Santa María de Cayón (Cantabria)

La realidad siempre y en toda circunstancia supera a la ficción. No es una frase hecha, es un axioma que a diario se somete a prueba empírica. Ni al más imaginativo y mejor pagado guionista de Hollywood se le ocurriría un episodio como el que ha sacudido a Santa María de Cayón, un pueblo de la antigua provincia de Santander ribereño del Pisueña, río cantábrico de curso breve y aguas bravas que, por lo demás, es muy conocido en su casa a las horas de comer.

La historia es, más o menos, como sigue. En el municipio de marras pasta del presupuesto un concejal, un tal Francisco Viar, que ha dedicado 18.000 euros del presupuesto municipal a comprar una colección de cromos de fútbol. La idea de este gigante del concejalato era vender luego los cromos en el mercado especializado y sacar beneficio, supuestamente destinado a las arcas del pueblo que, como las de todos los pueblos de España, están a dos velas desde que quebraron las cajas y se acabó la ladrillada. Este tipo de cromos tiene un tirón de demanda muy potente entre los niños de ocho años. No hay más que ver los llantos que la chiquillería arma en los quioscos para que el padre se lleve, junto al periódico, dos o tres sobres con cromos de la Liga. Lo normal es que el avergonzado padre agache la cerviz y los compre. Así el chaval se queda tan contento y puede presumir de álbum con los amigos.

De niño yo también hacía esa colección, pero, como mi padre no se estiraba demasiado, no me quedaba otra aguzar el ingenio y cambiar en el patio del colegio los cromos repetidos por otros que no tenía. Al final, después de tesón, esfuerzo y muchas horas de negociación conseguía reunirlos todos al final de temporada. El gozo era brevísimo porque en septiembre todo volvía a empezar. Culminé con éxito todas las temporadas a excepción de una por culpa de Casuco, un jugador del Zaragoza cuyos cromos eran más escasos que el oro. Muchos años después me encontré con Casuco por casualidad, pero estaba ya retirado. Regentaba un bar playero en Águilas, un pueblo murciano lindante con Almería. Le hice una foto que aún conservo en algún rincón del disco duro a modo de compensación por los sufrimientos sin cuento que me hizo pasar en la infancia.

Probablemente el concejal Viar tuvo una experiencia similar, por eso gastó lo que gastó en cromos de la Liga. Lo gastó, además, con el consentimiento de su jefe, el alcalde Gastón Gómez, sobre el que ahora caen todas las culpas del despilfarro cromil. Llamándose Gastón podría argüir en su defensa que estaba predestinado a que se la liasen de esta manera. Puede decir también que los cromos se vendieron, aunque con una pequeña minusvalía del 67%, nada grave, sólo 12.000 euros de los 18.000 invertidos en estos activos filatélico-futbolísticos. En fin, nadie es perfecto. Quizá si en el paquete hubiese incluido seis o siete Casucos la operación se habría saldado con beneficios. Quizá. Gastón, haga honor a su nombre, no consienta que por una nimiedad le dejen hecho un cromo, dele otra oportunidad al concejal.

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