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Estados Unidos y la guerra de los niños

La izquierda estadounidense lleva tres meses en la calle y su sección más radical está literalmente echada al monte. No ya es que no esperasen a que el nuevo presidente empezase a gobernar, es que ni le han dado tiempo a tomar posesión del cargo. No se conocía nada igual. Contra Reagan se movilizaron, también contra Bush, pero al menos aguardaron hasta que la ocasión se mostró propicia. Con el primero la iniciativa de defensa estratégica y, poco después, el escándalo Irán-Contra les puso la pancarta en la mano, con el segundo la guerra de Irak fue un leit motiv que les duró varios años, hasta el mismo día en que abandonó la Casa Blanca.

No hay campus en todo el país que no esté en pie de guerra. En algunos casos lo de la guerra es literal

Con Trump todo ha ido mucho más deprisa. Su sola presencia les subleva. Y Trump, que antes de cualquier otra cosa es un provocador propenso a todo tipo de histrionismos, está encantado. El movimiento mediático-callejero cuyo pistoletazo de salida podemos datarlo en la misma noche del recuento, está facilitándole mucho las cosas, aunque solo sea por comparación. No hay campus en todo el país que no esté en pie de guerra. En algunos casos lo de la guerra es literal. Esta misma semana el de Berkeley, en California, registró gravísimos disturbios, y no porque Trump en persona hubiese acudido allí, sino porque Milo Yiannopoulos, un simple comentarista de Breitbart, el diario maldito del antitrumpismo, tuvo la osadía de presentarse a dar una conferencia. La pancarta que presidía la manifestación estudiantil decía textualmente “This is war” (esto es la guerra). Sírvanos como declaración de parte.

La libertad de expresión era uno de los gallardetes de la democracia en América desde tiempos de Tocqueville. El pensador francés observó hace ya casi doscientos años como los recién nacidos Estados Unidos de América cuidaban esta libertad de decir en público lo que a uno le plazca como si fuese un tesoro. Y lo era. Y lo sigue siendo. Pero algo ha cambiado radical y dramáticamente. En América, como en la propia Europa, hay muchas cosas que ya no se pueden decir, al menos desde una tribuna universitaria. El que las diga se expone al vilipendio, a la censura, al linchamiento en Internet y, llegado el caso, a la lapidación física, que en el caso de Yiannopoulos no llegó a producirse porque la policía le evacuó en un coche patrulla.

Nadie después de este episodio se atreverá a llevar la contraria en Berkeley y, por extensión, en prácticamente ningún campus del país

Evidentemente, nadie después de este episodio se atreverá a llevar la contraria en Berkeley y, por extensión, en prácticamente ningún campus del país. La universidad ya ha sido tomada. Su guerra ha durado poco y no hay que lamentar más víctimas que unos cuantos escaparates, los cajeros automáticos del Bank of America y el mobiliario urbano del campus.

Pero la universidad, a fin de cuentas, no deja de ser un entorno más o menos cerrado, con unos límites bien delimitados que, de una manera u otra, vive al margen de la sociedad. Los presidentes de Gobierno no dependen de los votos universitarios, menos aun en sociedades tan envejecidas como las occidentales, en las que los habitantes de 45 años doblan en número a los de 20. En España lo hemos visto con el fenómeno Podemos en los tres últimos años. De los 25 para abajo eran hegemónicos, pero de nada sirve serlo en esa franja de edad. De ahí que su rabieta tras el último batacazo electoral se dirigiese hacia “los viejos”, es decir, hacia todos los mayores de 30. El problema para ellos es que el español medio es “un viejo” de 48 años de edad. El invierno demográfico, promovido activamente desde esa misma izquierda desde hace décadas, les reservaba esta desagradable sorpresa.

Nuestros benjamines quieren modelar la sociedad a la medida de sus propios prejuicios, que ni siquiera son suyos

Esta “paidocracia” en la que hoza el progresismo occidental tiene cierto componente de fin de saga. El benjamín de la casa se enfada porque sus hermanos mayores ya no quieren jugar con él al fútbol, han crecido y prefieren salir con chicas, aprender a tocar la guitarra, recorrer Europa en Interrail con la mochila al hombro o, sencillamente, hincar codos y labrarse un futuro.

Nuestros benjamines quieren modelar la sociedad a la medida de sus propios prejuicios, que ni siquiera son suyos, se los han implantado como falsos recuerdos sus profesores universitarios. Ese berrinche infantil es la guerra a la que hacen alusión en sus pancartas. Una guerra que tiene toda la pinta de terminar como aquella cruzada infantil de la Edad Media, en la que miles de niños cristianos, impulsados por los predicadores de la época, iban a liberar Jerusalén pero acabaron en Alejandría vendidos como esclavos.

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