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Petición de los fabricantes de papel

Decir a estas alturas que los periódicos españoles son una ruina no creo que sorprenda a nadie. Tiene lógica. Sus dueños pretenden vivir de algo que es gratis como si no fuera gratis. Me explico. Nadie está dispuesto a pagar por recibir información común y corriente. Pero, sin embargo, hay mucha gente dispuesta a ofrecer información y vivir de ello. El precio que este cruce de oferta y demanda prácticamente ilimitadas han fijado es de, exactamente, cero euros. Cero euros es lo que a usted le está costando leer esto. Vale, cierto, no es exactamente cero euros porque el computador, el móvil o la tableta con el que lo está leyendo sí que le costó algo. Y el plan de datos de su operador también. Pero usted no los compró con la idea de leer este artículo, sino para hacer muchas cosas más. Así que el precio no es técnicamente cero pero tiende a cero. Ejemplo práctico. Piense por un momento cuántas portadas, cuántos artículos de prensa ha leído desde que adquirió el iPad y divídalo por el precio del mismo. Haga idéntica operación con teléfono móvil y con el ordenador que, como bien sabe, le sirven para muchas más cosas que también tienen su precio. ¿Lo entiende ahora?

Hace quince años, cuando Internet arrancó con fuerza y empezó a extenderse por todo el mundo como una mancha de aceite, esto de que la prensa diaria iba a convertirse en una suerte de commodity gratuito era algo que ya se avizoraba. La mayor parte no lo quería ver, le llamaban a uno loco y se enrocaban en la cancioncilla esa de que la tele no mató a la radio. Hoy es una realidad. El hecho es que, pesar de todo, sigue habiendo periódicos. Internet no solo no ha matado a la prensa, sino que ha alumbrado una auténtica edad de oro del periodismo. Hay más periódicos que en cualquier otro momento anterior. Yo, al menos, nunca antes había disfrutado de tanta información y tan accesible como ahora. Entonces, ¿de qué viven los periodistas?, ¿acaso son fakires respiracionistas entregados a este oficio por puro placer? Alguno habrá no digo que no, pero lo normal es que los periodistas, mejor dicho, los creadores de esos contenidos que usted luego lee a cambio de nada en el iPad, comen a diario y tratan a toda costa de vivir de esto. Y muchos, la mayoría, viven de esto.

Los periódicos que funcionan lo hacen porque han encontrado el modo de ganar dinero con algo que es gratis. Otros siguen empeñados en vivir de lo que se vivía antes, de la pura escasez de la oferta y de promocionar vaporosos conceptos que van desde la paperofilia (el amor al papel por el mero hecho de ser papel) hasta la presunción de que solo la tinta impresa es digna de crédito y es la única que tiene el marchamo de calidad. Lo de la paperofilia es muy de gente tipo Juan Manuel de Prada, que, a falta de mejores argumentos, se entrega a la sinrazón, como con casi todo en su triste vida de provinciano prejuicioso. Lo de la calidad es un retintín más elaborado. Dicen –decían– que la inversión que implicaba un diario de papel separaba el grano de la paja y repercutía directamente en la veracidad de las noticias. Evidentemente no era ni una cosa ni la otra, pero ellos predicaban tan alegres la buena nueva. Alguno me consta que hasta se la llegó a creer de tanto decirla una y otra vez en los monólogos esos con desayuno que montan en los hoteles de Madrid una mañana sí y otra también durante el curso político.

Al final la cosa no ha cambiado tanto. Antes se trataba de conseguir la lealtad de los lectores y colocar el ejemplar en el quiosco. Con mucha suerte algunos se suscribían y pagaban por adelantado el año entero. Esta última modalidad era probablemente la favorita del dinosaurio de Prada: lectores cautivos para que la intelligentsia orgánica del régimen pontificase a placer. Hoy es casi lo mismo. Primero la lealtad de los lectores, luego hacer que se traguen media tonelada de anuncios y con mucha, muchísima suerte, en el límite mismo de la virguería, agenciárselos como suscriptores para la edición de pago, que sólo unos pocos conservan. La diferencia fundamental es que hay mucho más donde elegir y se pueden leer muchos periódicos al tiempo porque informarse no implica pagar previamente.

Pero los señores del quiosco no se rinden. Quieren más, quieren volver a lo que tenían ellos y a nosotros nos faltaba, volver al cártel de los informadores que imperó durante siglo y pico al albur del dineral que costaba difundir un simple bit de información. Como en Internet no hay manera de limitar el incesante y abundantísimo flujo informativo, han pensado que lo más práctico es propinar un sablazo a Google, el gigante de la información que, según ellos, se lucra con las labores de redacción que hace su personal sin aportar nada en el proceso. El famoso canon AEDE es básicamente eso: queremos nuestra tajada, la que nos corresponde por el hecho de subir información a un servidor conectado a Internet. Información que luego Google y su famoso logaritmo indexan y ponen a disposición de los curiosos en su buscador. Como puede verse Google aporta mucho en el proceso. Además, así de primeras este me parece un modelo win-win-win. Gana el diario porque aumenta exponencialmente su alcance, gana el lector porque amplia su abanico de elección y gana, obviamente, Google que es el responsable de que produzca la magia.

Los editores españoles de periódicos no lo ven así. Y ya es triste porque son tan memos que no aprenden ni en cabeza ajena. En Alemania pensaron lo mismo y ya están reculando cuando han comprobado como las visitas a sus respectivas ediciones digitales se han desplomado. No entendieron el juego win-win a la primera y se han dado una segunda oportunidad. Aquí sucederá algo similar a no ser que el Gobierno obligue a Google a aflojar la manteca sí o sí, es decir, tenga o no tenga indexados en su buscador los contenidos de la gente de AEDE. En ese caso les importará un pepino, cobrarán el impuesto revolucionario y a otra cosa. Lo que no han conseguido seduciendo a los lectores lo harán seduciendo al político de turno, siempre dispuesto a complacer a los amos de la prensa. Previo pago de su importe, claro.

También podría suceder que, como en Francia, los editores y Google lleguen a un acuerdo amistoso. En el país vecino el acuerdo se cifró en 60 millones de euros destinados a “promover la presencia en Internet de los periódicos” (sic) Periódicos que ya estaban debidamente promovidos en la red por sus respectivas empresas, así que sospecho que esa millonada ha ido a enjugar los maltrechos balances de los diarios galos, cada día con tiradas más escasas y menos credibilidad por parte de los lectores.

Esta rapiña hacia el exitoso no es nueva. De siempre los productores ineficientes han buscado el favor del Gobierno para cepillarse a la competencia con una ley o una regulación ad hoc. Al respecto le recomiendo encarecidamente que lea la “Petición a los fabricantes de velas”, una delicia de texto que escribió Frédéric Bastiat hace siglo y medio. Hoy los fabricantes de velas serían los de la AEDE y sus desmejorados diarios. El Sol sería Google. No hace falta que diga mucho más.

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