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Cuestión de hegemonía

Al final parece que todo el lío que estamos teniendo en España en los últimos dos años se reduce a una cuestión de hegemonía en la izquierda. Digo bien, en la izquierda, porque la derecha sigue como estaba: el PP gana –aunque por mucho menos– y todo lo más que teme es que Ciudadanos no consiga los escaños suficientes para prestárselos en la investidura de su candidato. De hecho, si no tenemos Gobierno aún se debe exclusivamente a eso. Entre Ciudadanos y Populares suman 163 escaños en el Congreso, trece menos de los necesarios para gobernar con una cómoda mayoría absoluta apoyándose en un socio serio y confiable.

Ese era el cálculo de Arriola hace cosa de un año, cuando las municipales redibujaron el mapa electoral de un nuevo ciclo tetrapartidista. Estimaba que si Rajoy –“su cliente”, como gusta de referirse a él cuando se pone estupendo en la prensa dominical– conseguía detener la caída en los 140 escaños no habría nada de lo que preocuparse. Rivera, que tiene la cabeza encima de los hombros y no es ningún aventurero, acudiría presto al rescate como había hecho en la Comunidad de Madrid o en la Junta de Andalucía en el mes de junio. Pero los números no salían, y desde ese preciso instante Mariano se entregó a la lectura intensiva del Marca y a no hacer nada. No le costó demasiado, Mariano Rajoy es esencialmente un opositor provinciano vago e indolente movido solo por bajos instintos como el rencor y la venganza. Soraya es aproximadamente lo mismo con el agravante de que atesora una generosa colección de complejos.

La segunda oportunidad que, a costa del erario público y de la paciencia de los españoles, se han autoconcedido va de eso mismo, de ver si esta vez salen los números arriolitas. Con lo que no contaba el asesor áulico de los rajoyes es con que los “friquis” de Podemos adquiriesen tanta fuerza. El plan era otro. El plan consistía en sustituir a la gerontocracia del PCE que pastoreaba IU por un grupo de jóvenes telegénicos y radicales que devolviesen a la extrema izquierda a los años dorados del anguitismo. Eso imposibilitaba el turno. Dividiendo a la izquierda y creando cierto pánico entre los votantes conservadores “su cliente” tenía la Moncloa asegurada. Como un Frank Underwood de baratillo –que no otra cosa es Arriola, especialmente si le ponemos al lado de su Claire Villalobos, dechado exquisito de zafiedades e indigencias–, dio por bueno que la gente vota más por miedo que por amor. Pero ni eso. Los votos del miedo no bastaron.

Podemos no es que tenga 69 escaños, es que del PSOE solo le separan 300.000 míseros votos
Tampoco tuvo en cuenta que los cachorros de Verstrynge eran más listos que él, que llevaban años imaginando este escenario que entre él y Soraya les han puesto en bandeja y que, como era previsible, no iban a dejar escapar a la presa con vida. Podemos ha llegado mucho más lejos de lo que jamás hubiese soñado Julio Anguita. No es que tenga 69 escaños, es que del PSOE solo le separan 300.000 míseros votos, una diferencia tan ajustada que el más mínimo meneo en el electorado provocará que se inviertan los términos. Y es ahí donde está el núcleo de todo lo que está sucediendo.

A veces ignoramos que sobre el PSOE se sustenta todo el edificio del sistema del 78, hijo culpable de una transacción bendecida por la Corona entre los jerarcas jóvenes del régimen franquista y la oposición antifranquista. El único modo que los padres del invento encontraron para enjugar ese pecado original fue convertir al PSOE de Felipe González en la viga maestra de todo el entramado. Por esa razón han gobernado tantos años y lo siguen haciendo desde 1980 en la comunidad autónoma más poblada. El primero en ignorarlo es la calamidad de Pedro Sánchez, que ha estado durante estos meses dispuesto a entregarlo casi todo con tal de salvarse él mismo. Y de haberse avenido Iglesias a un acuerdo –aunque fuese de boquilla– tendríamos Gobierno desde enero. Un Gobierno que, amén de liquidar al PSOE, nos habría sepultado a todos en cuatro años de desbarajuste populista.

La vieja guardia no es tan lerda, saben de qué va la cosa. Saben que lo que se despacha ahora es algo más que la hegemonía en la izquierda, es la condición de cruz de guía del país. Es por ello que esta campaña quizá sea la más importante a la que se enfrentan los socialistas en toda su centenaria historia. Si consiguen mantener el segundo puesto, es decir, quedarse como están, habrá esperanza para ellos y para el sistema que encarnan. Si son desbancados al tercer puesto y ya derrotados se entregan a sus verdugos la próxima legislatura podría ser la última de esta fase de la historia de España. Porque un débil Gobierno de coalición entre PP y Ciudadanos, asaeteado por la corrupción y con las cuentas públicas hechas un cromo y una izquierda crecida en la oposición llegaría exangüe a las siguientes elecciones. Son muy pocos votos los que tienen que moverse para que algo así suceda. Luego, cuando el tiempo y sus afanes lo hayan enterrado todo, quizá no seamos capaces de explicarnos lo que nos ha pasado y por qué ha pasado. El 26 de junio nos la jugamos. Todos.

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