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Vísperas luxemburguesas (y si evadir no fuese malo)

La sensación de estos días entre los comisarios de economía de la acampada Sol es el truquillo que ciertas empresas se vienen gastando desde hace años para pagar menos impuestos o, directamente, no pagarlos en absoluto. Era lo que ellos ya sospechaban. Los malditos mercados se las arreglan para evadir, verbo este cargado de tal cantidad de veneno que de un solo mordisco deja tieso al más bregado. Bueno, a todos menos a mí, que además de estar bregado soy de los que piensan las cosas dos veces. Evadirse, a fin de cuentas, es lo que hicieron Michael Caine y Sylvester Stallone en “Evasión o victoria”, aquella película ochentera de feliz recuerdo en la que unos prisioneros de guerra aliados tienen que debatirse entre ganar un partido de fútbol contra un combinado nazi, o aprovechar la ocasión para escapar del campo de concentración en el que están recluidos. Si mal no recuerdo al final consiguen ambas cosas. La suerte siempre sale en auxilio de los audaces. Perdón por contar el final pero es que esa peli ya debería haberla visto.

Claro, que evadirse de un campo de concentración nazi es una cosa y evadir los dineros del fisco algo muy distinto, dirá usted. Es ligeramente distinto sí, pero solo ligeramente. España es un infierno fiscal para individuos y empresas. Entre unos y otros dedicamos tal cantidad de tiempo y esfuerzo a satisfacer tributos que es perfectamente comprensible que tantos unos como otros estén dispuestos a casi cualquier cosa con tal de aminorar esa carga. Bien, pues eso mismo es lo que han hecho las empresas de la discordia. La pena es que no hayan sido unas cuantas más, así quizá el Gobierno se empezaría a tomar en serio lo de robar menos.

Me dirán que es injusto porque el resto de empresas pagaron lo que les tocaba, y estarán en lo cierto, pero apuntan mal el tiro. No se trata de culpar al prófugo del campo, sino al carcelero que lo mantenía preso. Si Ikea o Pepsi han aligerado sus obligaciones fiscales es porque pueden permitírselo, cosa que las empresas nacionales no. Son prisioneras de la omnipresencia del ministro Montoro del mismo modo que lo somos casi todos los trabajadores por cuenta propia y ajena del país. Ya nos gustaría poder tributar en Irlanda, disfrutar de las bajas cuotas de autónomos del Reino Unido o llenar el depósito de gasolina en Texas, pero no, nuestro chulo es inmisericorde: lo quiere todo, lo quiere ya y si no se lo entregas te empura después de colgarte del cuello el sambenito de evasor. ¿Va entendiendo de qué va la cosa?

Evadir impuestos, que viene del latín e vadere (irse de), solo es malo en tanto en cuanto culpamos a los evasores y no a los responsables de fijar unos impuestos confiscatorios que a todo lo que invitan es a la irse de ellos sistemáticamente. Los impuestos –o algún tipo de impuesto– creo que son necesarios mientras tengamos que soportar la existencia del Estado, pero no este atraco sin nombre que deja la servidumbre de la gleba medieval en un juego infantil. Gleba, de hecho, significa tierra, terruño, parcela de labor a la que estaban atados de por vida los campesinos. ¿No le parece un horror impropio de estos tiempos de progreso? Pues eso mismo es el fisco, una gleba contemporánea a la que estamos atados hasta el día que doblamos la servilleta. A no ser, claro, que seamos lo suficientemente listos como para burlarla, es decir, evadirla. Y si es de un modo perfectamente legal, tanto mejor. Sea progresista y moderno, si puede, désela con queso al señor feudal que nos tiene secos los bolsillos.

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