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Asalto a su conciencia

Dicen que el periodismo español está en crisis. No lo creo. Tal vez lo único que esté en crisis sean ciertas empresas periodísticas, que no han sabido ponerse al día y pretenden vivir como vivían antes, es decir, divinamente a costa de dar poco a cambio de mucho sirviendo puntualmente a su amo, que nunca fue ni el lector, ni el oyente, ni el telespectador. El cabreo y frustración de los mandamases de la cosa nos ha hecho creer a todos que nos encontramos de cara al final de los tiempos. En parte es cierto, estamos ante el final de sus tiempos. El periodismo, por lo demás, está mejor que nunca. La modernidad le ha sentado muy bien. Nunca antes habíamos disfrutado de tantos medios peleándose por atraer nuestra atención, de tantos libros nuevos batallando por entrar en nuestro Kindle o de tantas producciones audiovisuales esperando pacientemente en YouTube a que el dueño del cotarro –usted– encuentre un momento y les dedique unos minutos de su preciadísimo tiempo. Algunos periodistas, la mayoría, lo han entendido y le sacan jugo a esta exprimidora infinita. Otros se lamentan con amargura porfiando maldades en lo que queda de sus columnas, ya con olor a naftalina y menos lectores que oyentes tienen los discos de gramola.

José Antonio Abellán pertenece a la especie de los primeros, digo más, es capitán con mando en plaza de los primeros. A los hechos me remito, y los hechos son bien conocidos por todos de manera que no los voy a reproducir aquí porque demandaría demasiado espacio. Solo le pido que sintonice Radio 4G en su teléfono móvil, en su iPad, en su ordenador y se entere por la vía rápida de lo que estoy hablando. Radio 4G es un botón de muestra de lo que viene, y no porque Abellán se considere especialmente moderno –que, a su manera, también lo es–, sino porque entiende mejor que nadie en qué consiste este perro oficio del que todos renegamos pero que nos atrapa como a las abejas un parterre de rosas rojas, como esos que los jardineros del Retiro disponen a su entrada para que los enamorados del Foro se crean en los Campos Elíseos –los de la antigua Roma, no los de París– sin estarlo.

El periodismo según Abellán sería algo así como la Pasión según Johann Sebastian Bach, perdón, San Johann Sebastian Bach. Una interpretación natural de la escritura sagrada, sin excesos, virtuosa ma non tanto, celosa en ritmo, tonalidad y cadencia y apegada al espíritu de los viejos maestros. El periodismo según Abellán es contar buenas historias, hacerlo con honestidad sin sacrificar jamás esa gracia y desparpajo que es patrimonio casi exclusivo de los hijos de la Villa y Corte. Todo, rindiendo puntual tributo a la verdad que, como decía Cicerón, se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Abellán es poco dado a mentir y menos aún a guardar silencio. Esa es su grandeza. En las páginas que siguen, que son muchas y muy sabrosas, podrá experimentarlo en carne propia. No hay lugar para la media tinta, ni para la excusatio non petita, el autor no gasta papel de fumar y eso se nota desde la primera línea. No espere encontrarse uno de esos libros futbolísticos escritos pésimamente por boca de ganso que le dejan a uno los pies fríos, la cabeza caliente y la vista puesta en la estantería buscando algún clásico de Gracián o de Quevedo, para desintoxicarse, mayormente.

Digo que no lo espere porque este no es un libro de fútbol aunque tenga como tramoya el mundillo del fútbol. Podría haberse titulado “Todos los hombres del presidente” como aquel libro en el que Woodward y Bernstein desenmascaraban los sucios manejos de Richard Nixon desde la Casa Blanca (curiosa coincidencia). Tampoco hubiera estado mal titularlo “Todos los no hombres del presidente” porque, en honor a lo escrito que, a su vez, es un eco de lo sucedido en carne mortal al autor, en esta historia hombres, lo que se dice hombres hubo pocos. Podría suceder incluso que a usted le suceda como a mi, que no me interesa lo más mínimo el fútbol, un simple deporte algo aburridillo con más bostezos que goles y en el que, a veces, gana el Atleti de Madrid, que es casi lo único que justifica su existencia. En ese caso el libro le gustará más si cabe. El Abellán más deslenguado que imaginarse pueda practica un butrón en la caja fuerte mejor protegida del país, que no es la del Banco de España precisamente, y mete la cabeza hasta al fondo. Luego va y lo cuenta. He aquí lo interesante porque lo hace muy bien. El autor ha escogido un género muy apropiado, el del diario, que permite al narrador ir reviviendo la historia, descubriendo poco a poco el abanico de miserias de los personajes, y al lector meterse en la historia en primera persona.

¿El McGuffin? Un asuntillo aparentemente menor allá por 2006, cuando en el Real Madrid mandaba Ramón Calderón, una asamblea de socios, una irregularidad que todos pensaban que iba a pasar desapercibida y un periodista que no estaba dispuesto a comulgar con las hostias –figuradas y, como se verá más tarde, crudamente reales– que Calderón repartía a discreción desde la cómoda butaca de su despacho, creyéndose por encima del bien y del mal, impune, señalado por los dioses del Olimpo futbolero. Lo que cuenta Abellán va más allá de un simple escándalo que, en principio, solo incumbiría a los socios del Real Madrid. El periodista, transmutado esta vez en actuario de una historia ya muy turbia pero que va enturbiándose conforme avanza el relato, se sumerge en la sentina del fútbol español, un mundo recóndito y apartado, lejos del escrutinio público y, no digamos ya, del simple aficionado que paga religiosamente el abono y dice amén con la boca llena de palomitas. El lado oculto de un espectáculo de masas que mueve miles de millones de euros cada año, que paraliza medio mundo y en el que, por lo que se ve, se justifica cualquier barbaridad en aras de ese mismo espectáculo, factoría de dinero, industria de poder, sinfonía de la fama, que debe continuar pase lo que pase.

Abellán, ya de vuelta de casi todo, ha decidido no dejar títere con cabeza, algo que el lector agradecerá mucho en estos tiempos que corren idiotizados por la corrección política y el tente mientras cobro. Todo un detalle que nos reconcilia con el periodismo de verdad, ese mismo que ahora pasa por tan buenos momentos gracias a los avances en la transmisión de información. Porque este libro, no se me lleve a engaño, existe y es tan insultantemente explosivo porque existe Internet. En otros tiempos menos felices no podríamos enterarnos de las andanzas del manojo de mangantes cuyo desfile va a presenciar unas líneas más adelante.

Si tiene edad de acordarse de esta historia, que en su momento fue muy radiada y comentada a lo largo y ancho de la Piel de Toro, tendrá ahora una imagen dolorosamente completa. Si no la tiene prepárese para lo inesperado, dispóngase a cenar frío las próximas diez noches y no pierda detalle, provéase de una libreta y vaya apuntando nombres, fechas y lugares. Abellán apela a su espíritu inquisitivo. Este asalto a la casa blanca será también un asalto a su propia conciencia y a la de ese deporte que, aunque ligeramente soporífero, es hoy y seguirá siendo durante mucho tiempo el espejo de aumento en el que nuestra sociedad, con todas sus miserias, sus dudas y sus grandezas, se mira fijamente.

*Prólogo al libro “Asalto al Real Madrid”, de José Antonio Abellán. Publicado en Amazon.

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