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Había motivo

Cinco años de crisis, cinco, y nadie había acertado a explicar de un modo sencillo, comprensible y coherente las razones que nos condujeron a ella y que, hasta la fecha, nos han impedido superarla. En el Instituto Juan de Mariana y sus aledaños se ha escrito mucho sobre el tema, incluso antes de que estallase la burbuja. Aquí, en estas páginas, se fueron marcando los jalones que nos llevaban al desastre. Pero en España se lee poco, y menos aún sobre temas económicos. La literatura sobre la crisis ha abundado, pero por lo general y con contadas excepciones es zarrrapastrosa. Los que negaban la burbuja con vehemencia hoy la reconocen y tienen incluso la desfachatez de decir que ellos ya habían advertido de los desequilibrios. No digo nombres porque el que más y el que menos ya sabe de quién estoy hablando.

Otros, los profetas del Apocalipsis habituales, los mismos que llevan ciento y pico años anunciando el colapso inminente del capitalismo, se ilusionaron tanto con la quiebra de Lehman y el pinchazo inmobiliario que han terminado haciendo un ridículo importante. Por último, al menos en España, por la profundidad y duración de la depresión económica, la charlatanería ha sido tanta y tan intensa que el español medio no sabe bien quién es más culpable de su desgracia; si los bancos, los mercados, los políticos, la injusticia de los egoístas o la tiranía de los hombres malos.

Por estas y muchas más razones había motivo para poner la crisis y todo lo que le precedió en imágenes. Pero, ay, el empeño era largo, los medios cortos y pocos creían que fuese a interesar a demasiada gente. Tal vez por eso, porque pensábamos que era imposible, Juan Ramón y yo nos pusimos al tajo. Empezamos escribiendo un guión que bebía directamente de uno de sus libros más recientes. Todo un desafío concentrar tantas ideas en tan poco espacio, pero Rallo es de los que se crece ante la adversidad y parió un texto de alta graduación teórica sin comprometer la sencillez. Eso había que taparlo con infinidad de planos y buscar colaboradores que se prestasen a responder unas cuantas preguntas.

Los segundos los teníamos, los primeros no. Como los colaboradores eran de primera, no queríamos que el footage fuese de segunda, así que no nos quedó otra que arrastrar la cámara -sí, una única y solitaria cámara- como la Piquer arrastraba su baúl por toda la Piel de Toro. Grabamos en Madrid, en Alicante, en Benidorm, en Albacete, en Guadalajara, en Ávila, en Asturias, en Lanzarote, en Mallorca… en Fráncfort, en Estrasburgo, en Stuttgart y hasta en la Antigua Guatemala, que es una de las ciudades más bonitas de América. Se trataba de aprovechar los viajes privados para plantar el trípode, encuadrar y dar al REC en cuanto se nos presentase la oportunidad. Cuando se hace un documental con un presupuesto de cero euros esta es la única manera de trabajar si lo que se pretende es que, al final, salga algo decente.

Sobre esa colección de imágenes se montó la voz de Juan Ignacio Ocaña, uno de los mejores narradores de España, y algo de música de fondo cuyo primer requisito era que estuviese libre de derechos de autor porque no, para eso, para liquidar los derechos a la SGAE, tampoco teníamos.

Todos esos ingredientes los metimos en un ordenador de hace seis años y los fuimos poniendo en orden. Al final el resultado es el que es, mejorable, sin duda, pero lo suficientemente claro como para cumplimentar nuestro primer y casi único objetivo: explicar la crisis y dar algunas soluciones prácticas para salir de ella. Una explicación que, por lo demás, no cae en el maniqueísmo tan al uso de buenos y malos. En el mundo real no hay héroes ni villanos. A lo largo de los últimos quince años cada uno de los agentes económicos actuó como era de prever con los numerosos y cambiantes incentivos y desincentivos que se fueron encontrando. Los espectadores dirán la última palabra porque, a diferencia de los pirracas de siempre, nosotros sí creemos que el mercado -usted, su primo, su vecino, el de enfrente que pasea al perro al atardecer- tiene razón. El tiempo lo dirá, si dice bien tal vez Juan Ramón y un servidor, saquemos como el Quijote fuerzas de flaqueza y nos metamos en otro imposible.

El resultado lo tenéis aquí:

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