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Turismofobia

Una buena parte de la modernidad entró en España a través del turismo, un turismo de sol, playa y sangría que, ya desde los años cincuenta, fue inundando la costa mediterránea. Entraba por los pasos fronterizos de Cataluña. Llegaban los holandeses, los alemanes, los suecos y los belgas con sus coches y sus caravanas, sus blancuras lechosas, sus pecas y sus bolsillos llenos a rebosar de divisas. Entre el turismo y el plan de estabilización de Ullastres España se emancipó de las miserias de la posguerra. Nos no hizo falta más revolución que la de abrir la puerta de par en par y dejar que el aire fresco entrase hasta el fondo. Los turistas, que siguen entrando por millones cada año, han hecho de nuestro país un lugar mejor, más cosmopolita, más rico y mucho más libre. Sí, mucho más libre, porque esa riada de personas con ganas de pasarlo bien vino acompañada de un aluvión de ideas que, de un modo u otro, terminaron quedándose a vivir entre nosotros.

Sabiendo todo lo bueno que nos reportó el turismo –y que sigue reportándonos– sorprende que la penúltima idea de casquero de la paleoizquierda nacional sea la de matar a esa gallina de los huevos de oro a la que no debemos más que bendiciones. Digo paleoizquierda porque lo suyo no es progreso, es retroceso. Digo penúltima porque esto de querer acabar con el turismo no es algo nuevo. Hace ya unos años andaban en Baleares con la misma cantinela. Baleares, agárrese, un archipiélago pobre y apartado, centenaria cuna de emigrantes y contrabandistas cuya prosperidad misma se cifra en las cinco décadas que el maná turístico lleva brotando sin pausa. Pareciera que están esperando a que algo funcione para detenerlo por decreto. Luego, curiosamente, cuando deja de funcionar pierden el culo para asignarle subsidios, comisiones, estudios y liberados sindicales a jornada completa.

Lo de Baleares se ha repetido en Canarias, que es más de lo mismo, y ahora parece que le toca el turno a Barcelona. El boom turístico de la Ciudad Condal es más reciente. Gracias a lo bonita que es la ciudad, a lo lustrosa que la tienen y a lo cerca que cae de los principales mercados emisores de Europa se ha convertido de un tiempo a esta parte en el emblema del turismo urbano made in Spain. Algunos se quejan de que el centro se ha convertido en poco más que un parque temático para uso y disfrute de viajeros. Es posible, pero, como decía El Cordobés, más cornás da el hambre. Barcelona ha pasado de ser un emporio industrial en decadencia a un privilegiado destino turístico siempre al alza. Y eso es una buena noticia. El turismo deja bastante más dinero y contamina muchísimo menos que la industria. La única externalidad negativa que se me ocurre es la de las aglomeraciones. Pero la gente en sí no es mala, especialmente cuando viene en son de paz y con intención de gastarse los cuartos.

A Ada Colau eso de que la ciudad de la que es alcaldesa sea un referente europeo e incluso mundial en materia turística, de que tantos estén interesados en conocer personalmente la ciudad y disfrutar de ella, no le parece demasiado bien, ni ahora ni cuando se postulaba como candidata hace unos meses. Son de estas cosas que, o pasaron desapercibidas en el programa o que los votantes conocían de antemano pero que imaginaban que era el clásico ladrido sin más consecuencias. Craso error. Cuando esta gente amenace con algo créaselo, van en serio. El turismo en Barcelona aporta algo así como el 15% del PIB local, lo cual ya es motivo sobrado para tomarse en serio a los visitantes y atraer más. Pues no. Si algo marcha acabemos con ello cuanto antes. Que genera ciento y pico mil empleos, nada, ya verán en el ayuntamiento el modo de enchufarlos al presupuesto o, directamente, de reubicarlos en la nómina municipal. Persuadidos como están de que todo responde a un plan previo creen que pueden alterar ese plan creando uno nuevo que satisfaga sus delirios ideológicos. Maldita arrogancia.

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