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Francia esquiva el KO

En Francia ha terminado pasando lo que no sucedió en España el año pasado. Y eso que nos dimos dos oportunidades. Una en diciembre de 2015 y otra en junio del año siguiente. Pero, mientras aquí el bipartidismo resistió, en Francia ha saltado por los aires. A la segunda vuelta de las presidenciales pasarán por primera vez desde 1965 -desde ese año los franceses eligen directamente al presidente- dos candidatos que no pertenecen al PSF o a los Republicanos (con las diferentes denominaciones que han ido adoptando estos últimos desde los años 60). Este dato ya es de por si destacable, y más habida cuenta de que los partidos del turno siguen ahí, es decir, que no han implosionado ni se han convertido en otra cosa.

La pregunta que cabría hacerse es por qué esto no ha sucedido antes. Por qué, por ejemplo, no sucedió en 2012, cuando François Hollande sacó en primera vuelta casi un 30% y en segunda más de un 50%. Y sería una útil respondérselo porque no han cambiado tanto las cosas en solo cinco años. Algunos aseguran que lo de ayer no es más que una reedición de lo que sucedió en 2002, aquel año Le Pen (Jean Marie) llegó también a la final pero no lo hizo con tanta autoridad. El Le Pen de 2002 accedió al balotaje por ocho décimas de punto. Le Pen obtuvo en primera vuelta el 16,86% de los sufragios mientras que el socialista Lionel Jospin se quedó en el 16,18%. Fue algo realmente ajustado y se encendieron todas las alarmas. Tanto que en la segunda vuelta Le Pen solo consiguió subir un punto hasta el 17,79% y ganó 800.o00 votos. Chirac, por su parte, que se presentaba con una coalición llamada Agrupación por la República pasó del 19,88% en primera vuelta al 82,21% en segunda y de 5,5 millones de votos a 25,5 millones.

Digamos que lo de 2002 fue un insignificante error en Matrix que apenas tuvo consecuencias más allá del revuelo que se montó durante aquel mes de mayo de 2002. Lo de ayer no fue un error en Matrix. Fue algo mucho más grande. Por varias razones:

La primera porque Marine Le Pen mejora los resultados de su padre y ha estado cerca de ganar las elecciones. En algunos momentos del recuento se puso incluso a la cabeza. Con todo, y pese a su segundo puesto, ha quedado muy cerca de Macron y muy por encima de François Fillon, el candidato republicano que encarna a la derecha de toda la vida.

La segunda es el mismo Macron. Macron no es un outsider propiamente dicho, pero tampoco es un insider. Hizo el cursus honorum de todos los políticos franceses, pasó por la Escuela Nacional de Administración, la famosa ENA, y hasta militó durante un tiempo en el PSF. Pero con 30 años se retiró de la política y se dedicó a la banca de inversión, donde se hizo rico, lo suficiente como para poder comprar su independencia de las estructuras partidarias y hacer un poco lo que le vino en gana. Luego, años después, le llegaría el nombramiento como adjunto al presidente Hollande y como ministro. Eso ya fue en 2014 y hubo grandes resistencias dentro del Partido Socialista a su designación.

Básicamente Hollande le llamó para reparar los destrozos de sus dos primeros años de Gobierno y recomponer la relación con los empresarios. No es casual que a Macron le diesen la cartera de Economía que lleva la coletilla de “Recuperación Productiva y Asuntos Digitales”. Cuando al nombre de un ministerio le colocas ese apellido es que tienes la productividad hecha un cisco. Dos años más tarde se cansó de recuperar la productividad del país, dimitió y formó En marcha, el partido-movimiento que le está llevando en volandas hasta El Elíseo.

Macron es una rareza, al menos en Francia, tanto por su juventud como por la cantidad de cosas que ha hecho. Hace 15 años alguien así hubiese sido impensable en un ambiente tan endogámico, tan de carrera de méritos como la política francesa.

La tercera razón es que el PSF, uno de los pilares de la democracia francesa, se ha hundido en la miseria. Con los resultados provisionales en la mano, Benoît Hamon se ha quedado en el entorno del 6%, muy por debajo de Mélenchon y un poco por encima de lo que obtuvo en 2002 Olivier Besancenot, de la Liga Comunista Revolucionaria (sic), uno de los muchos freaks que la política francesa alumbra con regularidad.

Resumiendo, que el PSF ha pasado a ser un partido marginal teniendo como tiene aún en las manos la presidencia. Porque el PSF no solo es el partido de Hollande, fue también el partido de Mitterrand, el de Jospin y hasta el de Dominique Strauss-Kahn. En los últimos 40 años el PSF ha sido uno de los actores fundamentales en la política francesa, tanto y de tal modo que ha terminado dándole forma.

La cuarta razón es por la que 2017 no es 2002 es que Francia ha cambiado sí, pero a peor. Realmente hay dos Francias. Una que lo ve todo negro y que mira al pasado con nostalgia y otra que ha abrazado la globalización y se está beneficiando de ella. La primera la representa Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon, en esencia dos hermanos siameses que cabalgan sobre el descontento de esa Francia acojonada. Cada uno tiene su estilo propio y sus demonios particulares. Para Le Pen el demonio son los inmigrantes, para Mélenchon los empresarios. Para ambos la UE, los mercados abiertos y la globalización misma.

Eso ya existía en 2002 cierto, pero era minoritario. Esa Francia acobardada era solo el 17% en 2002, hoy es más del 40% si sumamos los resultados del Frente Nacional y de Francia Insumisa. Los motivos por los que casi la mitad de los franceses viven presos del pánico añorando una Arcadia perdida son harina de otro costal pero tienen mucho que ver con el PSF y su consenso general de falso Estado del Bienestar.

Pero el hecho es que ese 40-45% no se va a esfumar de la noche a la mañana. Han esquivado el KO por ahora, pero el problema sigue ahí y va a hacer falta mucho más que un cambio de presidente para devolver la confianza a un país que la perdió hace ya mucho tiempo.

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