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Podemolítica

La nueva política era, amén de honrada, horizontal y democrática. La nueva política nacía de abajo y el poder ascendía fluido para que solo los más capaces llegasen hasta arriba. La nueva política no sabía de partidos sino de colectivos, no sabía de agrupaciones sino de círculos, no sabía de jerarquías ni de líderes sino de méritos y compañeros. La nueva política no tenía nada que ver con la vieja, se miraba en el espejo de las asambleas del 15-M y no en los congresos de los partidos del turno. La nueva política era la plaza, la vieja un palacio de congresos hecho por Calatrava a millón la baldosa con azafatas, canapés y acreditaciones colgadas del cuello. Muchos lo quisieron creer y lo creyeron tanto que se apuntaron entusiastas a los círculos y a las asambleas virtuales que se celebraban en interminables y agotadores foros de Internet.

De eso hace ya la eternidad de dos años. Hoy los apóstoles de la nueva política ya han llegado donde pretendían. Lo primero que han descubierto los que contribuyeron más activamente a elevarles a los altares es que si la política era así es porque no puede ser de otra manera. La política es por definición jerárquica. El núcleo de su negocio, el core business que dicen los consultores, es el poder. El poder político se ejerce en régimen de monopolio, es binario, se tiene o no se tiene y solo se comparte a regañadientes y porque al propietario no le queda más remedio. Algo tan elemental no se les pasó por la cabeza a los de las plazas que, hace ya casi un lustro, levantaban incansables las manitas en las kilométricas asambleas que se organizaban delante de la boca del Metro de la Puerta del Sol.

El adanismo originario de los quijotes podemitas, adalides de la nueva política, está llegando estos días a su estación de término. Podemos, la niña de sus ojos, la gran esperanza blanca de la “gente decente de este país” es un partido como cualquier otro. Los de arriba mandan y los de abajo obedecen. Como siempre ha sido, como siempre será. A cambio, si los de arriba son astutos y la suerte les acompaña, los de abajo, los militantes, podrán enchufarse a la siempre próvida teta del Estado de la que manan empleos públicos bien remunerados y un centón de privilegios. El partido será entonces su sustento, su razón de ser y su fondo de pensiones. Y vuelta a empezar hasta que dentro de cuarenta años vuelvan a salir los ninis a la calle a exigir su lugar bajo el sol.

Ahora que muchos ya tienen su lugar bajo el sol toca reorganizar ese movimiento heterogéneo y ponerlo a funcionar como una máquina pensada única y exclusivamente para conquistar el poder y retenerlo. Y ahí entra de nuevo la política, no la nueva ni la vieja, la política sin apellidos. Por dentro han de organizarse al modo de una secta. No debe haber fisuras, ni quejas, las ordenes han de cumplirse a rajatabla y los únicos principios posibles son los del comité central, el Politburó, que los modulará en función de sus intereses personales y del interés general del Partido, escrito así, con mayúsculas. Lo más difícil, salir del anonimato y contar con una generosa base de votantes, ya está hecho. Ahora solo queda mantenerla y hacerla crecer. Como el número de votantes crece muy lentamente hay que quitárselos a otro partido pero sin perder a los originales. Eso implica un calculo muy fino que solo pueden hacer unos pocos. Si se equivocan todo se irá al garete. Ejemplos nos sobran. Ahí tenemos al PP o al PSOE, que han transferido varios millones de votantes. En esa misma tesitura se encuentran ahora los nuevos.

Ciudadanos se debate entre acercarse más al PSOE con el riesgo evidente de fundirse en él o hacer lo propio con el PP. De la habilidad de Rivera y sus lugartenientes dependerá la suerte de los miles que han empezado a vivir de la política bajo el paraguas de esta formación. Ídem con Podemos. Pero aquí la cosa no es tan fácil. A diferencia de Iglesias, Rivera no hablaba de grandes rupturas, daba por bueno lo anterior y mostraba tan solo su intención de pulir sus defectos. En Podemos jugaban al antagonismo y han crecido de un modo muy diferente. Podemos es un movimiento cuyas raíces se hunden en el descontento provocado por los años de la crisis, que los profesores de la Complu detectaron y han conseguido poner a su servicio. A ese movimiento se apuntó gente de todo tipo que ahora, ya con el poder al alcance de la mano, quieren llevar a cabo su programa. Y, claro, programa solo puede haber uno.

Por esa razón andan las sedes regionales incendiadas y la decepción cunde por doquier. “No era esto” se dicen muchos cuando lo cierto es que era exactamente esto. La formación morada está atravesada por dos fracturas que, de no suturarse a tiempo, podrían llevarse por delante a todo el partido. La primera es de orden ideológico. La clásica dicotomía entre gradualistas y rupturistas de los grupos revolucionarios de toda época y lugar, que se resume en hacerlo todo ahora y de golpe manteniendo la pureza, o ir poco a poco contaminándose por el camino. La segunda es la tensión entre el centro y los nodos locales, que en el caso de Podemos se cuentan por miles ya que la célula base del partido son los dichosos círculos de los que tanto presumían antes de presentarse a las europeas de 2014 como ejemplo vivo de exquisita horizontalidad.

Más por la segunda que por la primera es por donde se está rompiendo el invento. Quizá Errejón tenga voluntad de Lenin tal y como lo dejó por escrito en un glorioso tuit que luego se apresuró a borrar, pero eso no significa que lo sea, ni que tenga capacidad para llegar a serlo, ni que España sea tierra abonada para un Lenin. Lenin se hizo con todo el poder porque no escatimó violencia para ello y porque, precisamente a causa de esa violencia desatada, se hizo con todo el poder para él solo. Todo pasa por ahí, por el poder, lo saben a la perfección, pero con 40 escaños en propiedad poco se puede hacer. Quizá tirando los dados de nuevo les salga una mano mejor. En eso están.

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