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Cinco argumentos contra las subvenciones al cine

La gala de los Goya nos ha devuelto el eterno debate que se libra todos los años en torno a las subvenciones que recibe el séptimo arte en nuestro país. En rigor y por comparación con otros, no es mucho el dinero que recibe, pero si el suficiente para ser siempre el centro de la polémica. La razón por la que el cine español no termina de despegar no son las subvenciones, pero éstas tampoco ayudan luego lo suyo sería eliminarlas. Razones para suprimir cualquier tipo de subvención hay muchas, el tema daría, de hecho, para escribir un ensayo. He escogido cinco. Estas cinco.

La primera es una obviedad y podría resumirse en una frase muy breve: quien paga, manda. No digo que tenga que ser así siempre pero muchas veces es así. Si las películas total o parcialmente las financia un político se terminarán haciendo las que el político quiera y nos las que desee ver la audiencia. Es algo que sucede en todos los sectores de la producción. Un político puede, si dispone de la capacidad legislativa adecuada, alterar las pautas de consumo pero solo cuando decreta antes un monopolio por ley. Puede, por ejemplo, conseguir que todos comamos plátanos de Canarias con solo prohibir la importación de plátanos de cualquier otro lugar del mundo. En el cine no es así. Podemos seguir viendo películas norteamericanas y eso es precisamente lo que hacemos de manera mayoritaria. Esa es la razón por la que muchos piden, junto al subsidio, una regulación estricta en lo concerniente a exhibición de películas no españolas (o europeas para el caso). Son la famosas cuotas: no puedes proyectar el último blockbuster de Hollywood hasta que no hayas proyectado tal cantidad de metraje nacional. Saben lo que se dicen. Quieren desplazar, en definitiva, este proceso de mercado al lado de la oferta. Es el sueño de cualquier industrial.

La segunda tiene que ver con el hecho de que un Gobierno puede (si así lo desea y puede financiarlo) crear una industria completa con dinero público. Ejemplos sobran. Lo que no puede es hacerla viable a no ser, una vez más, que esa industria opere en régimen de monopolio o con su competencia muy penalizada por aranceles. Y en ese caso solo sería viable desde el punto de vista operativo, es decir, que si la desenchufásemos del presupuesto todas sus empresas quebrarían el acto. Claro, que podríamos dar una vuelta de tuerca más y eliminar a las empresas. Pongamos que mañana el Gobierno crea un ministerio del cine con sus directores, sus actores, sus guionistas… etc en nómina. Junto a esto que quedase prohibida la exhibición de películas extranjeras. Todo lo que saliese de ministerio sería un éxito automático de taquilla, pero por la simple razón de que no habría otra cosa que ver. Y siempre será mejor ver una película mala a quedarse mirando la pared. Aquello podría mantenerse mientras el Gobierno financiase la actividad. Las subvenciones no son más que el primer paso hacia ese ministerio. Un paso pequeño, cierto es, pero encaminado en esa dirección. Mantienen artificialmente a una porción de la industria y la otra porción se queja porque hasta ella no llega el maná.

La tercera es que el dinero que el Estado destina a las películas está mejor en el bolsillo de sus legítimos propietarios, que somos los contribuyentes. En España de promedio el Estado destina al cine unos 100 millones de euros al año, luego salimos a unos dos euros por barba, cinco euros si contamos solo a la población activa trabajando. No se los demás, pero yo prefiero tener cinco euros en el bolsillo que no tenerlos o, reformulando el argumento, ¿tiraríais cinco euros por una alcantarilla? Pues eso mismo es lo que hacemos todos los años vayamos o no a ver una película subvencionada. Porque si vas a verla también tendrás que pagar la entrada en taquilla como es lógico. Esto sucede con todas las subvenciones y es donde radica su inmoralidad y lo que las convierte en algo indefendible. Por eso sus paladines tienen que innovar y se sacan de la chistera cosas como la cohesión social, la redistribución, el fomento de la cultura, la democracia avanzada y demás pavadas que no significan absolutamente nada.

La cuarta es porque las subvenciones selectivas y a discreción del burócrata de turno laminan cualquier industria ya que introducen un elemento distorsionador. Solo el que se arrima o sabe arrimarse al presupuesto termina haciendo cine. Premia el cabildeo y al cabildeador, castiga al que asume riesgos en el mercado y al productor honrado que no quiere vivir a costa de los demás sino cooperando con los demás. Eso por no hablar de la corrupción que alimenta este sistema, más monstruosa cuanto más aumentan los fondos destinados a los subsidios. Al dinero “que no es de nadie” y por el que nadie vela acuden siempre los más golfos, dispuestos a todo para llevárselo.

La quinta (y última) es que el cine no tiene nacionalidad. Nunca la tuvo. Luego no hay nada que proteger. Una película es un trabajo coral e itinerante, más parecido a un circo que a una factoría de automóviles y, no digamos ya, a una bodega de Rioja. Es deseable que se hagan películas por el movimiento económico que generan, los empleos cualificados y todo eso, pero también lo es que se celebren conciertos o que se fabriquen imanes de neodimio. Si hay demanda y se deja que el sector capitalice se formará una industria cinematográfica local acorde al tamaño del mercado en cuestión. En España demanda hay. En 2016 se vendieron más de 100 millones de entradas y en las salas se recaudaron unos 600 millones de euros. No es la industria automotriz o la de distribución de alimentos pero no está mal. Teniendo en cuenta que el mercado cinematográfico es global (como casi todos hoy en día) la industria del cine aquí sería pequeña y especializada. De hecho es lo que sucede. Las películas españolas que funcionan en taquilla o son comedias tipo “Ocho apellidos vascos” o thrillers de bajo coste como “Rec”. Aquí nunca se va a hacer Star Wars, pero tampoco se hará en Francia, en Alemania o en Italia. Ya se hace en EEUU y se distribuye para todo el mundo, lo mismo que el iPhone.

La industria del cine en España quizá no termina de arrancar porque pasa más tiempo quejándose y/o buscando el modo de recibir “ayudas” que no le ayudan en absoluto que fijándose en la industria televisiva nacional, que es en quien tiene que fijarse. La televisión en España es variada, innovadora para lo suyo y muy rentable, tanto que tiene que contribuir con la del cine produciendo películas por decreto. Curiosamente esas películas producidas por Atresmedia y Telecinco suelen dejar dinero. Ya saben donde tienen que mirar. Y ya si se dejan de meter en política y de creer que por ser directores o actores tienen una moral y una capacidad analítica superior a la del resto de los mortales, miel sobre hojuelas.

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1 Comentario en Cinco argumentos contra las subvenciones al cine

  1. “Y siempre será mejor ver una película mala a quedarse mirando la pared.”

    Se nota que no ves mucho cine español, porque esta afirmación es completamente falsa.

    Me gusta

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