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El insoportable peso de la cuna

Ramón Espinar no es, definitivamente, el miembro más popular de Podemos. Nunca lo fue, quizá de hecho es el más impopular y aborrecido de toda la jerarquía morada, lo cual es un puesto difícil de alcanzar porque las simpatías que provocan los líderes del partido entre el personal tuitero son solo comparables a las antipatías, a veces tales que devienen en odios africanos que, cuando la cosa se calienta, se despachan con derroche y sin escatimar calificativos en las redes sociales.

Espinar es altanero, arrogante, retador y las más de las veces maleducado

Espinar es altanero, arrogante, retador y las más de las veces maleducado. Va perdonando la vida a la gente desde la atalaya de ulema de la nueva política que se ha construido él solito. No viene, además, de abajo, como otros del partido. Pablo Iglesias, por ejemplo, presume de pedigrí vallecano y de provenir del obreraje aquel de la periferia capitalina del que hablaba Umbral en sus columnas. Con Espinar es distinto. Su padre fue un jerarca socialista desde la más tierna juventud. Llegó a alcalde de Leganés recién cumplidos los 25 y fue empalmando cargo tras cargo, incluidas un par de consejerías autonómicas de fuste en tiempos de Joaquín Leguina. Espinar padre se jubiló pronto de la política para dedicarse a sus negocios privados, entre los que se encontraba el Consejo de Administración de Caja Madrid, muy lucrativo en lo que estaba a la vista y en lo que no.

Errejón, un niño bien de Pozuelo de Alarcón, es un caso parecido pero no tan extremo porque a su padre nunca le fue tan rematadamente bien en el entorno socialista como al de Espinar. Pero Errejón se cuida muy mucho de decir ciertas cosas, de ahí que lo envuelva todo en esa nebulosa verborreica y psicotrópica, de alto contenido ideológico y absolutamente incomprensible. Influye que de natural es cursi, pero es que también necesita ser cursi para que nadie advierta el engaño. Errejón es más listo y mucho más prudente que Espinar. Eso le permitirá prosperar en el oficio de la política, para el que hay que ser malvado sí, pero sobre todo hábil.

En Podemos nacieron ricos, es decir, malos, pero quieren ser la voz de los pobres, esto es, de los buenos

No nacer en la cuna adecuada fue siempre una maldición, tanto para el pícaro que se las quiere dar de marqués como para el marqués que quiere dárselas de pícaro. En Podemos, como en todos los partidos de la izquierda heredera del marxismo, sucede, además, que se quedan atrapados en su propia y endemoniada dialéctica de ricos-malos vs pobres-buenos. Nacieron ricos, es decir, malos, pero quieren ser la voz de los pobres, esto es, de los buenos. Salir de esa contradicción les lleva a muchos a extremar el celo inquisidor y, en última instancia, a hacer el ridículo.

A Espinar hijo nunca le faltó de nada. Nunca fue un “joven sin futuro” tal y como a él le gustaba venderse hace solo tres o cuatro años cuando le sacaban por la tele con cara de malas pulgas embutido en una camiseta amarilla. Lo que no sabíamos hasta ahora es que tampoco fue un “joven precario”, otro de sus adjetivos fetiche que empleaba con profusión ya viniese o no a cuento. Y lo que no podíamos ni imaginar es que se había dedicado a los mismos y embriagadores trapicheos inmobiliarios que más tarde denunciaría con tanto arrojo y determinación en la Asamblea de Madrid y dondequiera que le pusieran un micrófono delante de la boca.

Los santones más que serlo tienen que parecerlo. Espinar nunca fue un santón, con el agravante de que ahora tampoco lo parece

A Espinar no le ha matado vender una vivienda VPO que había comprado previamente con un donativo paterno y una generosa hipoteca concedida por la caja en la que papá era consejero. Eso no es ilegal, ni siquiera ilegítimo. Es algo que hace todo el que puede hacerlo, y él podía porque su padre contaba con los contactos adecuados para ello. A Espinar le ha matado toda la mierda que ha estado echando por la boca en los últimos tres años precisamente acerca de eso mismo.

Los santones más que serlo tienen que parecerlo. Espinar nunca fue un santón, con el agravante de que ahora tampoco lo parece. Se ha roto el encantamiento, la tupida tela de araña sobre su pasado que, con suma paciencia y mucha mala leche, había ido tejiendo durante años. El azote de la casta y los especuladores que estaban secuestrando el futuro de los jóvenes se ha terminado revelando como un afortunado especulador e hijo predilecto de esa misma casta. No diré que su carrera política esté finalizada, pero sí en vía muerta. Él quizá todavía no lo sepa y quiera pensar que el líder máximo le acogerá en su seno pase lo que pase. La política no se hace con esos mimbres. Es implacable, casi tanto como lo era él cuando le ponían por delante a un pepero desprevenido en alguno de los muchos platós de televisión por los que ha ido desgranando su prédica redentora. En cierto modo se ha hecho justicia. La pena es que esto suceda solo de tarde en tarde.

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