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No es la huelga, es el piquete

Todos los trabajos son invisibles hasta que quien los realiza deja de hacerlo. En general, en una sociedad tan compleja como la nuestra, prácticamente todo es invisible. Las cosas funcionan sin más. No nos preguntamos por qué ni cómo se llevan a cabo, pero el hecho es que alguien se encarga de ello. No advertimos algo tan elemental porque nuestro cerebro sigue en la cueva ancestral, los conocimientos de la especie han avanzado mucho más deprisa que su estructura mental. En la horda todos sabían lo que hacía el de al lado porque había pocas faenas que hacer y todas estaban a la vista. La cantidad de información que compartían nuestros antepasados de la Edad de Piedra era muy pequeña, la división del trabajo y la especialización eran apenas perceptibles. Los unos cazaban y las otras recolectaban mientras cuidaban de la prole. Nos puede parecer romántico, pero aquel era un mundo salvaje y cruel en el que se vivía poco y mal.

La planificación socialista sólo es posible –que no deseable– en este tipo de sociedades primitivas. Un planificador central no tendría muy difícil organizar una tribu de un centenar de miembros, todos emparentados, que viven del pillaje. Su trabajo consistiría en pensar por los demás y repartir equitativamente el fruto de la rapiña. Por encima de eso el socialismo sigue siendo indeseable pero es, además, impracticable.

Esta reflexión antropológica viene a cuento de la huelga de limpieza urbana que ha castigado Madrid durante las tres últimas semanas. Las calles de la capital suelen estar limpias, pero dejaron de estarlo en cuestión de horas porque quienes las limpiaban se pusieron de huelga. El trabajo de barrendero es uno de los que peor fama tiene, pero, ahí lo tienen, es tan necesario como cualquier otro, si falta es de los que más echamos de menos. Ya podían convocar una huelga los de Hacienda, que a esos no creo que nadie les extrañase.

No voy a entrar en si la huelga estaba o no justificada, personalmente creo que no, pero eso daría para otra columna. Los que no estaba justificado de ninguna manera fue el piqueterío sindical. La huelga, es decir, dejar de trabajar unilateralmente a modo de protesta, supone la vulneración de un contrato, pero su ejercicio está recogido en las leyes. Los piquetes no, y mucho menos el tipo de piquetes violentos que se gastan en España. Tan libre es el huelguista como el esquirol. Ni el segundo puede coaccionar al primero, ni el primero al segundo. La triste realidad es que las coacciones siempre vienen del mismo lado y nadie hace nada para remediarlo. El Gobierno lleva dos años legislando a toda máquina pero ni se le ha pasado por la cabeza redactar y pasar por el Congreso una ley de huelga que regule ese derecho que contempla una Constitución que lleva 35 años en vigor. Dicen las malas lenguas que no se atreven. Se han atrevido, en cambio, a fundirnos a impuestos todas las semanas. Pero, ay, los quejíos del contribuyente son silenciosos, los del matón sindical no. Ahí está la clave.

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