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Portadores del relato

Podemos no lleva ni un año en las cámaras y un año y medio año exacto en ayuntamientos y comunidades autónomas, pero ha conseguido imprimir su peculiar estilo parlamentario allá donde esté. Las ocurrencias de sus representantes electos, sus salidas de tono, sus peleas con los de enfrente o consigo mismos copan los medios de comunicación. Son expertos en globos sonda, en propuestas absurdas o imposibles de poner en práctica, en amagar y no dar, en enfrascarse en discusiones bizantinas. Los cielos no habrán conseguido asaltarlos, pero si todos los terminales mediáticos del país. El momento es suyo y de nadie más.

Controlan los resortes de la comunicación como ningún otro partido antes. Más que profesores de políticas parecen teóricos de la información. Saben como nace, como se desarrolla y de que manera muere una historia. Conocen incluso el modo de revivirla una vez ha muerto. Saben dónde tienen que estar, cuándo, durante cuánto tiempo y en qué momento detener la ofensiva. Y llevan dos años poniendo ese conocimiento a jugar a su favor. Las comunicaciones actuales, atravesadas por la red en todas sus formas, las dominan a la perfección, de ahí que sean los reyes del trending topic, del meme y de promover acalorados debates interneteros sobre problemas que no existen pero que, por el hecho de que una aparente multitud habla de ellos, empiezan de repente a existir.

Ese señorío en las redes, que, a pesar de sus muchas columpiadas, siguen manteniendo, les ha llevado a modular el mensaje en una frecuencia de onda muy amplia dependiendo de sus necesidades políticas, que antes -en la calle- eran unas y ahora -en el Congreso- son otras. Son los portadores del relato. Se habla de lo que ellos dicen cuando ellos dicen. Al resto de partidos solo les queda ponerse a la defensiva o engancharse a remolque de sus consignas.

Constatado el hecho la única pregunta que queda por hacerse es cuánto tiempo podrán mantener la ventaja, porque ningún ejército por muy habilidosos que sean sus oficiales ha conseguido nunca conservar eternamente una ventaja en el campo de batalla. Y no olvidemos que la política es la continuación de la guerra por medios menos sangrientos (pero no completamente incruentos). ¿El espectáculo que dieron esta semana en el Congreso a cuento del minuto de silencio tras la muerte de Rita Barberá podría ser el punto de inflexión? Quizá. Todo depende de cómo se las apañen para que este patinazo pase a mejor vida y nadie se acuerde de él dentro de dos semanas.

Lo que parece indudable es que la batería empieza a agotárseles. La red lo da todo rápido, pero también lo quita rápido. Y, lo peor de todo, la red tiene memoria. El más temido enemigo de los políticos de nuestros días no es la prensa independiente, es YouTube. La propia Barberá fue objeto de un acoso distribuido a raíz de una pifia lingüística durante unas fallas. Quedó grabado en vídeo y, con la facilidad con la que éste se transmite hoy, no hubo modo de escapar de ella. Le persiguió literalmente hasta la tumba. Un simple y desafortunado clip debidamente agitado en la red puede desgraciar la carrera política de cualquiera. Y si un solo clip puede hacer eso unos cuantos pueden labrar la ruina de una formación.

Podemos, que tan mañoso fue para estructurar una estrategia de comunicación política desconocida en España hasta la fecha, podría terminar siendo víctima de su propia creación. No sería la primera vez. Y, lo peor de todo (al menos para ellos), cuando la máquina se ha puesto en marcha es, por su propia naturaleza, muy difícil de detener.

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