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Hasta nunca Público

Esta columna fue publicada en la edición web de La Gaceta el 24 de febrero de 2012. Remarco lo de edición web de La Gaceta porque nunca fue llevada al papel. El director de entonces, Carlos Dávila, se negó en redondo, y por escribirla me llevé una reprimenda de Maite Alfageme, la subdirectora. La cosa quedó ahí. En aquellos días la web y el papel de La Gaceta eran, a todos los efectos, dos periódicos diferentes. Escribí la columna a la hora del cierre, a eso de las ocho de la tarde, según me enteré de que Público había chapado, en caliente, como se deben hacer estas cosas.

Todos lo esperaban, durante el mes de febrero de 2012, los problemas económicos que atravesaba el diario Público, la cabecera por antonomasia del zapaterismo, eran la comidilla del sector. Sus empleados tuvieron la suerte de que la empresa editora acabó pronto con el calvario y, después de unas pocas semanas de idas y venidas, decidió cerrar la edición de papel. Público siguió existiendo y, según me consta de primera mano, goza de extraordinaria salud. Me alegro por ellos, por quienes lo hacen, del mismo modo que me alegré entonces de que la edición de papel cerrase. Era lógico que así fuese. Público me había puesto una demanda dos años antes por sentir menoscabo en su “derecho al honor”, como si las empresas pudiesen gastar de eso. Demandaron al que suscribe y a Elentir. El asunto terminó hace ya tiempo con una victoria del sentido común. Elentir, que peleó en los tribunales hasta el final, ganó el juicio. No nos engañemos, cualquiera en mi lugar o en el de Elentir hubiera descorchado una botella de cava.

No me arrepiento de escribir esto, por eso lo reproduzco aquí, en mi página web, ahora que la dirección de La Gaceta ha decidido retirar el texto del servidor. No sé muy bien lo que ganan tratando de esconder lo inocultable, pero bueno, es su periódico y ellos deciden lo que hacer con él. Suscribo palabra por palabra lo que escribí entonces. No iba contra quienes lo hacían día a día, sino contra el editor del periódico, Jaume Roures, un ser por el que siento un desprecio ilimitado. Aquí la tienen. Lean y juzguen por ustedes mismos.


La mejor definición del diario Público la formuló Pedro Fernández Barbadillo con su retranca habitual poco después de que saliese a la venta. “Es El País para víctimas de la LOGSE”, decía y, claro, todos nos moríamos de la risa. Porque Público era eso mismo, una versión del papel prisaico en colorines y letras extragrandes adaptada para chavalines de extrema izquierda con la cabeza llena de consignas y prejuicios logsianos. Salió a la calle tras una masiva campaña publicitaria que incluyó spots de televisión en los que una que estaba regando en la terraza se daba la vuelta y enseñaba una camiseta con la leyenda “Fuck Bush”. 

Aquello era demasiado. Es como, si dos años después, cuando fue relanzada La Gaceta, Intereconomía hubiese encargado un anuncio en la que apareciese la misma gachisa regadera en mano con el lema “Fuck Obama”. En fin, la hubieran armado pero bien armada. Y con razón. Pero a la izquierda, que está permanente indignada y en un estado virginal perpetuo, se le perdona todo. Se le han perdonado los 100 millones de muertos como para no perdonarles un spot delirante. 

Bien, después de eso Público echó a andar tal y como estaba previsto que lo hiciese. Era la voz de su amo más ridícula de todas las voces de su amo que en el mundo han sido. Leerlo era sencillo, y no por las pocas letras que llevaba impresas, sino porque era regalado. Y esto es literal, era bastante más fácil encontrarse con una pila de Públicos gratuitos que con un quiosco. Luego se daba la circunstancia de que las suscripciones a Público por parte de los organismos oficiales eran numerosísimas, así que, como todos tenemos un amigo funcionario, no costaba demasiado hojearlo de prestado. Eso, y ciertas coincidencias en el diseño gráfico, lo llevaron a ser conocido como el único periódico gratis de pago. 

Había gente que lo compraba -no mucha, la verdad-, especialmente los domingos de manifa si al chico que los repartía gratis se le habían acabado las existencias. Esos días el director se esmeraba en hacer una portada-pancarta, que luego los manifestantes elevaban orgullosos sobre sus cabezas. Con cosas así nadie, a excepción de los cuatro flipados de siempre, se lo podía tomar en serio. Ente la innoble presentación, los titulares desmadrados y unos contenidos que oscilaban entre lo malo y lo peor, el número de lectores era muy limitado. 

Para animar las ventas empezó a lanzar promociones dominicales, casi siempre deuvedés de pelis comprometidas y algunas veces colecciones de libros, también comprometidos. El periódico también estaba comprometido, pero con el Gobierno de Zapatero. Las pelis funcionaban porque el público objetivo del diario era más de ver que de leer. Ya se sabe, la LOGSE. Los libros eran tostones de contenido político que los compradores dejaban pudrirse en el quiosco. Es el drama de la izquierda cultural, hace todo lo posible por hacer del mundo un lugar lleno de analfabetos y luego padece su propia creación. La utopía, al fin y al cabo, no se conquista leyendo tranquilamente el periódico en un café de la plaza como un detestable burgués, sino lanzándose sobre la yugular del capitalismo cóctel molotov en ristre para meter fuego al McDonald’s más cercano. 

Al final ha tenido que cerrar su edición de papel. Con Zapatero vivían mejor. Ha tirado un porrón de números, creado infinidad de polémicas e interpuesto alguna que otra demanda, unas contra periodistas que les criticaban, otras contra simples blogueros. Eso era Público, un subproducto periodístico imposible de entender si no es en el marco del zapaterismo piafante que reinaba en España aquel día 26 de septiembre de 2007 en que vio por primera vez la luz. Sus deudos no lo lamentarán porque la red hierve de Públicos digitales llenos de viñetas de El Roto y fotos de falsos ciegos a los que agrede la policía. Los que padecimos su ira lo celebramos porque, como diría mi buen amigo Gonzalo Altozano, el que ríe el último, ríe mejor.

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