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Pero, ¿quién diablos manda aquí?

Todos sabemos que sin la televisión Podemos nunca hubiese salido de las manifestaciones aquellas que se montaban hace tres años en la plaza de Neptuno con tanta ingenuidad como determinación de sacar a los diputados a palos del Congreso. Sé lo que me digo, yo estaba allí. De no haber tenido de su lado a las dos principales cadenas de televisión privadas del país, el español medio nunca hubiera sabido de su existencia. Y no se puede votar por quien no se sabe que existe. Uno de los diagnósticos más certeros que Pablo Iglesias hizo en su momento fue el de poner a la tele como requisito indispensable para ascender a la primera división de la política nacional. A los que no acostumbramos a ver la tele esto nos puede parecer extraño, pero es así. La televisión marca la agenda del debate que luego se desarrolla en los periódicos, las redes sociales, las tertulias de cuñados y las barras de los bares. Siento decirlo, pero Twitter no es más que un remolque tirado por el tractor televisivo. Y a los trending topic más habituales me remito.

No hay nada más poderoso que la imagen en horario de máxima audiencia y cuando las técnicas propias de la televisión se dominan bien. No existe otro camino para el éxito a corto plazo. A largo quizá haya otros medios más útiles como la radio, que va formando opiniones bien asentadas poco a poco. Jesús de Polanco consiguió convertir a los españoles en un trasunto de los lectores de El País gracias a que se hizo en fecha muy temprana con la cadena SER, la mayor emisora de España, las más escuchada y la que más opiniones y certidumbres ha creado en los últimos cuarenta años. Pero la súbita riada podemita no la ha provocado la SER sino La Sexta, una TDT de ámbito nacional, bien financiada, mejor dirigida e hija natural del zapaterismo (tanto que su licencia de emisión se metió con calzador en un consejo de ministros hace ahora diez años). Con la machaconería que solo es posible gracias a la imagen en movimiento y cierto savoir faire, que lo tienen, los chicos de Ferreras han conseguido dar la vuelta al mapa político español. El resto vino solo. España era campo abonado para ese tipo de ideas después de cuatro décadas de pensamiento progre único.

Y ahora viene la pregunta. ¿Quién manda aquí? Si Podemos hubiese ganado las elecciones estaría claro porque el hierro siempre puede más que el oro. Mandaría Podemos y en La Sexta tendrían que obedecer. De no hacerlo se verían en problemas. Las licencias se quitan con la misma facilidad que se conceden. Pero no ha ganado, así que la última palabra está en el aire. Y lo estará hasta que se decida quien gobierna. Si Iglesias termina haciéndose con la vicepresidencia, o simplemente entrando en el Gobierno, Ferreras tendrá que agachar la cabeza. Si sigue en la oposición, Ferreras será el poder en la sombra. Lo que él dio, él lo puede quitar.

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